19 Julio 2008 Seguir en 
Los presentes hechos y circunstancias que están marcando a la Argentina en un mundo que demanda nuestros esfuerzos como parte de la comunidad internacional, nos están señalando que hay que reconciliar a la sociedad. Quien o quienes no lo vean así debiendo contribuir a ello, seguramente tienen una visión muy errada de la realidad. Muchos de nuestros valores esenciales están en crisis y si no se los recupera se habrá perdido el derecho como país a ser reconocido por sus pares. La historia ha demostrado que esa infortunada situación tiene origen en la conducta de las dirigencias, cuyos ejemplos y capacidades suscitan comportamientos sociales, circunstancia que a poco de reflexionar sobre el pasado es fácil de advertir.
En el orden político -seguramente el más influyente en esa realidad- las relaciones del Gobierno nacional con diferentes instituciones y sectores han carecido progresivamente de las condiciones requeridas por la buena marcha de los asuntos públicos. Particularmente por la carencia de un diálogo fecundo para el bien común.
No se ha advertido que la máxima investidura implica atender los intereses de toda y no parte de la sociedad, sin otra preferencia que los compromisos asumidos al momento de la elección y los principios constitucionales de la administración del Estado.
No podría afirmarse que el fuerte presidencialismo que ha distinguido la gestión continuada del matrimonio Kirchner durante un lustro se confunde con una dictadura, pero la forma y el estilo con que se la ha ejercido tiene por momentos perfiles semejantes. Testimonios de ello son la carencia de reuniones de gabinete con las que un gobierno amplía y perfecciona el conocimiento y solución de los problemas de gestión; el rumbo legislativo cada vez más restrictivo; el aseguramiento de una mayoría decisiva en el órgano de control judicial, y otras intervenciones en los órganos de control sobradamente conocidas. También la ausencia de relaciones con los medios de comunicación que, si bien son libres, carecen del acceso necesario a la información.
Ese presidencialismo se ejerce igualmente en forma no pocas veces desmedida sobre la economía de mercado y se extiende hasta desconocer el modelo de coparticipación federal en que se ordena la Nación. Cierto es que la situación de emergencia en que recibió el gobierno el ex presidente Kirchner exigió extremar circunstancialmente el presidencialismo, pero superada esta merced una gestión eficaz, debió haberse normalizado, en lugar de acentuarse.
Reconciliar a la sociedad implica restablecer valores esenciales que las propias comunidades han abandonado como réplicas defensivas ante las conductas de sus dirigencias. Más aún, los disvalores se han mostrado entre nosotros como formas de gestión pública y de comportamientos sociales, hasta el punto que tratar de enfrentarlos mediante la razón y con legitimidad institucional, implica para quienes lo hacen un riesgo de descalificación de la propia autoridad formal y de los grupos beneficiarios de la irregularidad reprobable. Consecuencia esencial es la trasgresión de la seguridad jurídica y de los órdenes ético y moral que reditúan no pocas veces los comportamientos sociales, inclusive de indisimulables agentes del poder político.
Como resultado de esa decadencia de valores, por momentos en creciente anomia, se ha hecho imperioso para las dirigencias reconciliar a la sociedad en un esfuerzo común, aunque sin afectar su pluralidad ideológica.
Todas las dirigencias, pero especialmente las políticas, están convocadas a ello como gestión profunda de un honroso bicentenario.
En el orden político -seguramente el más influyente en esa realidad- las relaciones del Gobierno nacional con diferentes instituciones y sectores han carecido progresivamente de las condiciones requeridas por la buena marcha de los asuntos públicos. Particularmente por la carencia de un diálogo fecundo para el bien común.
No se ha advertido que la máxima investidura implica atender los intereses de toda y no parte de la sociedad, sin otra preferencia que los compromisos asumidos al momento de la elección y los principios constitucionales de la administración del Estado.
No podría afirmarse que el fuerte presidencialismo que ha distinguido la gestión continuada del matrimonio Kirchner durante un lustro se confunde con una dictadura, pero la forma y el estilo con que se la ha ejercido tiene por momentos perfiles semejantes. Testimonios de ello son la carencia de reuniones de gabinete con las que un gobierno amplía y perfecciona el conocimiento y solución de los problemas de gestión; el rumbo legislativo cada vez más restrictivo; el aseguramiento de una mayoría decisiva en el órgano de control judicial, y otras intervenciones en los órganos de control sobradamente conocidas. También la ausencia de relaciones con los medios de comunicación que, si bien son libres, carecen del acceso necesario a la información.
Ese presidencialismo se ejerce igualmente en forma no pocas veces desmedida sobre la economía de mercado y se extiende hasta desconocer el modelo de coparticipación federal en que se ordena la Nación. Cierto es que la situación de emergencia en que recibió el gobierno el ex presidente Kirchner exigió extremar circunstancialmente el presidencialismo, pero superada esta merced una gestión eficaz, debió haberse normalizado, en lugar de acentuarse.
Reconciliar a la sociedad implica restablecer valores esenciales que las propias comunidades han abandonado como réplicas defensivas ante las conductas de sus dirigencias. Más aún, los disvalores se han mostrado entre nosotros como formas de gestión pública y de comportamientos sociales, hasta el punto que tratar de enfrentarlos mediante la razón y con legitimidad institucional, implica para quienes lo hacen un riesgo de descalificación de la propia autoridad formal y de los grupos beneficiarios de la irregularidad reprobable. Consecuencia esencial es la trasgresión de la seguridad jurídica y de los órdenes ético y moral que reditúan no pocas veces los comportamientos sociales, inclusive de indisimulables agentes del poder político.
Como resultado de esa decadencia de valores, por momentos en creciente anomia, se ha hecho imperioso para las dirigencias reconciliar a la sociedad en un esfuerzo común, aunque sin afectar su pluralidad ideológica.
Todas las dirigencias, pero especialmente las políticas, están convocadas a ello como gestión profunda de un honroso bicentenario.




