18 Julio 2008 Seguir en 
La Cámara de Senadores ha puesto fin a un período histórico disolvente de la República, mediante la firme e inédita presión de la ciudadanía democrática, donde lo más estimulante ha sido su inédita pluralidad, más trascendente inclusive que la masificación de sus actos. Tan excepcional circunstancia ha sido posible incluso en una institución afectada por un presidencialismo exacerbado que, frente a esa poderosa fuerza cívica, no pudo impedir la solución constitucional. La acción del vicepresidente Julio Cobos ha sido dramática pero consciente de que la ciudadanía la demandaba, y debió superar un contexto político ostensiblemente corrupto donde los intereses generales de la Nación estaban en juego.
Días atrás, a propósito de la situación del vicepresidente se señalaba en este lugar su rol clave que, en la evolución de la crisis, la hegemonía presidencialista trataba de eliminar; ahora, el saldo de los hechos, le impone la responsabilidad republicana de permanecer en sus funciones coadyuvando a la restauración constitucional del Poder Legislativo. Tarea esta seguramente lenta y laboriosa a la que los sectores parlamentarios deberán contribuir consensuadamente después de la recomposición que el frustrado proyecto-resolución del Poder Ejecutivo ha motivado. A ello contribuirán las dinámicas recomposiciones políticas que se han producido en el último lustro y que la crisis orientó hacia la convivencia.
Contrariamente a los mensajes presidenciales del kirchnerismo, el conflicto suscitado por el debate parlamentario no ha sido a todo o nada, por lo que el gobierno no debe ser observado en una instancia final. Tan sólo está obligado a revisar la realidad con un objetivo inmediato, tratando de contribuir a un diálogo desprovisto de anacronismos políticos, y en el que la plenitud gradual, aunque no demorada, de los poderes republicanos, pueda conformar una realidad compartida por todos los sectores de nuestra vida pública social y económica. En este caso y especialmente el agrario, que ha sido la ignorada semilla germinal de la crisis. Por su parte, quienes debieron luchar hasta imponerse en el debate parlamentario, deben hacer culto de sus reiterados mensajes a la sociedad sobre el respeto a la investidura presidencial, cuya autonomía está implícita en ese compromiso. El ex presidente Kirchner, por cierto, ha contribuido en los últimos tiempos a desdibujar la función de la jefa del Estado, por lo que debe esperarse un distanciamiento adecuado de la compleja gestión que le incumbe como presidenta.
En una instancia histórica donde el fraccionamiento partidario es tan dinámico el poder presidencial debe ser constitucionalmente sólido y políticamente capacitado para gobernar.
Es menester por ello que su gabinete de ministros y colaboradores sea suficientemente calificado para contribuir mediante los acuerdos periódicos a la gobernabilidad. La acción política y administrativa se torna con ello más transparente, y se abren cauces de consenso con pensamientos muy diversos. La Argentina está enferma de incomunicación y es urgente sanarla poniendo en marcha plena sus instituciones con un horizonte de largo plazo.
Desde hace largos años se ha perdido la noción de que el gran modelo de país es el de la Constitución Nacional, a partir del cual se logra la confianza y la seguridad, combustibles insustituibles de todo proyecto creador. La señal de marcha la ha dado el Senado y a partir de ella debemos lograr la condición que en su inolvidable diagnóstico sobre las pampas, José Ortega y Gasset nos exigió: “Argentinos, a las cosas”.
Días atrás, a propósito de la situación del vicepresidente se señalaba en este lugar su rol clave que, en la evolución de la crisis, la hegemonía presidencialista trataba de eliminar; ahora, el saldo de los hechos, le impone la responsabilidad republicana de permanecer en sus funciones coadyuvando a la restauración constitucional del Poder Legislativo. Tarea esta seguramente lenta y laboriosa a la que los sectores parlamentarios deberán contribuir consensuadamente después de la recomposición que el frustrado proyecto-resolución del Poder Ejecutivo ha motivado. A ello contribuirán las dinámicas recomposiciones políticas que se han producido en el último lustro y que la crisis orientó hacia la convivencia.
Contrariamente a los mensajes presidenciales del kirchnerismo, el conflicto suscitado por el debate parlamentario no ha sido a todo o nada, por lo que el gobierno no debe ser observado en una instancia final. Tan sólo está obligado a revisar la realidad con un objetivo inmediato, tratando de contribuir a un diálogo desprovisto de anacronismos políticos, y en el que la plenitud gradual, aunque no demorada, de los poderes republicanos, pueda conformar una realidad compartida por todos los sectores de nuestra vida pública social y económica. En este caso y especialmente el agrario, que ha sido la ignorada semilla germinal de la crisis. Por su parte, quienes debieron luchar hasta imponerse en el debate parlamentario, deben hacer culto de sus reiterados mensajes a la sociedad sobre el respeto a la investidura presidencial, cuya autonomía está implícita en ese compromiso. El ex presidente Kirchner, por cierto, ha contribuido en los últimos tiempos a desdibujar la función de la jefa del Estado, por lo que debe esperarse un distanciamiento adecuado de la compleja gestión que le incumbe como presidenta.
En una instancia histórica donde el fraccionamiento partidario es tan dinámico el poder presidencial debe ser constitucionalmente sólido y políticamente capacitado para gobernar.
Es menester por ello que su gabinete de ministros y colaboradores sea suficientemente calificado para contribuir mediante los acuerdos periódicos a la gobernabilidad. La acción política y administrativa se torna con ello más transparente, y se abren cauces de consenso con pensamientos muy diversos. La Argentina está enferma de incomunicación y es urgente sanarla poniendo en marcha plena sus instituciones con un horizonte de largo plazo.
Desde hace largos años se ha perdido la noción de que el gran modelo de país es el de la Constitución Nacional, a partir del cual se logra la confianza y la seguridad, combustibles insustituibles de todo proyecto creador. La señal de marcha la ha dado el Senado y a partir de ella debemos lograr la condición que en su inolvidable diagnóstico sobre las pampas, José Ortega y Gasset nos exigió: “Argentinos, a las cosas”.




