Murió el poeta y crítico Francisco "Pancho" Galíndez

Nacido espástico (una discapacidad que genera falta de coordinación motora), estaba condenado de por vida a una silla de ruedas.

UN CREADOR. Francisco “Pancho” Galíndez, en 1998, durante la presentación de su libro de poemas “El otro que yo soy”.
UN CREADOR. Francisco “Pancho” Galíndez, en 1998, durante la presentación de su libro de poemas “El otro que yo soy”.
"En el mío, en el tuyo, en un lugar neutral ¿dónde estamos en realidad...? ¿En el cielo o en el infierno...? ¿qué importa eso? un buen poeta diría: en tu corazón o en el mío. Pero desgraciadamente, los buenos poetas no abundan hoy en día", escribió Francisco Galíndez en la página 211 de su primera novela, que ha quedado inconclusa.
Francisco "Pancho" Galíndez, quien murió ayer en esta ciudad, no sabía, seguramente, que acababa de escribir su propio epitafio, cuando el lunes por la noche tecleó ese párrafo en su vieja máquina de escribir, antes de irse a dormir.
Galíndez había nacido en Catamarca, pero a edad temprana se radicó en Tucumán con su familia (su padre fue el ya desaparecido médico y psicoanalista Jorge Galíndez). Nacido espástico (una discapacidad que genera falta de coordinación motora), estaba condenado de por vida a una silla de ruedas. Venció sin embargo, a la adversidad y fue una figura señera en la producción cultural tucumana desde la década de 1970 hasta su muerte, ocurrida ayer mientras dormía.
Poeta, crítico teatral y cinematográfico, polemista encendido (a pesar de sus dificultades en el habla), "Pancho" fue, como dijo el periodista y escritor Dardo Nofal, "un ejemplo del triunfo de la vida, y una hermosa respuesta de la inteligencia a la estética". "Era un tipo convencido de que valía la pena vivir; un enamorado de la gente, de la risa, de los amigos, un muy buen crítico de cine y teatro, y un muy buen poeta", añadió Nofal.
El periodista y docente Arturo M. Alvarez lo recuerda como un apasionado que llevaba todo lo que amaba hasta las últimas consecuencias. "Era un perfeccionista en todo lo que encaraba, y un transgresor, que en sus críticas teatrales era capaz de dar la nota discordante. Eso supone una pasión, pero también la búsqueda de la verdad", remarcó.
La poeta Ana María Cossio lo despide como "un amigo entrañable y generoso". Y el periodista Rubén Elsinger evoca así la personalidad del escritor: "lo que atraía de él como un mágico imán era, sobre todo, su fuerza espiritual para vencer sus limitaciones físicas en el combate interminable por la creación, su talante algo heroico".

ANALISIS
Perseguidor de utopías
Por Nora Lía Jabif

La muerte de "Pancho" Galíndez convoca a pensar en el Tucumán que se fue. Aquel Tucumán ardiente de los años 70, marcado por una intensa actividad cultural, y que se quedó en el camino, en parte porque el mundo cambió, y en parte por la impericia de los sucesivos secretarios o responsables de Cultura, sin distingos partidarios. Sentado en su silla de ruedas, él era el centro de maratónicas y apasionadas discusiones sobre arte, fútbol y política, alrededor de una mesa de la desaparecida confitería "El Buen Gusto". "Pancho" no sólo fue un muy buen poeta, sino el símbolo de una época en la que la utopía era el motor que movía la vida.

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