Eficiencia y equidad, dos palabras difíciles para la política

Punto de vista. Por Eduardo Robinson - Economista.

20 Julio 2008
La tensión entre la eficiencia y la equidad es presentada muchas veces como una dicotomía económica tajante: si queremos ser eficientes, se dice, no podemos quitarle al que más ganó para dárselo al que menos tiene. Tras un turbulento primer semestre la economía argentina llegó a un punto de inflexión. Es decir, a una situación indefinida en la cual es difícil determinar si prevalecerá una tendencia declinante, o por el contrario, seguirá en una senda expansiva.
Al comenzar el año en curso, los ojos estaban puestos en determinar cuándo y cómo la crisis financiera internacional podría impactar en nuestra economía. No estaba claro si persistiría o no el favorable contexto internacional, y se temía que cayeran los precios de los principales productos de exportación argentinos, lo que resentiría el crecimiento. Y si bien la economía nacional, viene incubando inconsistencias, no se preveía que el principal peligro estaba en las propias políticas. El extenso conflicto con el agro, y la persistencia en un absurdo intervensionismo estatal, han dañado las débiles expectativas positivas que podrían haberse generado tras el comienzo de la segunda etapa kirchnerista. En efecto, el problema con el campo, si algo de positivo deja, es poner con mayor nitidez los gruesos errores de diseño e implementación de política económica, en los que insiste el Gobierno. En términos de costos, esta situación ha derivado en un acelerado crecimiento de la incertidumbre y de una agudo deterioro del clima de negocios que afecta directamente a la inversión.
Si a este hecho, se adicionan factores como: el debilitamiento del mecanismo de precios, dado el creciente intervensionismo estatal, el cambio permanente en las reglas de juego, la baja calidad crediticia que afronta el sector productivo, la frondosa historia de inestabilidad macroeconómica que ostenta el país, la escasa visión de largo plazo, que impide determinar un perfil productivo, una primitiva estructura tributaria, que no favorece la inversión, debilidad institucional, sistema estadístico poco confiable, falta de criterios de eficiencia en el gasto público, entre otros, el resultado no puede ser otro que un debilitamiento del proceso inversor. Hay que tener en cuenta, que mas allá de los hechos y los dichos, lo fundamental para determinar el rumbo que adoptará la economía, es monitorear la dinámica inversora. Y aquí hay síntomas no alentadores, puesto que en la situación actual resulta complicado para los sectores productivos proyectar inversiones. Lo grave de esta situación es que posterga decisiones de inversión, que por su envergadura, tiempo de maduración e importancia estratégica no deberían dilatarse, como en el caso del sector energético. Es decir, hoy se deberían decidir inversiones para que en el futuro la economía gane productividad, mejore genuinamente su perfil competitivo y su inserción internacional, cree empleos de calidad, y disminuya la pobreza estructuralmente.
De ahí que la principal preocupación, desde el sector privado, es que el Gobierno no da señales en dirección a mejorar las perspectivas atacando seriamente los problemas críticos como: la inflación, la falta de acceso al crédito internacional, el desarrollo de infraestructura, calidad educativa, inserción en los mercados internacionales.
Antes de que sea demasiado tarde, el Gobierno debería procurar corregir sus políticas para lograr revertir la creciente percepción de riesgo que se ha ceñido sobre la economía argentina, que afecta a la inversión, y que hace que, una vez mas, Argentina no aproveche una situación externa que, pese a los problemas, aun juega a favor del país. (Especial para LA GACETA)

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