16 Julio 2008 Seguir en 
La calidad del régimen republicano pluralista guarda una estrecha relación con la del rol representativo del Congreso, encargado de legislar y de controlar a los demás poderes. Esta situación actualmente se halla restringida. No solamente por su gran delegación de facultades en el Poder Ejecutivo, cuyo mantenimiento es incierto, cuanto por el bajo nivel promedio ético y político de los legisladores, evidenciado en el desconcepto que demuestran de sus investiduras como representantes del pueblo y de las provincias.
Todo ello se agrava por ser el nuestro un sistema presidencialista, cuya concepción no se tiene clara, llegándose a cuestionar la figura del vicepresidente de la Nación poco menos que como innecesaria, sin reparar adecuadamente en su rol y origen representativo, elegido por el pueblo con idéntica calidad electoral que el Presidente. Basta pensar que la crisis histórica que provocó la caída del presidente Fernando de la Rúa, habría sido muy diferente si no hubiera renunciado antes el vicepresidente, suscitando un vacío constitucional inédito y una situación de emergencia de la que se vale el actual Gobierno para seguir limitando las facultades del Congreso.
Merma de facultades por sometimiento de la mayoría oficialista que el titular de su bloque de senadores, Miguel Angel Pichetto, fundamentó con un criterio muy explícito: "El Senado va a seguir siendo el soporte de mayor cohesión parlamentaria, el reaseguro para legislar lo que el Poder Ejecutivo requiera".
Y parece ser así, pues acaba de manifestar que si en caso de empate el actual vicepresidente y titular del Senado, Julio Cobos, no desempata a favor del Gobierno "tendrá que dejar su cargo". Es decir, que la mera igualdad de votos entre el oficialismo y la oposición debería considerarse como una victoria automática del primero.
La concepción de Pichetto no sólo observa al segundo funcionario de la República como un personaje de utilería sino que desconoce que por ser electo debe ser sometido a juicio político o alejarse por renunciamiento. Desde una perspectiva institucional, si debe desempatar y presidir el Senado y las asambleas legislativas, de ninguna manera puede permanecer ciego de su entorno, por lo que las actividades de Julio Cobos recibiendo a gobernadores federales, senadores e incluso dirigiéndose al país mediante una carta abierta en la que enfatizaba la necesidad de consenso, y de facilitar el rol parlamentario, han estado dentro de sus facultades.
Ese revalúo del rol parlamentario a que el vicepresidente trata de contribuir es, ni más ni menos, un saludable refuerzo del sistema constitucional, frecuentemente afectado por renuncias de sus antecesores promovidas por el presidencialismo, cuyo abandono hacia el régimen parlamentario de gobierno podría mejorar a su vez la calidad ética e intelectual de los representantes.
Por supuesto que ese cambio de régimen tiene un horizonte muy lejano en la realidad nacional, pero el creciente autoritarismo, tan sumisamente reflejado en la concepción del senador Pichetto y quienes lo secundan con periódicas mutaciones políticas, está alertando a la ciudadanía de la necesidad perentoria de poner un freno a una tendencia cada vez más pronunciada.
Más importante que la decisión que pueda adoptar el vicepresidente de la República en la eventualidad de resolver un empate es, sin duda, su permanencia en funciones, ya que fue elegido por la ciudadanía para el segundo cargo del Estado con idéntica legitimidad electoral que la de la Presidenta de la Nación.
Todo ello se agrava por ser el nuestro un sistema presidencialista, cuya concepción no se tiene clara, llegándose a cuestionar la figura del vicepresidente de la Nación poco menos que como innecesaria, sin reparar adecuadamente en su rol y origen representativo, elegido por el pueblo con idéntica calidad electoral que el Presidente. Basta pensar que la crisis histórica que provocó la caída del presidente Fernando de la Rúa, habría sido muy diferente si no hubiera renunciado antes el vicepresidente, suscitando un vacío constitucional inédito y una situación de emergencia de la que se vale el actual Gobierno para seguir limitando las facultades del Congreso.
Merma de facultades por sometimiento de la mayoría oficialista que el titular de su bloque de senadores, Miguel Angel Pichetto, fundamentó con un criterio muy explícito: "El Senado va a seguir siendo el soporte de mayor cohesión parlamentaria, el reaseguro para legislar lo que el Poder Ejecutivo requiera".
Y parece ser así, pues acaba de manifestar que si en caso de empate el actual vicepresidente y titular del Senado, Julio Cobos, no desempata a favor del Gobierno "tendrá que dejar su cargo". Es decir, que la mera igualdad de votos entre el oficialismo y la oposición debería considerarse como una victoria automática del primero.
La concepción de Pichetto no sólo observa al segundo funcionario de la República como un personaje de utilería sino que desconoce que por ser electo debe ser sometido a juicio político o alejarse por renunciamiento. Desde una perspectiva institucional, si debe desempatar y presidir el Senado y las asambleas legislativas, de ninguna manera puede permanecer ciego de su entorno, por lo que las actividades de Julio Cobos recibiendo a gobernadores federales, senadores e incluso dirigiéndose al país mediante una carta abierta en la que enfatizaba la necesidad de consenso, y de facilitar el rol parlamentario, han estado dentro de sus facultades.
Ese revalúo del rol parlamentario a que el vicepresidente trata de contribuir es, ni más ni menos, un saludable refuerzo del sistema constitucional, frecuentemente afectado por renuncias de sus antecesores promovidas por el presidencialismo, cuyo abandono hacia el régimen parlamentario de gobierno podría mejorar a su vez la calidad ética e intelectual de los representantes.
Por supuesto que ese cambio de régimen tiene un horizonte muy lejano en la realidad nacional, pero el creciente autoritarismo, tan sumisamente reflejado en la concepción del senador Pichetto y quienes lo secundan con periódicas mutaciones políticas, está alertando a la ciudadanía de la necesidad perentoria de poner un freno a una tendencia cada vez más pronunciada.
Más importante que la decisión que pueda adoptar el vicepresidente de la República en la eventualidad de resolver un empate es, sin duda, su permanencia en funciones, ya que fue elegido por la ciudadanía para el segundo cargo del Estado con idéntica legitimidad electoral que la de la Presidenta de la Nación.




