El oráculo y la muerte

La gente quería saber la fecha exacta de su muerte. Para revelar semejante presagio, consultaban al hombre más anciano del pueblo. Por Miguel Velardez - Redacción LA GACETA.

27 Julio 2008
Al principio, algunos no le creían ni media palabra. Otros, en cambio, reconocían que por tratarse de un hombre mayor había que esperar, para comprobar si todo lo que anunciaba era cierto. Efraín Forero tenía a todos los vecinos atrapados en sus premoniciones. El hombre más anciano del pueblo decía que había hallado un gran libro en el que figuraba un calendario con números romanos y que gracias a sus interpretaciones podía descifrar la fecha exacta en que alguien iba a morirse. Semejante predicción comenzó a tentar a más de uno.
Las primeras en acudir al oráculo del pueblo fueron las mujeres. Deseaban saber cuánto había de cierto en sus presagios. Con el paso de los días, se corrió la voz entre la gente. En las calles se hablaba de Efraín Forero, que ya había acertado una de sus primeras premoniciones. Había dicho que Luciano Hoyos iba a morirse el primer domingo de primavera. Hoyos era un ciclista de poca monta que había competido en varias carreras intrascendentes. Nunca había ganado, pero siempre se ocupaba de pedalear hasta la meta. Muchas veces, incluso, llegaba cuando los espectadores ya se habían retirado. Hoyos murió aquel domingo; el amanecer lo encontró recostado en su cama. En el sepelio, las mujeres comentaban que Efraín lo había anunciado dos meses antes. Atraídos por la curiosidad, los hombres comenzaron a prestar atención y cada vez más gente acudía para hacerle la gran pregunta. Pacientemente, el anciano abría su pesado libro y parecía conversar con los números. Tras un largo silencio, con voz trémula, anunciaba la fecha de muerte. El pueblo estaba convulsionado. Largas filas se formaban a la puerta de su casa. Apenas se enteraban de cuándo se iban a morir les cambiaba la vida.
Después de la muerte de Hoyos, llegó el turno de Enrique Buitrago, un médico que dormía poco y al que apodaban “El Escarabajo”, por su encorvada espalda. Murió antes de fin de año, como había sido anunciado. Desde ese momento, en el pueblo todos esperaban a la muerte. Algunos con resignación; otros al borde de la locura. Se preguntaban si era mejor no preguntar. La gente no es la misma si sabe cuándo se va a morir, pensó Efraín. Y empezó a preocuparse por las consecuencias de sus predicciones. Entonces colocó un cartel en el frente de su casa. “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”, podía leerse.
Efraín Forero seguía acertando. Irremediablemente, la gente se moría el día en que él lo había anunciado. Fueron cuarenta y siete muertes profetizadas y cumplidas como un mandamiento. Pero un día ocurrió algo que iba a cambiar todo para siempre. Justo Londoño era actor de teatro y buen bailarín. Desde que Efraín le había anunciado la fecha de su muerte, quedó perplejo. Vagaba por las calles, sin rumbo. Se negaba a tener que morir ese día, pero, a veces, se resignaba. Mientras, la gente comentaba que Efraín ya no quería predecir más muertes. Algo muy raro estaba pasando.
Dos noches antes de la fecha señalada, Justo Londoño partió del pueblo sin que nadie lo notara. No se supo más de su vida hasta que, una semana después, apareció en medio de la plaza. Exultante, gritaba que no había muerto, que no era un fantasma. La gente abría las ventanas de sus casas para verlo y los caminantes se acercaban con temor. En un santiamén, hubo un círculo a su alrededor. Comprobaron que era cierto: no había muerto. Alguien propuso preguntarle a Efraín Forero por qué Londoño seguía vivo. Fueron a buscarlo a su casa, pero al abrir la puerta hallaron muerto al oráculo del pueblo.

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