La arquitectura de una crisis

Por Franco Eugenio Nanni - Economista y Docente de la UNT.

02 Noviembre 2008

Las crisis periódicas que atacan al sistema capitalista mundial suelen comportarse como los virus que atacan a los organismos -por ejemplo, la gripe- y que van modificando sus características: se los conoce por sus efectos, pero resulta difícil determinar las causas y diseñar las defensas.
Se denomina expansión o fase expansiva a la cresta creciente, y recesión a la faz descendente de la curva (las tasas de crecimiento del producto son positivas en la expansión y negativas en la caída).
Esos son los hechos; lo que resulta más complicado es explicar sus causas. ¿Por qué existen fluctuaciones? ¿Por qué el sistema no puede tener un crecimiento suave y sostenido, sin caídas?
Una rama completa de la economía se dedicó a investigar sobre estas fluctuaciones (Teoría de los ciclos) pero los resultados no fueron del todo satisfactorios y, por lo tanto, el problema no se pudo resolver del todo.
La explicación más aceptable se basa en las expectativas -cambiantes- de los agentes económicos: cuando existe una corriente de optimismo generalizado - es decir, cuando la gente cree que las cosas van a ir bien - el optimismo genera actitudes que sumadas o agregadas para el conjunto social contribuyen a incrementar el consumo y la producción. Lo contrario ocurriría en el ciclo descendente. Esta explicación se basa en lo que en ciencias sociales se conoce como “Las profecías autorrealizadas”: cuando la gente cree que algo va a suceder , provoca el suceso esperado. Por ejemplo, una corrida bancaria: el público cree que el banco colapsará, masivamente retira sus depósitos de ese banco y provoca el suceso temido. Obsérvese que no es necesario suponer que había “causas reales” que hubieran justificado el temor. La misma causalidad acompaña a las corridas cambiarias (la gente concurre masivamente a comprar dólares porque espera que suba y provoca la suba).
El país entra en recesión cuando la tasa de crecimiento del producto real se torna negativa (pasa de la fase ascendente a la descendente). Se supone que estas tasas -en la mayoría de los países- estará o bien en cero o bien en valores negativos durante 2009.
Lo interesante de estos fenómenos es su carácter simbólico: cuesta creer que una explicación sobre las fluctuaciones de lo material (producto, empleo, ganancias, crecimiento) resida más en el campo de lo intangible (las ideas, las expectativas , el “animal spirit” de Keynes) que en el campo de lo meramente físico.
Lo anterior podría sugerir que todos los factores que alimentan una crisis (o una expansión) son de carácter simbólico, y no es así: otras variables tales como la competitividad externa, los precios de los productos exportables, la disponibilidad de recursos y de capitales, los errores en el manejo de la política económica de un determinado país, son fuente de variaciones en el ritmo de crecimiento (o de caída). En Argentina, luego de crecer en los últimos cinco años a tasas significativas, la contracción de los ingresos por exportaciones (ocasionados por la caída en el precio de nuestros productos), acompañada de la falta de confianza que el país ha despertado en el exterior, puede producirse una caída del producto real o recesión (de hecho, ya se produjo una caída de su tasa de crecimiento o “desaceleración”).
Para que sea posible sostener el crecimiento es necesario tener reglas claras de política económica; no se puede improvisar cada dos meses y anunciar medidas que desalientan las inversiones y la formación de nuevo capital. Es importante respetar los derechos de propiedad, evitando medidas como las que se aplicaron sobre el sector agropecuario o la nueva estatización de los fondos de jubilación a tan solo un año de haber ejercitado la opción por uno u otro sistema .
Otros errores graves como la falsificación de los datos estadísticos (la intervención al Indec) son perturbaciones que atentan contra el crecimiento de largo plazo que el país necesita.

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