Formar al dirigente político

Existe la premiosa necesidad de preparar debidamente a quienes protagonizarán el recambio.

10 Diciembre 2002
Si existe verdaderamente en el hoy de nuestro país, como todo parecería indicarlo, la decisión firme de lograr una renovación de la clase política, parece imprescindiblemente necesario empezar a formar a esa generación de recambio a partir de la adolescencia.
No es un secreto para nadie el cambio que en ese sentido se ha experimentado a lo largo de las últimas dos décadas. Hasta promediar los años 70 se percibía en la juventud un ansia de participación en la vida pública que empezaba claramente durante la etapa universitaria.
Así era como la mayoría de los dirigentes cívicos argentinos se enorgullecían de mostrar en su currículum esos tempranos antecedentes. Habían realizado, en la militancia estudiantil su aprendizaje para la vida cívica. Es verdad que no se trataba de algo sistemático sino meramente empírico, cargado de emotividad y atravesado por lealtades acaso a personas más que a ideas; pero no puede negarse que funcionaba.
Existía, además, una notoria preocupación en la juventud por estos temas. Los patios de las Facultades y las mesas de los cafés estaban llenos de jóvenes que discutían la información política de los diarios así como las teorías aportadas por los últimos libros que iban apareciendo. Además de su expresión concreta en manifestaciones de la calle, se daba una discusión de ideas que podía pulsarse en las declaraciones de los gremios estudiantiles.Todo ese fragor tuvo una serie de consecuencias de diverso cariz, que sería imposible de analizar en un espacio breve, ya que está vinculada a instancias dramáticas y oscuras de la vida nacional, cuyas secuelas nos laceran todavía. Pero lo que nos interesa rescatar ahora es la evidencia de que el dirigente cívico se formaba desde la adolescencia.
Meses atrás (ver LA GACETA del 13 de octubre último) ofrecimos un extenso informe sobre la realidad vigente, en ese rubro, desde la restauración democrática de 1983. Se mostraba allí cómo se había esfumado ese semillero de dirigentes y cómo la mayoría de la fuerza estudiantil había pasado a desarrollar más bien un trabajo corporativo, además de tentarse con la frecuente corruptela de la "militancia rentada". El informe consignaba asimismo algunas señales de reversión de tal estado de cosas, así como la posibilidad de que la UNT creara una carrera de formación política, para lo cual existían un par de propuestas en estudio. Recordábamos igualmente en esas páginas que la vigente Ley 25.600 sobre Financiamiento de los Partidos impone a estos la concreta obligación de fomentar, alentar y promover la formación de dirigentes. Inclusive, esa norma fija un monto del 20% de los aportes estatales para ser destinado a ese propósito.
Nos parece que estamos justo en el momento en que los referidos temas han adquirido su máxima importancia. Puesto que estamos de acuerdo en que debe renovarse la dirigencia, y que esa renovación debe realizarse enmarcada por las pautas de nuestra Constitución y de nuestras leyes, resulta claro que existe la premiosa necesidad de preparar debidamente a quienes protagonizarán el recambio.
La actualidad muestra sin ambages la insuficiencia de la formación actual de los políticos. Los gravísimos problemas que aquejan al país y a la provincia requieren ser encarados por personas que, junto con las condiciones éticas y morales, reúnan muchas otras que sólo pueden surgir de un aprendizaje específico. Necesitamos gente que sea capaz tanto de encarar y de resolver problemas como de planificar para el futuro.
La realidad ya se ha hecho demasiado complicada como para que un dirigente pueda enfrentarla con las únicas herramientas de su buena voluntad. Urge, entonces, que nos aboquemos a la tarea de formarlo. En ese sentido, los proyectos deben pasar a la etapa de concreción.

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