La soledad desespera a un equivocado oficialismo
El alperovichismo paga caro sus errores. La Nación le paró la obra pública, pese a su postura contra el campo, la cual le significó divorciarse de un sector social que lo apoyó. Por Alvaro Aurane - Redacción LA GACETA.
31 Julio 2008 Seguir en 
La política le facturó temprano al Gobierno tucumano, y con costos enormes, el grosero error en el que se cansó de reincidir durante el conflicto que enfrentó a la Nación con el campo. El yerro de José Alperovich, por cierto, no consistió tanto en apoyar el abortado incremento de las retenciones a las exportaciones -postura que adoptaron numerosos gobernadores-, como en su escalada de afrentas contra los productores. Las consecuencias, múltiples, pueden sintetizarse en una palabra: soledad.En primer lugar, y desde una perspectiva material, la Nación ha dejado solo al mandatario provincial. Le paró la obra pública como si fuera un gobernador cualquiera, y no el adláter anti-soja. El Gobierno central interrumpió el envío de fondos y el reloj alperovichista volvió a atrasar. Otra vez, aparecen los cheques diferidos, esta vez para las constructoras. Y otra vez la nueva ruta 38 vuelve a parecer una promesa electoral.
En segundo término, y desde lo político, el Gobierno local se ha quedado solo. Librado a su propia fuerza. Y en un momento social que promete ser novedoso. En rigor, durante los 127 días que duró la pelea contra la confiscatoria resolución 125, el campo y sus simpatizantes atravesaron una serie de etapas que los llevó a consolidar una suerte de gran burguesía argentina. Entendiendo el término burguesía ya como "grupo social constituido por personas de clase media acomodada" o como "clase social formada especialmente por (?) personas que no estaban sometidas a los señores feudales", según se prefiera la definición actual o el concepto histórico que da la Real Academia.
Lo concreto es que ese segmento nace con notable independencia del Estado y profunda indignación contra el oficialismo vernáculo, que sólo supo bastardearlo. Lo incomprensible para esta clase media inéditamente agrupada, y consciente como pocas veces de su fortaleza, es que las agresiones del mandatario llegan después de todo el apoyo electoral que ella supo darle. Porque este es el sector gracias al cual Alperovich logró ganar elecciones, una tras otra.
Esa indignación fue patente en las manifestaciones de apoyo al campo y de repudio al alperovichismo: dos cacerolazos que llenaron la plaza Independencia, piquetes en Los Puestos y escraches contra diputados y contra el propio jefe del Ejecutivo, primero en su finca y luego en su casa. En lo airado de esas protestas se advirtió el despecho de una clase que profesó incondicional amor por una gestión, que sólo le retribuyó los favores con impuestazos que se asemejan a latigazos y con discursos que parecían cachetadas.
Divorciado de esa porción de la sociedad, y con el electoralísimo 2009 acercándose, el plan de emergencia del alperovichismo en Tucumán, igual que el del kirchnerismo en la Nación, pasa por recostarse en el Partido Justicialista. Pero así como al matrimonio presidencial le salió al cruce Eduardo Duhalde, a la Casa de Gobierno tucumana le apareció al trotecito Fernando Juri. Y eso terminó de crispar los nervios oficialistas. El gobernador primero lo desafió a disputar una elección interna, y después aseveró que pensaba en invitarlo a ser candidato a senador del Gobierno, pese a que lo ignora públicamente desde hace un año, y a que lo denosta privadamente desde hace cinco.
No se trata de que el alperovichismo piense que puede ser derrotado por el jurismo, sino de que es consciente del daño que puede provocarle, restándole votos peronistas que ya no podrá compensar tan fácilmente como cuando tenía la vaca atada de la clase media.
Ahora bien, la pifia del Gobierno tucumano (que eligió por socios nacionales para su empresa política un kirchnerismo deficitario) hace que el alperovichismo esté endeudado pero no en bancarrota. Sigue manejando la caja del Estado en una provincia atravesada por la pobreza, con amplios bolsones sociales acostumbrados al clientelismo, y con intendentes, comisionados rurales y legisladores domesticados.
En su recuento de fortalezas, el oficialismo también menciona la debilidad de la oposición. Pero ese elemento de la ecuación muestra cambios. Los opositores ya le birlaron una banca de diputado en octubre pasado y, como novedad al esquema de ese entonces, el peronismo disidente también armará un candidato. Y, por supuesto, aún no ha mostrado sus cartas la nueva burguesía, que puede promover sus propios postulantes o aliarse con una fuerza que enfrente al alperovichismo.
A la par, hay una situación trascendental con vistas a los comicios de 2009 que ha quedado tempranamente clara para los ciudadanos. Un hecho que cambia por completo el escenario: ahora, todos saben que el Congreso funciona. O, en todo caso, conocen cuán distintas pueden ser las cosas cuando el Poder Legislativo se hace cargo del rol que la república le reserva. Por ende, ya no hace falta explicar cuál es el valor de un diputado o de un senador para una Provincia. Ni la importancia que tiene entregárselo al oficialismo o a la oposición.
Tucumán ya no es el mismo. El único que no se anoticia de ello es el alperovichismo, que sigue protagonizando bochornos de escala nacional, ahora con el cierre del stand en la exposición rural de Palermo. Después de clausurarlo, lo pintaron de negro. En un contexto plagado de errores y papelones, casi parece un luto político anticipado.




