

Le llevaba unos siete años saber si su labor en sus películas era buena o mala. Para ahuyentar curiosos, en su casa había puesto un cartel: “Los Newman no viven acá. Firmado: la Familia Preston”. Se negaba a interpretar personajes cuyo nombre comenzara con una H, en recuerdo de la bomba atómica arrojada por Estados Unidos en Hiroshima, y se arropó de dirigente pacifista. “Al lado de ella aprendí a ser un hombre”, dijo de su esposa Joanne Woodward con quien se casó en 1958, luego de que ella tuviese que desandar una terapia psicoanalítica para poder llegar al altar con ese hombre que le parecía “tan agresivo”.
“Es una lástima que esos dos tipos hayan muerto al final de la película porque podrían haber seguido haciendo filmes para siempre”, dijo sobre “Butch Cassidy and The Sundance Kid”. En la memoria del cine ya está aquella escena de póquer que hizo con Robert Shaw en “El golpe”, en la que se engañan mutuamente. También ese irlandés católico, borracho y ex abogado brillante que saca fuerzas de sus oscuridades para ganar un pleito contra la arquidiócesis de Boston en “Será justicia”.
Llevaba en el alma a Scott, su hijo muerto por una sobredosis. “Eramos como bandas elásticas, tan pronto estábamos unidos como separados por una enorme distancia. Creo que nunca escaparé a mi culpa por su muerte”, decía. “Siempre he tenido la impresión de que mi carrera se debía a mi físico, idea que jamás me agradó”, confesaba. Versátil, profundo, abordó varios personajes detestables, a los cuales les inyectó una dosis de humanidad.
Notable actor, piloto, fabricante de aderezos, filántropo, solitario, sin estridencias, amante de su mujer y de sus hijos, Paul Newman era de esos tipos de los cuales uno hubiera querido ser amigo. Será por eso que muchos dirán hoy: “Buenos días, tristeza”.







