Ni destino, ni mala suerte
Los accidentes viales son una crisis de salud pública que afecta al mundo, según la OMS. Revertir el espeluznante fenómeno es una tarea cívica y política. No es obra del azar. Por María Ester Véliz - Redacción LA GACETA.

Los científicos que investigan la conducta humana, con el afán de comprenderla para luego interpretarla, mantienen una asignatura pendiente con la sociedad. Se trata de una deuda más pragmática que científica: cuál es el papel de la buena o de la mala suerte en la vida diaria de los hombres. Jorge Bucay, escritor que escrudiña la conducta humana, diría que el ser humano no puede escapar de las circunstancias fortuitas, pero que estas de ninguna manera convierten al hombre en un objeto pasivo.
Entonces, el factor suerte o el factor desgracia -cosas del destino o designios de Dios, suele expresar la mayoría- siempre está presente en la vida del hombre. Pero de ningún modo se puede quedar encasillado en esta premisa, porque sería como aceptar un principio determinista. He aquí la razón por la cual jamás se podría decir, por ejemplo, que las pavorosas cifras de accidentes de tránsito que se registran hoy en el mundo -y de un modo vergonzante en el país y en Tucumán- sean fruto de la desgracia que caracteriza este tiempo de visos apocalípticos.
En la producción de este fenónemo recurrente en las rutas y ciudades del país convergen una multiplicidad de factores de la vida cotidiana: el caos, el error humano, la ignorancia, el incumplimiento de las normas, el azar, la libre elección de uno, las decisiones de los demás, la falta de educación vial, la permisividad de los padres para con los jóvenes, la falta de límites, el abuso con las drogas y el acholo, la imprudencia y, lo que es peor, la ausencia de un Estado que tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos. Sobreabundar en el análisis de los por qué llevaría a discusiones bizantinas y a la inmovilidad. Existe un hecho real y tangible que se traduce en cientos de muertes evitables cada mes.
La sociedad está enferma (siniestros, asaltos, chicos asesinados y violados, padres ausentes, drogadicción creciente y otros males) y pide a gritos soluciones urgentes. Sin embargo, las respuestas del Estado son débiles y su actuación es , muchas veces, inexplicablemente benevolente. La realidad exige actuar, y con prisa.

El peor asesino
En la Argentina murieron 78.000 personas en algún accidente vial en lo últimos 10 años. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que en el mundo, 1.200 millones de decesos se producen anualmente en siniestros de tránsito. La inseguridad vial es responsable de más muertes por año que enfermedades como el sida, la tuberculosis y el paludismo, y considera al problema como una crisis de salud pública en todo el mundo. Argentina está entre los primeros puestos del ranking mundial de accidentes de tránsito, mientras expertos advierten y aseguran que la mayoría de los siniestros son evitables.
El incremento de las muertes por accidentes de tránsito es escalofriante. Las estadísticas de la asociación civil Luchemos por la Vida revelan que en 2000 fallecieron en las rutas 7.545 argentinos (276 fueron tucumanos), con un promedio de 21 muertes por día. En 2007 murieron en el país 8.104 personas (Tucumán perdió 289 vidas), con un promedio diario de 22 decesos.
En tanto, un estudio realizado a mediados de 2008 por el Centro de Experimentación y Seguridad Vial (Cesvi), sobre una muestra de 4.000 accidentes, reveló que el 90% de los siniestros de mayor gravedad son producidos por una falla humana: el 41% se origina en una mala maniobra que lleva al vehículo a ocupar el carril contrario; el 19% se origina por distracción del automovilista, el 16% por exceso de velocidad y el 10% por realizar una maniobra a destiempo, sin la suficiente advertencia.
El problema existe
No se puede solucionar un problema si no se admite que existe. Ni la sociedad ni las autoridades pueden seguir mirando hacia un costado. Hay responsabilidades compartidas en la búsqueda de medidas efectivas, rápidas y seguras para revertir el fenómeno espeluznante. En tiempos que prima el conocimiento, la desidia y las sinrrazones no tienen cabida. Es un imperativo dejar de lado tanta pasividad cívica y política y generar el cambio, ya que el drama de los siniestros viales no es obra de la mala suerte o del destino...
Es tiempo de actuar, y las actividades es competencia de todos por igual. ¿Cómo?. Creando responsabilidad ciudadana, conciencia colectiva, respeto por los demás. Es posible empezar hoy mismo el cambio. Y como la prevención empieza por casa, a los padres les corresponde retomar el rol de socializadores y de formadoresd primarios de sus hijos. Con firmeza deben regresar los límites, los "no"a tiempo, los premios y castigos que promuevan el buen conducir, y la enseñanza de cuál es el sentido de la vida humana. El Estado hará lo suyo: campañas agresivas de educación vial; exigir tanto a conductores como a peatones que respeten a rajatabla las normas viales; ser impiadoso con las multas, con el control del consumo de drogas y de alcohol, con el uso del cinturón, del casco, etcétera. Hay que actuar, porque la vida se juega a diario por un precio cada vez más bajo.








