La mano invisible se devora a los más débiles

El impacto de la desaceleración económica se hace evidente en comercios cerrados y en empresarios que parecen haber pinchado la bicicleta financiera que les supo dar éxitos. Por Indalecio Sánchez - Editor de Economía.

07 Enero 2009

En el corazón de las peatonales céntricas sólo se escucha música callejera. La que se cuela desde las veredas y se vende en sobres de plástico. Los estrenos de música ya no se publicitan en el paseo cerrado de compras. Los números no daban y la disquería abandonó la lucha contra la competencia ilegal.
No es sólo un ejemplo sobre cómo la piratería hace mella en la industria discográfica. También es una muestra de que el mercado, en cualquier rubro, se achica y cobija cada vez a menos actores.
La desaceleración económica se cierne sobre los más débiles. Se mantienen erguidos los que se mueven en la informalidad, los cautos en lo financiero, los que no se diversificaron más allá de sus posibilidades reales de expansión y los que llevan décadas piloteando crisis argentinas y mimando a los clientes que, fieles, continúan eligiéndolos pese a que la jungla consumista se pueble de oferentes en los tiempos de vacas gordas.
La metamorfosis que silenciosamente comenzó a experimentar el microcentro de Tucumán desde hace un par de meses confirma el cambio de tendencia económica. Los carteles de "Se alquila" aparecieron como las primeras manchas sintomáticas de algún mal mayor. "Esto no es para cualquiera", pareció ser la frase que la mano invisible del mercado le tiró en la cara a -muchos de ellos nuevos- empresarios que instalaron restaurantes y boutiques en la periferia del corazón céntrico. En los hechos la crisis aún no estalló y ya naufragaron en su travesía comercial. Bajaron las persianas varios de los que las habían levantado en lugares de venta poco convencionales. A lo largo de las calles Corrientes, Marcos Paz y Santa Fe, por ejemplo.

Papeles voladores
En la City también se borraron algunos jugadores. En los cafés de la San Martín comentan que ya quebraron dos casas dedicadas a operaciones con títulos públicos y cheques. Algún otro también se alzó con dinero ajeno que se invierte por fuera del sistema. Otra vez el mercado jugó de fiscal ausente y dejó en babia a los que confiaron en demasía en los regalos excesivos que dejó para algunos la bonanza económica. Seducidos con promesas de buena rentabilidad y con la intención de gambetear al agobiante fisco, varios empresarios tucumanos jugaron esa ficha y ahora lloran en silencio la esfumación de sus inversiones.
Como si fueran aviones de papel, los cheques voladores se desparramaron por la City. Sobran los acreedores y escasean los fondos.

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Hizo una de más
Tambaleante queda hasta el que aparenta ser el hombre de negocios que más creció en la última década cuando las variables económicas apenas amagan con desbarrancarse. Al menos eso les sucede a los que se expandieron demasiado en relación con su capacidad de pago.
Como en el fútbol, el empresario parece que hizo una de más: invirtió un poco aquí, compró algo allá, llegó al borde del área y, en vez de pasar la pelota, lo quiso apurar al arquero. En la City dicen que al hombre le atajaron la pelota y que se cuentan de a 10 los millones de dólares que debe. Pedir una convocatoria de acreedores sería el camino indefectible que el personaje en cuestión debería seguir, pero su estrategia apunta hacia otro lado. En los bares susurran que está pensando en llamar a algún amigo famoso que lo respalde y con él de garante sentarse a negociar -en privado- con sus acreedores.
El segundo hombre más rico del mundo, el mexicano Carlos Slim, esbozó hace poco que una de las claves del éxito es no diversificarse de más y mantener siempre ciertos niveles de liquidez que permitan capear los ciclos recesivos. Pocos lo escucharon.
Cuando el milenio despertaba, el crac delarruista impartió a los ahorristas la lección de que el Estado argentino no es sinónimo de seguridad jurídica ni de respeto a la propiedad privada. La incipiente crisis económica deja nuevas enseñanzas: la bicicleta financiera en algún momento se pincha. Lo sufrieron los brokers de Wall Street y lo padecen los empresarios tucumanos.

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