En blanco y negro
El presente y el pasado se unieron aquella tarde en que caminaba bajo la lluvia. Las vivencias de la niñez confluyeron de una forma inesperada. Por Carlos Werner -Redacción LA GACETA.
Alguna vez le sacó los anteojos al abuelo y, dándolos vuelta, lograba ver la luna más cerquita; también se subió al árbol más alto de la cuadra y simuló ser un vigía en alta mar, en busca de nuevas tierras. Con los rulemanes que le regalaba don Pedro, más un cajón de manzanas, fabricó el carro más veloz del mundo, el "terror de barrio El Bosque y zonas aledañas". Remontó barriletes hechos de caña y de papel madera y con ellos exploraba el horizonte; fabricó espadas con palos de escoba para enfrentar a monstruos y caballeros; armó pelotas de medias y les hizo cientos de goles a los brasileños, de arco a arco; soñó con conquistar en bicicleta allá donde se ponía el sol y se prendió tarde tras tarde a una serie de acción en la única TV blanco y negro del barrio.
Con el tiempo lo atraparon las señales que un aparato de radio de onda corta le traía desde quién sabe donde. Entre zumbidos, a veces sonaban las últimas noticias, a veces voces de culturas lejanas y alguna noche, partidos de la Copa Libertadores.
Mientras la infancia le iba dejando paso a la primera adolescencia, hubo fuerzas para darle una mano al papá en la huerta y para ayudarle a la mamá a barrer de punta a punta el patio. Los sábados de aquellos días eran la gloria de una excursión con amigos a voltear coquitos de las palmeras y los domingos la peregrinación a la cancha, para ver fútbol y soñar con pisar algún día un campo de juego. También estaba el estudio, duro y necesario durante la semana, con esas guías interminables de caudillos, unitarios y federales, y ecuaciones con números decimales. De vez en cuando, surgía un paseo por el centro cuando invitaba la madrina, aderezado por ese olorcito a churros del Mercado del Norte que obligaba a gastar las monedas ahorradas con paciencia.
En la casa solía pasar horas revolviendo la caja de los discos de vinilo de 33 rpm y los long plays, el lugar donde caprichosamente convivían desde Serrat hasta los Rolling. Y con la anuencia de la mamá y el festejo a coro de sus hermanas, armó sesiones musicales con el tocadiscos. En ocasiones, sobre todo en esas siestas de infierno de enero y febrero, consumía las horas leyendo lo que le cayera a mano. Y, claro está, imaginando ese mundo que se manifestaba más allá de las ventanas pequeñitas de la casa antigua. Pasaron los años y la mente se le fue abriendo aún más caminando las calles tucumanas, prestando el oído y hablando lo justo y necesario. Viendo lo que las cosas muestran y lo que no, entendiendo que la vida es una lucha que parece para valientes, pero que se arma con pasitos cortos y temerosos. Pero aunque el tiempo le fue dando, y quitando, y se hizo de un nombre y de un futuro, jamás las imágenes queribles de la niñez lo abandonaron.
Aquella tarde las unió a todas; caminaba bajo una llovizna de gotas como caricias y sintió que la camisa se le iba pegando al cuerpo y que, al ritmo de los pasos, el pantalón se le salpicaba de pequeñas manchas. Aparecieron entonces las imágenes amarronadas de sus aventuras de verano bajo la lluvia siendo un niño, en el campo, allá donde su abuela le contaba historias de fantasmas y le cebaba mates de leche. Y mientras lo hacía, sintió como si su cuerpo fuera perdiendo peso, tamaño, dolores, arrugas y cicatrices. Nadie se dio cuenta, pero de pronto el pasado lo abarcó todo: la ciudad vieja, tal como la había conocido, se abrió como un álbum. Sin cerrar los ojos y dispuesto a todo, decidió explorarlo. Dicen que hace un rato, alguien lo vio leyendo LA GACETA en blanco y negro mientras tomaba un café en La Cosechera.







