BUENOS AIRES.- De repente y sin mayor aviso previo, nos vemos abocados a una situación de holgura y hasta grosura fiscal con incrementos remarcables de la recaudación: 45% para la Nación y 62% para la provincia de Buenos Aires. En otras provincias tenemos entendido que los resultados fueron también satisfactorios.
Y ahora se entra en la etapa en que este plus fiscal, producto en parte de una mayor inflación, pero también de un mejor control y persecución de la evasión, tiene que rendir sus beneficios, dar frutos, en forma de menores tasas de interés para el tomador privado de crédito, que es quien debe producir verdaderamente la reactivación.
O sea, una holgura fiscal que desparrame capacidad de demanda, hasta ahora latente y dormida, sobre los sectores dinámicos de la economía. Que permita tomar dinero a mediano plazo para iniciar nuevas obras en construcción o reiniciar muchas que estaban paradas.
Una especie de contratesis frente al pensamiento de que los factores que generan reactivación son un enorme déficit fiscal y un incremento de la evasión, dado que las rentas que el Estado no capta son las que se dedican a revivir la economía real, aunque sea en la informalidad.
A partir de noviembre se ingresó en un semestre donde las comparaciones con el mismo período del año pasado en materia de recaudaciones impositivas van a dar extremadamente favorables, puesto que los rendimientos tributarios a partir de noviembre 2001 y hasta mayo 2002 fueron pésimos, por la crisis y la desesperación reinante.
La ilusión
Se ha hecho la observación de que se está alentando una ilusión monetaria de modo que estos guarismos elevados de recaudación no son reales, no son en dólares, y en verdad implican una caída real de dos terceras partes, a moneda constante, y que si se toma en cuenta el incremento nominal, sería la mitad menor.
Pero la crítica sólo es válida si la contrapartida del ingreso impositivo, es decir, el gasto público, se efectuara en dólares y esto no es así:
habiéndose suprimido los pagos de la deuda, la inmensa mayoría de los gastos son en pesos como en el caso de los salarios y jubilaciones, o pesificados, como es el caso de los créditos de muchos proveedores del Estado.
A su vez, las importaciones que efectúa el sector público son reducidas, en la medida que los planes de obras estuvieron paralizados. Una vez que los planes de inversiones se reanuden, el componente importado y en dólares irá creciendo, lo cual no es inminente.
O sea: si usted recauda en pesos y gasta en pesos, habiendo suprimido todas las fuentes de gasto en dólares aunque sea transitoriamente, porque sabemos que esta situación no puede ser definitiva, entonces tiene holgura fiscal.
Así que en líneas generales es legítimo pensar en una cómoda situación de caja que permita incluso anticipar aguinaldos y normalizar la devolución del 13% a los estatales y a los pasivos a partir de enero, aunque hay que ver si aceptarán tranquilos que la deuda acumulada se les devuelva en un bono a cuatro años.
De todas maneras, todo este confort amenaza con estrellarse contra una pared: el fallo previsto de la Corte Suprema de Justicia frenando la pesificación, si bien demorado por la recusación del juez Fayt, sigue su curso y por más consideraciones políticas que se opongan, será ajustado a derecho en el sentido de defender los derechos de los ahorristas pesificados a quienes se pretende llenar de bonos cuando ellos quieren dólares billetes. (DyN)







