16 Julio 2008 Seguir en 
“Vení, vení conmigo, que yo te voy a dar golosinas”. La frase fue escuchada por seis menores que, atraídas por la promesa del regalo, cayeron en poder del violador serial. El accionar del pervertido es una pesadilla para los vecinos del sur de la capital. Aterrorizados por los constantes ataques, la mayoría de los padres no permite que sus hijos jueguen solos en la vereda ante la posibilidad de que sean raptados.
El depravado siempre pareció muy educado, y sólo utilizó la fuerza para cargar a las menores en una bicicleta o en un ciclomotor y luego para violarla. Pero previamente las amenazaba con que no debían resistirse, o terminarían lastimadas. En tres de los seis ataques llevó a las menores hasta un cañaveral ubicado en cercanías del canal Sur.
Los investigadores, que contaron con la colaboración de personal especializado de la Policía Judicial cordobesa, estaban seguros de que el hombre vivía en la zona, ya que demostraba conocerla muy bien. En todos los casos, tras perpetrar los brutales ataques, llevaba de nuevo a las víctimas hasta inmediaciones de sus viviendas “para que no se perdieran”, según él les decía. A la última nena a la que agredió, de 11 años, la abandonó en San Cayetano, cuando la Policía le pisaba los talones. Pero se dio tiempo de escribir con lápiz en un papel la dirección de la menor para que los vecinos la llevaran hasta su casa.
Las víctimas describieron al atacante como un hombre limpio y que se movilizaba en una bicicleta (azul o roja) o en un ciclomotor que tenía una calcomanía con la imagen de una llama. También aseguraron que cargaba una mochila o una riñonera, en la que llevaba una botellita de agua, una toalla y cuerdas con las que las ataba.
Los especialistas temen que la violencia del hombre aumente si concreta más casos, y que incluso llegue a matar. Sobre la base de los testimonios advirtieron que la ira del depravado iba en aumento durante el acto sexual, y que luego decrecía hasta el punto de llegar a pedir perdón en algunos casos. “No llorés, que me vas a hacer llorar a mí”, dijo en una oportunidad.
El depravado siempre pareció muy educado, y sólo utilizó la fuerza para cargar a las menores en una bicicleta o en un ciclomotor y luego para violarla. Pero previamente las amenazaba con que no debían resistirse, o terminarían lastimadas. En tres de los seis ataques llevó a las menores hasta un cañaveral ubicado en cercanías del canal Sur.
Los investigadores, que contaron con la colaboración de personal especializado de la Policía Judicial cordobesa, estaban seguros de que el hombre vivía en la zona, ya que demostraba conocerla muy bien. En todos los casos, tras perpetrar los brutales ataques, llevaba de nuevo a las víctimas hasta inmediaciones de sus viviendas “para que no se perdieran”, según él les decía. A la última nena a la que agredió, de 11 años, la abandonó en San Cayetano, cuando la Policía le pisaba los talones. Pero se dio tiempo de escribir con lápiz en un papel la dirección de la menor para que los vecinos la llevaran hasta su casa.
Las víctimas describieron al atacante como un hombre limpio y que se movilizaba en una bicicleta (azul o roja) o en un ciclomotor que tenía una calcomanía con la imagen de una llama. También aseguraron que cargaba una mochila o una riñonera, en la que llevaba una botellita de agua, una toalla y cuerdas con las que las ataba.
Los especialistas temen que la violencia del hombre aumente si concreta más casos, y que incluso llegue a matar. Sobre la base de los testimonios advirtieron que la ira del depravado iba en aumento durante el acto sexual, y que luego decrecía hasta el punto de llegar a pedir perdón en algunos casos. “No llorés, que me vas a hacer llorar a mí”, dijo en una oportunidad.
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