28 Julio 2008 Seguir en 
Uno de los flagelos más constantes e intensos de la vida contemporánea es el ruido excesivo. En las últimas décadas, médicos, psicólogos y estudiosos de la conducta humana en general, han insistido en la cuantía e importancia del impacto negativo que el ruido produce, en los más diversos aspectos en la vida de las personas. Nuestra ciudad no se caracteriza precisamente por llevar a cabo un control de su contaminación sonora. A comienzos de este mes, dedicamos una página al asunto. Un funcionario municipal reconoció, como los más nocivos, los ruidos que producen los escapes de los vehículos y los bocinazos; la música proveniente de parlantes de automotores; los generados por las obras en construcción en el momento de excavar o de retirar escombros. En el caso de los boliches, apuntó que no es tan dañino el efecto de la música que se propala adentro de los locales como el que generan los parlantes de los vehículos estacionados en la zona aledaña. Hay que sumar la música a alto volumen que emiten los parlantes instalados en los locales de comercio de cualquier rubro.
Constaba en la misma nota que se midió con un decibelímetro, desde el balcón del edificio de LA GACETA, el grado de contaminación sonora registrado a las 12.10 del día, en la cuadra peatonal de Mendoza al 600. El aparato digital marcó entre 59,4 y 64,9 decibeles, cuando lo normal es entre 45 y 50. Después de las 16, cuando salen los chicos de las escuelas, el registro trepa unos 10 o 15 decibeles, y llega a superar un total de 80 a 100. Según el funcionario, en ese momento la sensación de estrés lleva a la gente a querer volver a su casa lo antes posible.
Aún habría que agregar, en las peatonales, la costumbre cada vez más difundida de ejecutar música con parlantes en medio de la vía pública. Si a esto se une el griterío de los vendedores ambulantes, hay que convenir que se configura un panorama -en lo acústico- capaz de destrozar los nervios de cualquier ser humano. El ruido excesivo irrita al público y le genera reacciones exageradas frente a cualquier inconveniente callejero, por menor que este sea.
En el caso específico de las motocicletas, los ruidos que estas provocan se incrementan sobremanera durante las horas de la noche. Es sabido que, en ese momento de la jornada, muchos motociclistas jóvenes practican la modalidad de cambiar el escape silencioso original por otros más ruidoso. Se genera así un estrépito a su paso, que afecta negativamente en quienes tratan de conciliar el sueño o, al menos, de pasar unas horas de tranquilidad en su casa.
Desde muchos años atrás, hay abundante legislación sobre este particular rubro. Pero también es conocido que su aplicación resulta bastante problemática. Por lo general, la persona mortificada por la contaminación sonora no tiene más remedio que aguantarla, con la esperanza de que en algún momento cese. En efecto, sus posibilidades de que la autoridad intervenga en su favor, con la celeridad y efectividad debidas, son bastante escasas.
Nos parece que se trata de un tema donde sería deseable una acción municipal desarrollada en forma mucho más intensa y enérgica que la que se emplea en la actualidad. Multas contundentes, retenciones de vehículos y medidas similares, tendrían sin duda el poder disuasivo esperado. Si aspiramos a vivir en una ciudad habitable, donde el enorme parque automotor y las múltiples expresiones tecnológicas de la música puedan de alguna manera convivir con los legítimos requerimientos del descanso, no es posible seguir ignorando por más tiempo un fenómeno como el que describimos en sus líneas generales. No se trata ya de legislar sino de aplicar concretamente las normas vigentes.
Constaba en la misma nota que se midió con un decibelímetro, desde el balcón del edificio de LA GACETA, el grado de contaminación sonora registrado a las 12.10 del día, en la cuadra peatonal de Mendoza al 600. El aparato digital marcó entre 59,4 y 64,9 decibeles, cuando lo normal es entre 45 y 50. Después de las 16, cuando salen los chicos de las escuelas, el registro trepa unos 10 o 15 decibeles, y llega a superar un total de 80 a 100. Según el funcionario, en ese momento la sensación de estrés lleva a la gente a querer volver a su casa lo antes posible.
Aún habría que agregar, en las peatonales, la costumbre cada vez más difundida de ejecutar música con parlantes en medio de la vía pública. Si a esto se une el griterío de los vendedores ambulantes, hay que convenir que se configura un panorama -en lo acústico- capaz de destrozar los nervios de cualquier ser humano. El ruido excesivo irrita al público y le genera reacciones exageradas frente a cualquier inconveniente callejero, por menor que este sea.
En el caso específico de las motocicletas, los ruidos que estas provocan se incrementan sobremanera durante las horas de la noche. Es sabido que, en ese momento de la jornada, muchos motociclistas jóvenes practican la modalidad de cambiar el escape silencioso original por otros más ruidoso. Se genera así un estrépito a su paso, que afecta negativamente en quienes tratan de conciliar el sueño o, al menos, de pasar unas horas de tranquilidad en su casa.
Desde muchos años atrás, hay abundante legislación sobre este particular rubro. Pero también es conocido que su aplicación resulta bastante problemática. Por lo general, la persona mortificada por la contaminación sonora no tiene más remedio que aguantarla, con la esperanza de que en algún momento cese. En efecto, sus posibilidades de que la autoridad intervenga en su favor, con la celeridad y efectividad debidas, son bastante escasas.
Nos parece que se trata de un tema donde sería deseable una acción municipal desarrollada en forma mucho más intensa y enérgica que la que se emplea en la actualidad. Multas contundentes, retenciones de vehículos y medidas similares, tendrían sin duda el poder disuasivo esperado. Si aspiramos a vivir en una ciudad habitable, donde el enorme parque automotor y las múltiples expresiones tecnológicas de la música puedan de alguna manera convivir con los legítimos requerimientos del descanso, no es posible seguir ignorando por más tiempo un fenómeno como el que describimos en sus líneas generales. No se trata ya de legislar sino de aplicar concretamente las normas vigentes.




