Hace ya unos años, en respuesta a uno de los exabruptos del entonces ministro Domingo Cavallo, quien sugirió a los investigadores argentinos que se dedicaran a lavar los platos, el escritor Ernesto Sábato dijo: “lo único que tenemos de Primer Mundo son los artistas y científicos. Sin embargo, para el Gobierno nacional estos ocupan un octavo o noveno lugar en sus prioridades”. En su libro “Lecciones de vida: el arte como esperanza”, el extinto violinista y humanista Yehudi Menuhin decía: “El artista personifica la libertad y la responsabilidad del ser, la prerrogativa de expresarse por sí mismo en la inevitable búsqueda de la verdad; la disciplina del servicio y de la autocrítica; la piadosa humildad de obedecer a una voluntad superior. El artista genuino sublima lo que en otros sigue siendo desenfrenada avidez de grandeza, poder y dinero”.
Hay pueblos que sienten orgullo de sus artistas -especialmente, de aquellos que le han dado lumbre y los han hecho trascender-, y los veneran y los protegen. Por ejemplo, en 1987, el gobierno de Salta promulgó la ley Nº 6475 de Reconocimiento al Mérito Artístico por la cual se otorgaba una retribución vitalicia a creadores salteños, independientemente de la percepción de cualquier otro beneficio. Para ello era necesario tener 55 años y justificar una obra importante a través de publicaciones, grabaciones y distinciones.
La noticia no tardó en llegar a Tucumán, pero como era de esperar, llevó un tiempo en tomar forma. Tras años de marchas y contramarchas, el 29 de agosto de 1994, un legislador presentó un proyecto de ley sobre el régimen provincial de reconocimiento al mérito artístico que durmió en los cajones de la Comisión de Educación hasta que el 30 de mayo de 1997, en sesión legislativa, se lo pasó a archivo. La frustración no impidió que el 17 de marzo de 1998, el Concejo Deliberante de San Miguel de Tucumán sancionara la ordenanza Nº 2.662 de “Distinción y reconocimiento a la trayectoria artística”, con carácter de premio vitalicio. Fue incluso promulgada, pero nunca puesta en práctica.
Pero no sólo Salta recompensa económicamente a sus creadores notables. La ciudad de Buenos Aires otorga desde hace años una retribución vitalicia a quien haya ganado más de una vez el Premio Municipal de Poesía y otro tanto, realiza el Instituto Nacional de Teatro.
Hasta ahora la máxima distinción que pueden recibir nuestros mayores artistas y científicos tucumanos es un diploma y una medallita que tienen que guardar celosamente para que no se la roben, excepto una honrosa excepción. Sin embargo, su obra es, por lo general, más trascendente para Tucumán y la Argentina que lo escaso o casi nulo que hicieron por la provincia varios gobernadores, asesores, legisladores, ediles y punteros juntos en estos últimos lustros.
Son justamente los artistas, los investigadores y los científicos, quienes han prestigiado a Tucumán en el mundo y no la clase dirigente. A lo largo de más de una centuria, nuestra provincia se ha destacado por ser un faro cultural en la región. Sus universidades, sus orquestas, sus coros, músicos, compositores, escritores, artistas plásticos, bailarines y cineastas han cimentado su reputación y lo siguen haciendo diariamente, aportando su grano de arena.
Sería auspicioso que la Legislatura o el Concejo Deliberante desempolvaran estos proyectos y rindieran un justo homenaje a nuestros creadores, teniendo presente aquello de que el artista genuino sublima lo que en otros sigue siendo desenfrenada avidez de grandeza, poder y dinero.
13 Enero 2009 Seguir en 







