MADRID.- Dice que se siente como un niño y que hace ahora lo que dejó guardado tras el éxito de “El Padrino”. Francis Ford Coppola rueda “Tetro” entre España y Argentina. El vino que fabrica le sirve para producir. Apasionado por el cine igual que cuando era un adolescente, este artista genial cuenta aquí cómo disfruta de una ilusionada segunda juventud.
En el vocabulario de Francis Ford Coppola hay una palabra borrada: "Ojalá". Tampoco utiliza los tiempos verbales que impliquen lamentos. En su familia no recuerdan haberle escuchado decir aquello tan recurrente de "tenía que..." o "podría...". Sabe perfectamente que un hombre debe perseguir sus sueños.
Casi con 70 años -nació el 7 de abril de 1939 en Detroit (Michigan, EE. UU)-, conserva energías e ilusión para afrontar ahora lo que quiso rodar hace más de tres décadas. Era la época en que un trabajo de encargo se cruzó en su camino y le desbarató los planes. También lo colocó en la historia del arte para el resto de los tiempos. Le proporcionó gloria y dinero. Pero le rompió en alguna medida sus sueños.
Aquel trabajo se titula “El Padrino”. Fue una historia que se convirtió en trilogía y que hoy puede considerarse una obra redonda de más de nueve horas de metraje. Entonces había nacido como algo más sencillo. "La adaptación de un best seller de la época, igual que ahora han hecho con El código Da Vinci", dice el director, como si se pudiera comparar aquella maravillosa novela de Mario Puzo, con quien Coppola escribió todos los guiones, con lo otro.
Aquella propuesta lo obsesionó hasta encontrar en ella una manera de dar su visión sobre algo mucho más ambicioso que los conflictos de una familia mafiosa. Resultó un encargo que él esculpiría obsesivamente hasta transformar en una genialidad comparable a cualquier maravilla parida por el empuje creativo. Una obra de arte total. Y sin embargo, la relación de Coppola con su criatura -recogida documentalmente en “The Godfather family album”, un libro con fotografías inéditas que publicará Taschen- es extraña.
Navega en partes iguales entre el amor y el odio. Necesita de ella tanto como reniega. Incluso, si tuviera que elegir alguna de las suyas, puede que no la colocara entre las favoritas, al menos entre las que considera más personales. Insiste en que fue un encargo, quiere dejarlo claro; algo que le llegó de afuera. Un trabajo de supervivencia que le cambió la vida y le costó tantos disgustos como lecciones. “Me gusta ‘El Padrino‘, pero no es lo que quería hacer en esos momentos", dice.
Disgustos
Entre los disgustos queda la lucha casi diaria de tener que negociar los pequeños y grandes detalles con aquellos que no quieren crear arte, sino simplemente dinero, como era el caso de los ejecutivos de la Paramount. Entre las lecciones, aferrarse desde entonces radicalmente a su propia libertad. A una insobornable independencia que le dura hasta hoy, gracias, sobre todo, al vino que produce en Napa Valley (California). “Sobrevivo gracias a eso, lo que me resulta bastante irónico”, afirma el director.
Cuando uno le pregunta qué le debe a “El Padrino”, Coppola sonríe y entona una especie de excusa: "Positivamente y negativamente, muchísimas cosas. Había hecho antes “Llueve sobre mi corazón”, y quería rodar “La conversación”. Fue un trabajo que conseguí para sobrevivir. Tenía dos hijos y uno más que estaba por venir...”. (Especial)







