El banco creado en 1935 por el economista Federico Pinedo -aristócrata y socialista- fue para otra época. Hace años que tiene un rol enorme, muy cuestionado, y no puede lograr -por ahora- la autonomía necesaria para recuperar la confianza y la seguridad jurídica que exige la crisis.
En su ámbito, se decide nada menos -y desde siempre- quién se queda y quién se va del sistema financiero. Por esto, la subordinación al acuerdo político no sirve para decidir sobre los bancos, sin luego ser perseguido por la Justicia.
Este año se vendió el Scotiabank -ex Banco Quilmes-, al que al final hubo que dividirlo entre el Comafi y el Macro. Luego el suspendido Banco de Olavarría fue adjudicado a la financiera Columbia, y sobre el Velox aún no hay una resolución.
En las próximas semanas se venderían el Bisel, el Bersa y el Suquía. Mientras, y desde el corral a los depósitos, se asistió a las entidades con redescuentos enormes, que les permitió seguir funcionando, cuando también pretenden ser compensadas por la pesificación y demás.
Jaque al ahorrista
Como sostiene Valeriano F. García "ninguna otra industria está tan regulada como la de los servicios bancarios y, paradójicamente, ninguna ha estado sujeta a tantas crisis. Después la receta parece ser más de lo mismo: más regulaciones y más supervisión". ¡Así les va!
En la polémica acerca de si hay que regular o no, durante esta debacle el sistema bursátil no afectó a los inversores -pese a la gravedad de aquella- porque es autorregulado y los mercados fijan las condiciones y garantías a cumplir por los Agentes y sociedades que operan. Pero en el sistema financiero -totalmente regulado- sí se afectó al ahorrista.
Ahora Prat Gay, un hombre del mercado, puede intentar un nuevo diseño del BCRA -que fue una máquina de generar inflación- y a la Argentina le convendría cerrarlo y crear con sus reservas una Caja de Conversión. Porque lo esencial es estabilizar la moneda, con reserva total de los depósitos a la vista, y con banqueros auténticos. Además, hay que fomentar otras monedas -especialmente privadas-, no como las actuales, de curso forzoso, que se devalúan en el bolsillo de la gente. En definitiva, es una oportunidad histórica para independizar la moneda y el crédito del poder político. ¿Lo hará?
Los temas financieros del siglo XX están acabados. A las grandes instituciones y organismos les cuesta encontrar su nuevo rol, porque los tiempos no son iguales. Y, por ende, las soluciones deben ser diferentes.(Por Enrique J. Martinez)







