El disfraz que más daño le hizo a la economía
La manipulación de las estadísticas oficiales le permitirá al Estado ahorrar millones en pagos de títulos indexados. Pero tardará años en recuperar prestigio y confianza. Por Indalecio Sánchez - Editor de Economía.
El problema de la inflación es tan añejo en la Argentina como las historias de golpes de Estado y de restablecimiento de la democracia. "?de golpe, la inflación subió a niveles superiores al 100% anual de la mano de ajustes tarifarios, devaluaciones y aumentos masivos de salarios en proporciones incluso muy superiores. Una vez instalada en la economía argentina, esa alta inflación persistió hasta el primer trimestre de 1989, durante casi 14 años", relata el economista Roberto T. Alemann en su "Breve historia de la política económica argentina (1500-1989)". Antes y después de esa fecha, los niveles elevados de inflación siempre estuvieron presentes en el país y ningún gobierno logró esbozar un programa económico que la desterrara de la lista de problemas sistémicos que enfrenta la Nación. El último que logró frenarla fue Carlos Saúl Menem, pero su método se pareció más a un tapón mal puesto que, cuando la presión aumentó, finalmente estalló. Le pegó en la cara a su sucesor y generó un desparramo que salpicó a todos los ciudadanos y que marcó el año 2001 como el inicio de la última gran crisis económica.
Soluciones viejas
"Las autoridades -al tiempo que alimentan la inflación con creaciones monetarias para atender sus faltantes de presupuesto, los aumentos masivos de sueldos y salarios, los subsidios y las inversiones, se empeñan en contener las alzas mediante diversos arbitrios que han fracasado tarde o temprano en todos los casos en que se establecieron a partir de 1943". Otra vez Alemann registra hitos de soluciones viejas, que llevaron al fracaso cuando se pusieron en práctica. El autor menciona los controles de precio como bandera que izaron varios gobernantes para ahuyentar el mal de varias décadas. En la era kirchnerista se demostró, otra vez, que no es un buen remedio estabilizador. "El ritmo recurrente de la inflación a partir de 1943 demuestra sin excepciones que, salvo períodos breves, las políticas de contención de los precios han fracasado irremediablemente", añade el ex ministro de Economía (1961)

El disfraz de la fiesta
Néstor Kirchner innovó, vale decirlo, en materia de política económica, para contener el alza de precios. A todo lo que los expertos afirman que no sirve para contener la inflación (controles de precio, intervención estatal en el mercado, distorsión de precios relativos, emisión desproporcionada de moneda) el ex presidente le sumó el elemento del disfraz: le colocó al Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) un traje de enano. A esa altura llevó los valores del Indice de Precios al Consumidor, como si empresarios, inversores y amas de casa no percibieran que la realidad le puso zancos a la inflación, que se disparó a un ritmo vertiginoso durante los últimos años. En un relevamiento que realizó en 2008 la empresa Bespoke Investments sobre los 71 países del mundo, Argentina figura en el puesto 22, con la medición oficial de una inflación del 9,1%. En primer lugar está Venezuela, con 31,4%, y en el último Japón, con un 0,8%. Pero las consultoras privadas que revelan los precios en el país no dudan de que el promedio del alza de precios durante 2008 fue del orden del 22%. Si las cifras fueran reales, nuestro país pelearía la punta con el país de Hugo Chávez.
La inflación se volvió un dolor de cabeza para los K desde 2005, cuando la creciente demanda por la expansión económica y la falta de inversiones para ampliar la producción presionaron sobre los precios. Tras un pico del 12,3% en 2005, la inflación retrocedió al 9,8% el año siguiente para seguir cayendo hasta el 8,5% en 2007, siempre según los datos del Indec.
Con los índices dibujados, el Gobierno logró su objetivo y se ahorró, durante 2008, $ 20.000 millones correspondientes al 41% de la deuda total del país, que está indexado por la inflación oficial. Con la cifra puesta, la picardía criolla kirchnerista suena como una buena estrategia. Pero, parafraseando a los viejos profesores de economía, siempre que alguien gana, otro pierde. En ese orden, el daño que se provocó es casi irreversible: las estadísticas de un país son los cimientos de cualquier programa económico. Allí posan su mirada tanto los gobernantes como los inversores. Representan un indicio de la realidad de una Nación.
Fijan las pautas de inversiones, de proyecciones, de planificación y hasta de discusiones salariales. En el país se negociaron salarios, durante los últimos años, con una base promedio del 20%, poco más de 10 puntos por encima del índice de precios que en cualquier Estado serio es el que observan los sindicatos para encarar sus negociaciones. La propia ciudadanía mira impávida la mentira institucionalizada y se irrita por el trato de idiota al que es sometida. En el mejor de los casos, sonríe con resignación mientras reflexiona que sus bolsillos, por más llenos, cada vez son más flacos para cumplir con las obligaciones mensuales.
Otra historia
La era de la dama K no pudo desvestirse del disfraz dañino de las cifras inflacionarias. Ayer el Indec difundió que en todo 2008 los precios aumentaron un 7,2%. En los últimos dos meses, producto de la desaceleración de la economía, el mercurio de la inflación mostró realmente números más bajos. Pero el primer semestre del año viejo acumuló mucha más presión que la que reveló el Gobierno. El año nuevo arranca con la ofrenda de una oportunidad para que las distorsiones se corrijan, las cifras se equiparen y las mañas de Viejo Vizcacha vuelvan al cajón del Martín Fierro.
Se aproximan meses difíciles, con cambios estructurales en el capitalismo mundial y en las reglas económicas por las que tradicionalmente se manejaron los mercados globales. Son tiempos de ahorcar las malas prácticas para reemplazarlas por programas serios y ordenados, que lleven a soluciones durables y definitivas. Que entierren la historia de fracasos que relató Alemann.








