El deterioro de lasrelaciones políticas

28 Junio 2008
El creciente deterioro de las relaciones entre el poder público y los sectores de la oposición política ha llegado a un extremo inédito por causa de la carencia de diálogo, lo que hace muy difícil el consenso, y las partes se observan como enemigos difíciles de conciliar. Esa circunstancia coadyuva a que se produzca una serie de valores esenciales en receso que se manifiesta en comportamientos desordenados y que afectan a la convivencia.
En la cúspide de esa realidad aparece afectada la dignidad de la función pública, en la que el cargo impone no sólo el respeto de la ciudadanía sino también el de quien o de quienes lo desempeñan, pues la investidura constituye una representación del Estado, amén de la condición ética y moral de quienes la ostentan. Condición aun más exigible en el sistema político democrático.
Sin embargo, y en ocasiones cada vez más frecuentes, demuestran no entenderlo así altos funcionarios de gobierno que cuando representan al poder central provocan mayor repercusión. Un caso testimonial es nada menos que el del ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Aníbal Fernández, quien al referirse a otro funcionario del gobierno autónomo de Buenos Aires afirmó: "es un profesional de decir pavadas y no se cultiva por lo menos para saber de qué se tratan las cosas".
En este caso se trató del problema de ocupación del espacio público por carpas oficialistas sin autorización legal e indiferencia de la Policía Federal, algo de interés general tratado con prepotencia censurable nada menos que por el propio titular de la cartera de Justicia.
Un caso semejante es del ministro del Interior, Florencio Randazzo, una de cuyas responsabilidades son las relaciones políticas, con sus demostradas carencias para aceptar observaciones o discrepancias sobre la gestión de gobierno, lo cual contribuye a la incomunicación oficial con los partidos no oficialistas y a un profundo silencio sobre asuntos de su competencia, como el de la reforma política.
Por más que de excelencia retórica y pulcritud verbal en sus mensajes, la Presidenta de la Nación no está exenta de ese estilo de incomunicación, como cuando en reciente alusión indirecta a las polémicas retenciones expresó que, "cuando una toma decisiones no se trata de elegir entre el Arcángel San Gabriel o Satanás, sino entre las cuestiones que uno tiene como presidenta de la Nación", posponiendo el marco constitucional.
Más cauteloso, el jefe del Gabinete de Ministros, Alberto Fernández, no deja de figurar en esa nómina descalificatoria de quienes discrepan de la gestión gubernamental, al calificar de nazis a los agricultores que interrumpen rutas, supeditando el diálogo con el gobierno a imposiciones a priori.
Ese estilo agresivo que endurece las relaciones políticas y parece ser parte indispensable de la gestión pública, tiene un epígono insuperado en el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, quien con gestos amenazadores y gritos irreproducibles, puede transformarse en patotero escoltado por elementos de baja estofa.
La continuidad progresiva de ese modelo de reacciones ha provocado en sectores de la sociedad respuestas irregulares, no sólo de quienes no comparten los idearios de gobierno, sino de la tradicional opinión silenciosa que parece estar dejando de serlo ante el excesivo desmantelamiento de las instituciones. Es decir, un estado de crisis donde las más elevadas mediaciones fracasan por el pertinaz empeño de perdurar más allá del orden republicano y democrático que la sociedad demanda.

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