Tiempo en que el rock se vuelve copla

Hay numerosas señales de que la oferta cultural dirigida a los jóvenes debe ser abierta a lo más diversos géneros y manifestaciones. Desafío para la gestión. Por Nora Lía Jabif - Redacción LA GACETA.

26 Julio 2008
Es un día de semana de vacaciones de invierno en la ciudad de Lules, y la Carpa Cultural itinerante que organizó la Secretaría de Extensión Universitaria de la UNT ha sacudido la calma pueblerina. En una esquina de la plaza, un grupo pinta murales en los que sobresalen, entre otros elementos que hablan de una tradición rural, un campo sembrado de frutillas, y el cañaveral, al fondo. La propuesta de la UNT para la comunidad luleña también ha incluido un taller de rock para los más jóvenes, que ha dado a luz la banda "Los pibes urbanos". El mural mira al campo, y los pibes, a la ciudad.
Son matices de esas "culturas híbridas" que tan bien ha analizado el antropólogo Néstor García Canclini, y a las que la crisis del año 2001 - la famosa crisis convertida en oportunidad - ha potenciado, en un escenario de reivindicación de "americanismo". El intelectual argentino radicado en México participará en octubre en Tucumán en el Segundo Congreso Nacional de Cultura. Será una oportunidad para reflexionar, en la propia casa, acerca de este fenómeno del mestizaje cultural, en el siglo XXI.
"Código cultura" es el nombre de un proyecto del Ente Cultural de Tucumán que también sintetiza ese espíritu de hibridez, entendido como un cruce, un mestizaje, de prácticas culturales, sociales y religiosas. Un segmento de esa iniciativa está dedicado a la recopilación de la música autóctona de los Valles Calchaquíes. Y si bien para muchos suena a novedad, ese rescate tiene historia; una historia en la cual Leda Valladares y María Elena Walsh fueron, en los tempranos años 60, dos pioneras. Después, en los años 80 y 90, bordeando el siglo XXI, llegaron Gustavo Santaolalla y León Gieco, como las "marcas" más renombradas de esa movida de rescate de las voces de las culturas de los pueblos originarios. Pero en ese barco navegan muchos más: son nombres o instituciones de la región, como los de Daniel Robles, Josefina Racedo, Ricardo Kaliman, Paola Tiseira o el Puedes (Programa Universitario de Programa Universitario de Extensión y Desarrollo Social ) de la UNT, entre otros.
Ayer, el director de Medios Audiovisuales del Ente Cultural de Tucumán, Rafael Vázquez, presentó en sociedad la iniciativa de recopilación de la música vallista. En ese escenario cantó Andrea Mamondes, una joven coplera que hace honor a ese mestizaje cultural. La chica nacida en Amaicha no tuvo miedo de cantar sus bagualas y sus coplas en clave de fusión, acompañada por el teclado de Gerardo Alderete. En el escenario del Teatro Caviglia, Andrea se sentía como en casa. Más de una vez, sucesivas gestiones de Turismo o de Cultura de la Provincia de Tucumán utilizaron las copleras vallistas como productos turísticos "para exportación y exhibición", y no como sujetos culturales transmisores de un acervo complejo, no siempre digerible para el público masivo. Al parecer, la recopilación de la música autóctona de los Valles Calchaquíes intenta ser más respetuosa de esos "sujetos históricos". Pero la tentación del "show for export" es fuerte.
"La cultura de un pueblo se teje con los elementos que le proporciona su herencia histórica, sus creencias, su sistema económico, su esquema de estratificación social, su régimen político, su sistema educativo y los desafíos de su contorno natural y humano", dijo una vez María Angélica Robledo. Lo que quiso decir esa artista que nos dejó el jueves, y que fue un nombre esencial del mejor teatro tucumano del siglo XX, es que el hecho cultural es un fenómeno dinámico. Un dato que debe estar escrito en letra grande en el Manual del Buen Gestor Cultural.

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