Los nuevos campos de batalla de la política
La confrontación entre el campo y el Gobierno ha demostrado que los medios de comunicación y las nuevas tecnologías ayudan a definir triunfos y fracasos. Por Nora Lía Jabif - Redacción LA GACETA.
19 Julio 2008 Seguir en 
Los avatares a los que ha asistido la sociedad argentina en las últimas semanas, que terminaron con el "crescendo" del vicepresidente Julio Cobos diciéndole no al proyecto presidencial sobre las retenciones han desenterrado saludables preguntas -y debates- acerca de cómo se construye ciudadanía. En las últimas horas, más de un analista se refirió a la famosa tensión weberiana entre la ética de la convicción ("obra bien y deja los resultados a la voluntad de Dios", escribe el sociólogo en "El político y el científico") y la ética de la responsabilidad (que ordena tener presentes las previsibles "consecuencias" de la propia actuación). El mismo Cobos, en la fundamentación de su voto, afirmó: "voto lo que me dice el corazón", de lo cual se infiere, en una primera mirada, que el suyo fue un voto que priorizó la convicción personal por sobre la responsabilidad institucional. No fue esa la única intervención de Cobos que invita a pensar acerca de qué es ser ciudadano en la Argentina de hoy. "El país está partido", expresó el vicepresidente. Algo parecido había señalado un día antes el periodista Eduardo van der Kooy, a quien sus años en el oficio han convertido en un testigo privilegiado de la historia argentina. Van der Kooy participó en el ciclo de conferencias de LA GACETA, y en ese marco acercó otros interrogantes que ameritan una mirada lo más desapasionada posible. Por ejemplo, opinó que la protesta originaria del campo comenzó como la de un "grupo de veto", categoría que le dio Natalio Botana a la acción de grupos que, aunque minoritarios, se imponen como opinión pública por su capacidad de presionar. A esa semilla, agregó el disertante, se le sumó una clase media que ha recuperado su autoestima tras la crisis de 2001, y que ahora está pidiendo "más instituciones". De todos modos, esas voces no se podrían haber manifestado -no podrían haberse hecho visibles ante la sociedad- si no hubieran entrado jugadores nuevos en el escenario de la política. Entre esos jugadores están los medios de comunicación, que han venido a reformular la tradición tripartita del sistema democrático: es lo que pensadores como Alan Minc, Robert Dahl o Sartori definen como democracias mediáticas. La idea de fondo es que las nuevas tecnologías de la comunicación ahora tallan -y fuerte- en las prácticas políticas. Hasta el viejo ritual de la apropiación de la plaza pública se ha resignificado a la luz de los medios de comunicación: el acto que no se reproduce no existe. Y en esta batalla no sólo juegan los medios masivos de comunicación, sino también los celulares, cuyos sistemas de mensaje de texto (SMS) ya se vienen probando como herramientas de convocatoria desde hace una década, en protestas y en procesos electores (México, España, Filipinas). Hoy, las batallas políticas se dirimen en el campo de la comunicación, al margen de quién tenga la razón en la disputa de fondo. Y el conflicto entre el agro y el Gobierno es prueba de ello.
El kirchnerismo no supo -no quiso- desprenderse de la retórica discursiva del peronismo confrontativo de los años 70, y esa fue su tumba. Nada mejor para probarlo que el derrotero ascendente de Cobos en las encuestas, tras su confesión ante millones de ciudadanos televidentes, que vieron en él al hombre simple del interior que justificó su "No" diciendo: "la gente quiere paz social".
Lo que vieron millones de televidentes a las 4.25 de la madrugada del jueves fue la imagen de un hombre atormentado, tironeado entre la ética de la convicción y la de la responsabilidad. Un hombre de carne y hueso, un hombre común, y no el político que arenga desde la tribuna. Un desafío para la sospechada política tradicional.




