30 Julio 2008 Seguir en 
A poco de asumir su cargo, el nuevo jefe del Gabinete de Ministros manifestó: "me preocupa que no tengamos capacidad de transmitir confiabilidad a la sociedad sobre cómo está funcionando cada una de las instituciones". Sergio Massa reforzó su inquietud afirmando que "en todos los estamentos y ámbitos del Estado hay que trabajar muy fuerte para que en aquellos organismos en que la gente confíe aumente la confianza, y en aquellos en que la gente desconfíe, aumente aún más". Tras esas manifestaciones, surgió de inmediato su referencia al Instituto Nacional de Estadística y Censos, al que se comprometió a reorganizar mediante la intervención de consultores calificados para restaurar su prestigio tradicional. No cabe duda de que esa síntesis de los objetivos de Massa implica no sólo un esfuerzo excepcional sino que, interpretada literalmente, está destinada a cambiar el estilo de gestión pública de la administración kirchnerista, que la encaminó a un centralismo personalista que derivó, paradójicamente, en su designación. Otra inquietud trascendente del joven ministro son la comunicación y el diálogo con todos los sectores sociales, políticos y económicos, sin el cual los consensos no son posibles.
Seguramente, está implícita en sus manifestaciones la restauración del rol que la Constitución asigna a la Jefatura del Gabinete, cuyo titular precedente, Alberto Fernández, dejó de cumplir asumiendo superpoderes que menoscabaron las facultades del Poder Legislativo y muy rara vez concurrió a informar a los legisladores. Y cuando lo hizo, se limitó a monólogos construidos sobre la base de cuestionarios previos, pese a ser obligación constitucional hacerlo mensual y alternativamente.
La Carta Magna, por lo demás, establece que el superministro puede ser interpelado, e inclusive removido por la mayoría absoluta de los miembros de cada cámara del Congreso. No es imaginable que Sergio Massa al ser convocado por la Presidenta no haya conversado sobre el grado de autonomía de que dispone y que esa promesa de transparencia institucional no fuese compartida. Sin embargo, las reacciones del Gobierno contra la Mesa de Enlace agropecuaria y la exposición rural están evidenciando que los propósitos manifestados por el flamante jefe del Gabinete no alcanzan para recomponer la transparencia política e institucional anunciada, amén de evidenciar que no hay coordinación entre los miembros del doble comando presidencial.
"Uno tiene que trabajar con todas las áreas articulando el funcionamiento del Estado", ha dicho también Massa, mientras el nuevo secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, alza la batuta antirruralista al frente de una estrategia cuya pauta no es, por cierto, el consenso, ni mucho menos, el diálogo. Algo ocurre en la residencia de Olivos, y no en la Casa Rosada, que el jefe del Gabinete difícilmente pueda oxigenar, como señaló su antecesor. Pero, aun así, podrá intentar corregir estilos que favorecen recuperaciones en la gestión gubernamental de largo plazo, como en el caso del Indec, ese instrumento estadístico que desacredita al país.
Es impostergable, asimismo, que Massa asuma las concurrencias mensuales que le impone su cargo al Congreso, que, pese a la Ley de Emergencia y los superpoderes, ha restaurado su presencia republicana, difícil de impedir tras la derrota presidencialista y los debates que se avecinan.
El nuevo jefe del Gabinete, a pesar de las limitaciones que le aguardan, tiene una tarea tan irrenunciable como titánica: tratar de recuperar la república. Seguramente, no estará solo en el gabinete, y mucho menos entre la ciudadanía que padece los efectos de la crisis.
Seguramente, está implícita en sus manifestaciones la restauración del rol que la Constitución asigna a la Jefatura del Gabinete, cuyo titular precedente, Alberto Fernández, dejó de cumplir asumiendo superpoderes que menoscabaron las facultades del Poder Legislativo y muy rara vez concurrió a informar a los legisladores. Y cuando lo hizo, se limitó a monólogos construidos sobre la base de cuestionarios previos, pese a ser obligación constitucional hacerlo mensual y alternativamente.
La Carta Magna, por lo demás, establece que el superministro puede ser interpelado, e inclusive removido por la mayoría absoluta de los miembros de cada cámara del Congreso. No es imaginable que Sergio Massa al ser convocado por la Presidenta no haya conversado sobre el grado de autonomía de que dispone y que esa promesa de transparencia institucional no fuese compartida. Sin embargo, las reacciones del Gobierno contra la Mesa de Enlace agropecuaria y la exposición rural están evidenciando que los propósitos manifestados por el flamante jefe del Gabinete no alcanzan para recomponer la transparencia política e institucional anunciada, amén de evidenciar que no hay coordinación entre los miembros del doble comando presidencial.
"Uno tiene que trabajar con todas las áreas articulando el funcionamiento del Estado", ha dicho también Massa, mientras el nuevo secretario de Agricultura, Carlos Cheppi, alza la batuta antirruralista al frente de una estrategia cuya pauta no es, por cierto, el consenso, ni mucho menos, el diálogo. Algo ocurre en la residencia de Olivos, y no en la Casa Rosada, que el jefe del Gabinete difícilmente pueda oxigenar, como señaló su antecesor. Pero, aun así, podrá intentar corregir estilos que favorecen recuperaciones en la gestión gubernamental de largo plazo, como en el caso del Indec, ese instrumento estadístico que desacredita al país.
Es impostergable, asimismo, que Massa asuma las concurrencias mensuales que le impone su cargo al Congreso, que, pese a la Ley de Emergencia y los superpoderes, ha restaurado su presencia republicana, difícil de impedir tras la derrota presidencialista y los debates que se avecinan.
El nuevo jefe del Gabinete, a pesar de las limitaciones que le aguardan, tiene una tarea tan irrenunciable como titánica: tratar de recuperar la república. Seguramente, no estará solo en el gabinete, y mucho menos entre la ciudadanía que padece los efectos de la crisis.




