29 Junio 2008 Seguir en 
La conoció un día en que ella iba por la calle San Martín cargada de papeles de oficina. Nunca había visto algo igual. Las piernas torneadas, el cabello como de miel, esa boca y esos ojazos que apenas se disimulaban en un caminar rapidito, como si fuera a marcar tarjeta. Sin proponérselo, fue tras sus pasos, obnubilado y seguro. Entre el gentío, la figura de la dama se recortaba y se volvía a armar, como una llama que el viento mece. Pero aunque lo intentó, la mariposa escapó en una esquina, las alitas del color del cielo. Los días pasaron. Una y otra vez, volvió a recorrer el mismo trayecto, pero nada. Ni un indicio de la belleza surgida de la nada. Ni un rastro de su encanto. Ni una noción de su existencia.Lo que pareció quedar sin pena ni gloria en ese lugar donde uno guarda lo que les conmueve, recuperó fuerzas una mañana, cuando un quiosco de revistas frente a la Caja Popular de Ahorros lo hizo detenerse. Mientras husmeaba en los títulos a la venta, la mariposa apareció de nuevo. Sonrisita amplia, carita iluminada. Y sus manos, que ayudaban a un viejito a bajar unas escaleras. Quiso acercarse. Pero se quedó ahí, trémulo, la vergüenza invadiéndolo, como un pedazo de pan que se desintegra en el agua.
Días, semanas, meses pasaron. El aceptó la invitación de unos amigos para ir de campamento a El Mollar. Verano caliente, típicamente tucumano. Lluvias intensas, más típicamente tucumanas. Vacaciones agitadas, con fogones, caminatas, cervezas en el boliche. Y cuando el jolgorio terminaba, por las noches y bajo la humedad de la carpa, a la música del ronquido de los muchachos la endulzaba el recuerdo. Chiquito, extraño, pavote. Pero intenso.
Con la vuelta a casa, apareció la necesidad de buscar trabajo. Uno, dos llamados y un pedido del jefe de su hermana. “Venite esta tarde, a ver qué puedo hacer”. El fue y escuchó. Y respondió las preguntas. Y volvió a escuchar: “cómo no te vas a ver a un amigo mío, que te puede dar una mano. Tomá, te firmo esta tarjeta de recomendación”. Con el papelucho en la mano, volvió a caminar por la San Martín. No sabía bien qué hacer, pero juntó valor y emprendió el camino. Pero, cuando llegó a la puerta, rompió en mil pedazos su boleto a una oportunidad. “Si voy a conseguir trabajo, que sea por lo que valgo”, pensó.
Por semanas, deambuló de un lado a otro por el centro. Su intuición le decía que algo grande lo esperaba, pero no sabía dónde ni cómo. Por las noches, su mente se poblaba de imágenes, de voces y de castillos por armar. Por las mañanas, la realidad le decía que debía actuar, ahora o nunca.
Recordó la recomendación y el nombre del destinatario. Y tuvo una corazonada. Fue y preguntó; le pidieron que aguardara unos minutos. Con paciencia esperó al hombre en cuestión. Y, cuando apareció, sus palabras abrieron el interés. No era mucho lo que le ofrecieron, pero era un comienzo. Con el espíritu retemplado, se despidió. Y se dirigió a la salida. Abrió la puerta y la vio. A ella, la miel y la luz. Divina y humana, en cuerpo y alma, sentada prolijamente en su escritorio. Y aún sin nombre.
La infinidad de los días y la eternidad de las noches dieron lugar a momentos felices y de los otros. En ocasiones, cuando el silencio de la casa da cuenta de que los moradores más pequeños descansan, él alarga sus horas de lectura. Ya de madrugada, se dirige al dormitorio. Entra despacio y en silencio, conocedor de lo tierno y frágil del instante, como aquel que le cambió la vida. Es que allí, al tenue brillo de la lámpara, sutil y cálida, alitas del color del cielo descansa.







