
La prolífica Margaret Atwood (Ontario, 1939), autora de más de 50 libros entre poesía, ensayo, novela y colecciones de cuentos, viajó a Buenos Aires para participar del congreso internacional de la asociación Birdlife, que lucha a favor de la conservación de las aves y de la cual es miembro. Su extensa carrera literaria, que comenzó en 1964 con la publicación de su primer libro de poesía, obtuvo reconocimiento internacional a partir de la publicación de sus novelas La mujer comestible y Revestimiento, en la década del 70. Activista política, fue considerada prefeminista; luego, participó en diferentes organizaciones, como el PEN, del cual fue directora. Nominada cuatro veces al Premio Booker (el más importante en lengua inglesa), finalmente lo obtuvo en 2000 por su novela El asesino ciego. Donó el dinero para colaborar con causas medioambientalistas.
Escribió dos novelas futuristas El cuento de la criada y Orix y rascón, que se mantuvieron varias semanas en las listas de los best sellers del diario The New York Times. De El cuento de la criada se hizo una versión cinematográfica con guión de Harold Pinter y dirección de Volker Schöndorff.
Atwood ha sido galardonada con una innumerable cantidad de premios, cuenta con 16 doctorados honoris causa, y su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas, incluido el castellano. Este año obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que irá a recibir a España. Entusiasmada por los resultados del encuentro que la trajo a Buenos Aires, contestó amablemente y con voz pausada las preguntas que se le formularon.
- En sus cuentos y novelas abunda el humor. ¿Le sale espontáneamente?
- Los franceses, que suelen ser irónicos, utilizan la expresión "humor anglosajón". Se refieren a aquello que es gracioso y no lo es al mismo tiempo. Esto puede ser, más que irónico, algo funesto. Los alemanes, a este tipo de humor lo encuentran problemático: necesitan que algo sea gracioso o que no lo sea. En mi caso proviene de mi familia, es canadiense, particularmente de la parte este de Canadá.
- Usted editó antologías de escritores canadienses. ¿Cómo se construye tradición literaria en un país que está dividido en dos lenguas?
- Se construyen dos, o más. Tenemos 52 lenguas indígenas. Además, circula una cantidad de lenguas de la gente que ha emigrado a Canadá. Es difícil hablar de una tradición, pero se pueden establecer varias. Lo que resulta posible es encontrar elementos en común. En 1972 escribí un libro sobre este tema, se titula Supervivencia. Tiene 12 capítulos y cada uno está dedicado a un tema; no se trata de la misma forma cada uno de los temas, sino que cada uno es como un leit motiv en una sinfonía. Se lo escucha en una nota más alta en un capítulo y en una nota más baja en otro.
- ¿Cuáles son esos temas?
- Uno es nuestra relación con la naturaleza, que no siempre resulta confortable ni amable para los seres humanos. Otro es la relación con los indígenas nativos, la relación con los animales. ¿Son nuestros enemigos? ¿Nos relacionamos con ellos? Otro es la inmigración y las experiencias personales; ha venido gente de decenas de naciones del mundo. Un viejo tema es la relación entre el inglés y el francés. Un elemento que define a Canadá es que nunca ha sido una potencia imperial. Hay diferencias entre un país que lo ha sido, o que lo es, como nuestros vecinos del sur, y uno que no lo ha sido. Por ejemplo, si lo ha sido, como Inglaterra y Francia, le preocupa por qué se ha encogido. En cambio, si lo es ahora, suele tener todos los problemas de un imperio. En general, una de sus preocupaciones suele ser cuán grande puede tornarse antes de que explote, como Roma. La inquietud de Canadá es la presión imperial que atraviesa la frontera, cuánta presión puede llegar a ejercerse antes de que dejemos de existir como pueblo independiente. Este es un problema constante que se refleja en la literatura.
Agregaría que cada país tiene, en su literatura, maneras típicas de matar a los personajes, aparte del asesinato. En Canadá tenemos el ahogo en el agua, el congelamiento y, de vez en cuando, los osos. En la parte norte de Canadá, donde viven los esquimales, se pueden mantener conversaciones vivaces sobre osos. Los osos polares no le temen a nada, no se escapan si aparece un ser humano. De lo único que se asustan es de las morsas macho. Si les clavan los colmillos, los osos mueren desangrados. Las morsas, que suelen ir en manadas como un equipo de fútbol, también son muy peligrosas para los seres humanos; suelen atacar la gente que va en kayak.
- Usted es conocida por tener una mirada feminista aguda y excéntrica a la vez. Comenzó a plantear ciertos temas cuando todavía no eran parte de una agenda pública. ¿Qué cree que cambió en el discurso feminista desde el momento en que empezó a publicar hasta ahora?
- Desde la década del 80 existe una reacción al término feminismo. Sin embargo, muchas de las premisas que las feministas de antaño habían propuesto estaban aceptadas por las mismas mujeres jóvenes que negaban ser feministas. Si se intentara llevar a las chicas de ahora a las costumbres de la década del 50 gritarían muy fuerte, no aceptarían esas condiciones de vida. Si uno analizara cuáles fueron esas condiciones durante los últimos 300 años, preguntas tales como ¿deben tener una educación las mujeres?, ¿se les debe permitir la lectura?, ¿pueden tener derechos sobre sus propios hijos?, ¿deben heredar?, ¿se les debe permitir tener cuentas bancarias?, ¿pueden tener empleos? se votarían afirmativamente. Pero cada una generó acalorados debates en su momento. ¿Las mujeres tienen alma? Algunos padres de la Iglesia afirmaban que no. Todo es una cuestión de terminología. También es cierto que todavía, en muchas partes del mundo, las batallas más tempranas apenas se están llevando a cabo. En materia de derechos humanos muchas mujeres siguen siendo tratadas como animales, en especial, las mujeres pobres.
Soy prefeminista; comencé a expresar mis ideas antes de que surgiera el movimiento de fines de la década del 60. Pero en Canadá no nos lavaban el cerebro de la manera en que lo hacían en Estados Unidos, no tuvimos ese movimiento de posguerra que promovía el hecho de que las mujeres debían permanecer en sus hogares, ser amas de casa y no formular ideas. Ese discurso no nos alcanzó. Estábamos más cerca de la experiencia fronteriza, teníamos abuelas muy fuertes, había que ser de esa forma para sobrevivir en áreas rurales. Tuvimos madres aguerridas, que no creían que su tarea era no decir nada, no ser nada ni hacer nada. A mí me criaron diciéndome que debía estar preparada para ganarme la vida. Entonces, no estábamos sentadas esperando al príncipe azul. Excelente si aparecía, pero, ¿qué pasaba si no llegaba? Por otro lado, creo que los hombres y las mujeres no son lo mismo. Está probado científicamente que hay diferencias neurológicas, no piensan de la misma forma. Por ejemplo, los hombres toman riesgos más grandes, por eso entran en edificios en llamas. Una mujer no iría. Hay una razón evolucionista para esto: cuando el león corría sobre su presa alguien tenía que ir detrás con un palo, mientras la mujer y los chicos se escondían.
Los hombres despliegan sus atributos y las mujeres eligen, eso era lo que afirmaba Darwin. Si esto se interrumpe los resultados son muy malos.
- ¿Cómo concilia su actividad literaria con su actividad política?
- Se remonta a la idea de equidad. Tiene que ver con la búsqueda de la ecuanimidad. Los seres humanos tenemos una noción innata de la equidad y podemos advertir cuando esto no es así. Esos fueron los orígenes del feminismo, también de allí provienen los movimientos sociales. Se puede soportar un cierto grado de inequidad, inclusive cuando se dice que es lo que Dios quiere, o ese tipo de cosas. Pero, si se la lleva demasiado lejos, la gente sabe que, simplemente, no es justo. Y va a tratar de encontrar un equilibrio. A veces se va demasiado lejos en la otra dirección, luego hay que volver hacia el centro. El péndulo va de un lado al otro en todo momento.
- ¿Cuáles son sus escritores predilectos?
- Es una extensa lista. Crecí en medio del bosque, no teníamos televisión, ni películas ni radio; tampoco teníamos vecinos cercanos. Contábamos solamente con libros; comencé a leer cuando era muy chica. En cuanto a la literatura que me ha ayudado en mi formación admiro a Robert Louis Stevenson, a H.G. Wells y a muchos escritores ingleses de fines del siglo XIX y principios del XX. Shakespeare es un autor que leí en profundidad. Comparto con Borges la pasión por esos autores; es más, lo cité en una introducción que escribí para el libro La isla del Doctor Moreau. Me gradué en la universidad en literatura inglesa; conozco bastante bien la norteamericana, la rusa y la francesa, no así la literatura escrita en español.
- ¿Está trabajando en una nueva novela?
- Acabo de terminar una novela que se publicará en 2009. Ahora sale un libro mío de no-ficción, se titula Payback (Devolver con la misma moneda). El subtítulo es Deuda y el lado oscuro de la riqueza. No es solamente acerca del dinero; indago sobre el equilibrio y la equidad. Trata acerca de lo que la gente debe en todos sentidos, lo cual incluye la deuda con la naturaleza. Es un tema muy interesante, que nos retrotrae a la conducta de los primates, a los acreedores y deudores, al dinero y los favores. Gran parte del libro es literario; sin duda, esta es la trama de muchas novelas. En particular, de las del siglo XIX, donde alguien tiene deudas. Por ejemplo, Madame Bovary podría haber seguido felizmente cometiendo adulterio hasta que estuviera llena de arrugas si hubiera llevado mejor sus cuentas. Lo que la arruinó no fue su descarriado comportamiento sexual sino que contrajo deudas y el acreedor las quería cobrar. Entonces, la amenazó con que, si no pagaba, revelaría todo. © LA GACETA
Paula Varsavsky - Escritora y periodista. Su última novela es "El resto de su vida" (Sudamericana, 2007).







