Entre los caprichos de las divas y las picardías del publico

Estrellas antojadizas y espectadores sagaces son los condimentos que acompañan el trabajo de José Pereyra, jefe de sala del Teatro Alberdi. Después de tantos años en el ámbito del espectáculo, no le resulta nada fácil disfrutar plenamente de un show. Los riesgos de trabajar en un coliseo.

DEFORMACION ARTISTICA. “Los que trabajamos en las salas ya no podemos disfrutar plenamente de ningún espectáculo”.
DEFORMACION ARTISTICA. “Los que trabajamos en las salas ya no podemos disfrutar plenamente de ningún espectáculo”.
12 Enero 2009

Mucha gente fantasea con que tiene el mejor trabajo del mundo, casi tan bueno como el de azafata, expendedor de helados o político. "Algunos me dicen que envidian mi trabajo porque puedo ver todas la obras, pero no saben cómo se equivocan" contó José Pereyra, en una entrevista con La gaceta.
Jefe de sala del teatro Alberdi, trabajó 11 años en el Centro Cultural Virla; pasó por las productoras más importantes de la provincia y hace cuatro años que está al frente de la sala del teatro de la UNT. Toda la vida laboral de Pereyra estuvo ligada al mundo del espectáculo local y durante todos esos años tuvo la oportunidad de conocer grandes figuras a nivel local e internacional; aunque asegura que eso ya no le llama demasiado la atención, "a menos que sea alguien a quien realmente admiro".
Caerse del escenario a la fosa orquestal, sufrir el golpe de una luminaria en la cabeza, o recibir carterazos furiosos de una mujer del público, pueden ser algunos de los accidentes laborales en un teatro; pero Pereyra agrega otro: "creo que los que trabajamos acá sufrimos una especie de deformación artística, porque al cabo de un tiempo ya no podemos disfrutar plenamente de ningún espectáculo o, por lo menos, no lo hacemos como el común de la gente".
Su puesto actual implica trabajar más con la gente que con los artistas, actividad que Pereyra califica de más desgastante. "El público obviamente varía mucho en función del espectáculo. La gente que viene a escuchar los conciertos de la Sinfónica, por ejemplo, es un público habitué que conoce muy bien cómo comportarse en la sala, pero hay espectáculos en que la cosa se complica porque la gente no logra entender las normas de la sala. Entre las normas está la de no entrar a la sala con alimentos ni bebidas para proteger los tapizados y las alfombras y esa es una de las más problemáticas a la hora de intentar de que se la respete".
Aunque parezca increíble, Pereyra y su equipo de acomodadores deben estar alerta a todo tipo de intentos por parte de la gente de esconder su picnic ("el sándwich de milanesa y la coca de dos litros") entre las ropas o en algún bolso. "La gente se enoja mucho cuando le retenemos hasta el fin de la función su comida. Es muy gracioso ver gente grande ocultando cosas entre sus ropas o en la cartera, si los vemos se lo decimos, pero nosotros no somos policías, no revisamos los bolsos porque se supone que no debería ser necesario en este ámbito", explicó.
Otro de los conflictos que enumera Pereyra es el de la capacidad limitada de cualquier sala. "La gente cree que tenemos lugares vacíos pero como somos muy malvados no se los queremos dar", se rió. Lo cierto es que la sala tiene una capacidad de 666 asientos y la tensión aumenta cuando queda gente afuera. "El día de mi debut en el Alberdi había una muestra de la Escuela-Taller, a la que concurren chicos con capacidades especiales. Estábamos excedidos de familiares que iban a ver a sus chicos, ya no podíamos dejar entrar a nadie más porque se convierte en un peligro para todos, además de poder recibir una sanción de Defensa Civil. Llegamos al extremo de tener que cerrar los accesos porque los familiares no entendían y querían entrar a toda costa. ¡Empezaron a patear las puertas!. Terminamos llamando al Grupo Cero porque la situación era incontrolable. Ese era mi primer día aquí y yo vaticinaba ya un futuro oscuro", recordó.

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