La eterna batalla contra los molinos de viento

Las Madres de la Esperanza dieron el ejemplo al enfrentar a los vendedores de droga de la Costanera. Pero hace falta una mayor unión con las fuerzas de seguridad. Por Juan Manuel Montero - Editor de Policiales.

22 Enero 2009

Se trata -ni más ni menos- que de un negocio. Una transacción comercial. Uno vende, otro compra. Influye el juego de la oferta y la demanda. Cuando más se requiere, más aumenta el precio. Cuando el mercado está saturado, se la consigue más barata. Hay productores, distribuidores, "empresarios", vendedores estables y a domicilio, y hasta repositores. Se compra en un local o se pide vía delivery. Hay holdings y pequeños comercios que apenas si subsisten con lo que les corresponde. Impera la ley del libre comercio aunque se trata de un negocio ilegal. No hay discriminación en la venta: la compran quienes tienen mucho dinero o aquellos que, justamente, para lo único que tienen plata es para adquirirla. Hasta el momento, ningún país del mundo ha encontrado la solución para detenerlo. El tráfico de drogas sigue siendo el negocio más redituable del planeta. Evidentemente, además de una política de Estado firme el respecto, si los mismos ciudadanos no se involucran, tratar de combatir el flagelo será como pelear contra molinos de viento.
Mal que les pese al Gobierno y a algunos funcionarios del área de seguridad de Tucumán, las Madres de la Esperanza dieron un ejemplo que, si cunde, tarde o temprano deberá ser valorado e imitado a nivel oficial. Si la unión hace la fuerza, las madres de los jóvenes adictos de la Costanera se pusieron al frente del combate y demostraron que se puede.

Los informadores
Los ciudadanos se han convertido en la principal fuente de información de los investigadores. Las constantes llamadas a la Policía para denunciar que en esta o en aquella esquina se está vendiendo droga derivaron en que los miembros de la División Patrulla Motorizada, quienes por el tipo de recorrido que realizan permanentemente, sean quienes más apresan a vendedores de cocaína o de marihuana. Cierto es que se trata en la gran mayoría de los casos de pequeños vendedores, que tienen en su poder unos pocos porros, pero al que se saca de circulación al menos por un tiempo, dejando un poco más tranquilos a los vecinos.
El próximo fallo de la Corte Suprema de Justicia que, se supone, declarará inconstitucional la detención de una persona acusada de tenencia simple de estupefacientes (para consumo) no hará más que reforzar el vínculo entre policías y vecinos. El vocal Eugenio Raúl Zaffaroni señaló hace pocas semanas que no hay distribución de tóxicos sin connivencia oficial. "Lo que nos interesa es agarrar a los que trafican; se deben reorientar los cañones del poder punitivo sobre los traficantes", afirmó.
El ministro de la Corte habló además una eventual despenalización del consumo de estupefacientes y diferenció advertencia de prohibición. "La tenencia para propio consumo es una cuestión moral, es un agredirse a sí mismo y este tipo de conductas no puede estar dentro de la órbita del poder del Estado", analizó. En tiempos en los que en Tucumán además se discute en ámbitos oficiales sobre la presencia y los males producidos por el "paco" mientras los adolescentes lo sufren en los barrios marginales, Zaffaroni alertó a los jóvenes sobre los efectos nocivos de esta droga. "Hoy circula un tóxico barato que es el ?paco?, que no tiene parangón con los otros tóxicos. Estamos hablando de una porquería que reciclan de la producción de cocaína, una basura cuyo uso produce a cortísimo plazo lesión neurológica y lesión pulmonar. Tengan cuidado con eso; es un tóxico mortal y los efectos que causan son irreversibles. Paren. Ni siquiera lo consuman. Engancha y produce un deterioro neurológico y pulmonar que es irreversible", dijo. Más claro, imposible.

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Recuperar la confianza
El problema es que no siempre los policías se encuentran con vecinos que decididamente quieren colaborar. Otras veces, sucede lo contrario. Hasta la aparición de las Madres de la Esperanza, para los policías entrar a la Costanera era una odisea. Allí eran apedreados, apaleados o hasta baleados. Se dio el caso de agentes a los cuales les robaron armas o hasta motos, en verdaderas batallas campales. Cada vez que los investigadores solicitaban un allanamiento, debían pedir refuerzos ya que un solo grupo siempre era blanco fácil de los delincuentes. Lo mismo sucedía, años atrás, con "La Bombilla" donde se dio el caso hasta de un jefe de Policía que, al frente de un megaoperativo, entró a la zona con su arma reglamentaria remontada. Lo sucedido el martes en el barrio Oeste II es un fuerte llamado de atención. Que más de 50 personas (entre ellas mujeres y niños) golpearan a cuatro policías que pretendían detener a dos dealers que otros vecinos habían denunciado por la venta de droga es tanto peligroso como inaceptable. Los agresores permitieron que los delincuentes escaparan.
En la Costanera, las madres lograron correr a los "transas", aunque sea momentáneamente. Además abrieron las puertas del barrio para que los policías hicieran todos los operativos y patrullajes necesarios. Antes, esto era impensado. Los mismos vecinos oficiaron de policías y obtuvieron información que, a la larga, derivó en operativos y en detenciones, además del secuestro de droga. Pero, por lo menos en Tucumán, está haciendo falta algo en lo cual los funcionarios no parecen estar trabajando mucho: recuperar la confianza del ciudadano en la Policía. Los vecinos no pueden ni deben, por razones estrictamente de seguridad, enfrentarse abiertamente con los dealers. Para eso están las fuerzas de seguridad. Si el combate contra estos delincuentes no se encara en conjunto, como sociedad, la batalla está perdida de antemano.

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