La magia de julio

Las vacaciones no son sólo una excusa para la explosión de espectáculos y muestras; en buena parte son también su razón de ser. Por Gustavo Martinelli - Redacción LA GACETA.

20 Julio 2008
Si todos los hombres del mundo -dice Jorge Luis Borges-, los que ya han muerto y los que viven todavía, los de todas las épocas y también los del porvenir, volvieran de pronto a la infancia; vale decir, si el mundo fuera sólo un gran prodigio de niños, ¿qué añorarían? ¿Qué elegirían para divertirse? ¿Qué cosa buscarían afanosamente por todos los rincones de la Tierra?
Seguramente las vacaciones de invierno. Ese feliz período en el que el frío fomenta la diversión y los viajes en lugar de frenarlos. Y, por supuesto, los niños saben elegir, porque habitan el liviano presente y desconocen la gravedad del recuerdo. Para ellos, el receso invernal tiene un hechizo que no posee el descanso de verano. Por empezar, es una etapa sándwich: está a mitad de dos períodos arduos de trabajo y estudio. Y eso la hace mucho más especial. En segundo lugar, es de corto alcance, tiene poca duración. Por eso es mucho más apreciada (“lo bueno viene en frasco chico”, dice un conocido refrán). Y, por último, a diferencia de lo que sucede en el verano, las vacaciones de invierno son más intimistas: suelen vivirse hacia adentro. En enero y febrero todo es calor, aire libre, playa, montañas, bosques y ríos. Julio, en cambio, tiene la dignidad del invierno; se vive en la sala de los cines, en los teatros, en los museos y en los clubes de barrio.
Así las cosas, es fácil comprender por qué el séptimo mes del año es clave para la agenda cultural tucumana. Las vacaciones no son sólo una excusa para la explosión de espectáculos, festivales y muestras que actualmente inunda las carteleras; en buena parte son también su razón de ser. Sobre todo, aquellas propuestas que están destinadas al público infantil. Esto revela la importancia que tiene la decisión de los chicos de ver tal o cual obra. En muchas ocasiones, los espectáculos que buscan llegar a los más chicos suelen subestimar la inteligencia de los niños y terminan naufragando en un mar de contradicciones. Pero la gran mayoría de las obras suele despertar en los niños una suerte de fervor adormecido, un fanatismo por el teatro que permanece oculto hasta que llegan las vacaciones. Lo mismo puede decirse del cine que, por estos días, despliega su artillería de estrenos fabricados a la medida de los que no alcanzaron la adolescencia. De hecho, la apertura en Yerba Buena de 11 nuevas salas de cine con tecnología de punta han despertado un inusual furor por el séptimo arte, que no se veía desde hace varias décadas. Los complejos “Sunstar” y “Cines del Solar” no sólo permitieron la llegada de grandes tanques de Hollywood (la semana pasada se estrenaron cinco películas, cuatro de ellas en simultáneo con Buenos Aires), sino que también elevó en un 20% la venta de entradas en las últimas dos semanas. Esto hizo que Tucumán recuperara posiciones como plaza cinematográfica, superando a Salta y ubicándose al mismo nivel de Mar del Plata. Pero no sólo de teatro y de cine viven los niños en vacaciones. También existen otras alternativas, como las salas de lectura, las bibliotecas públicas, las plazas y los museos. Y es allí donde las autoridades apuntaron su artillería este año. A través de talleres, cursos y recitales, las plazas dejaron de ser lugares poco hospitalarios para los niños. Hoy es posible jugar, bailar, correr y hasta disfrutar de una obra de teatro en sitios donde antes sólo habitaban toboganes descascarados y bancos desteñidos. Este desborde de la cultura en pleno invierno es la verdadera magia de julio.

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