En esta Argentina marcada por los contrastes -justicialismo versus 19 millones de pobres; políticos corruptos versus ONG; producciones récords de granos y carne versus niños que se mueren de hambre- no llama la atención que la televisión también incurra en semejantes antípodas. Hoy, los noticieros alucinados por la miseria conviven con "Bandana" o "Mambrú", y "Tumberos" exhibe la cruda degradación de una estirpe social, casi al mismo tiempo en que los concursantes de "Gran Hermano" intentan demostrar que son capaces de pensar por sí mismos. Mientras tanto, Moria desparrama las más grotescas tribulaciones ajenas y los chicos de "Rebelde way" muestran que belleza, fama y fortuna es lo único que hace falta para ser feliz. ¿Será que la televisión es el espejo del público que la mira? No es toda la televisión, claro. Ni son todos los canales. Pero pareciera que hoy en día nadie está exento de los excesos.
Según los sociólogos, en la televisión argentina se ha producido un descenso abrupto de la calidad de la información que, en su sentido estricto, prácticamente no existe. Hoy, todo lo que se ve en la pantalla chica está preparado para producir cierto tipo de sensaciones en el público. Hay una pretensión de decirlo y mostrarlo todo; lo más descarnado, lo más abyecto, lo más terrible. Se salta de imágenes tremendas de hambre o de miseria (como las de Tucumán en estos últimos días) a las piruetas del fútbol, en un estilo cercano al sarcasmo.
Este golpeteo, esta trama sin fin del noticiero al programa de chimentos, está creando una visión falsa e ilusoria de la realidad. Una visión a la que tienen acceso los niños y adolescentes porque generalmente es transmitida en los horarios de protección al menor. Por eso, no asombra hoy ver en los colegios las mismas actitudes desaforadas que tienen los protagonistas de "Rebelde way" o las laceraciones que unos 60 alumnos de una escuela de Mendoza se autoprovocaron para demostrar que eran tan valientes como los protagonistas de "Tumberos".
Hasta los programas culturales aparecen envueltos en un halo de confusión general, como se ve en el nivel de las preguntas en los programas de concurso. Es el mismo nivel cultural bajísimo que se percibe en los reality shows, por ejemplo, que en vez de incrementar la inventiva caen en el autismo total. Ciclos como "Popstars", "Camino a la gloria" y "Super M 2003" (que por estos días realiza un multitudinario casting en Tucumán para buscar candidatas) se presentan -o se presentaron- como generadores de oportunidades maravillosas para los adolescentes. El objetivo que se les propone a los menores es, en este caso, "triunfar" sobre los otros. Y la cámara se encargará de documentar el dolor de los perdedores, que morderán, llorosos, el polvo de la derrota ante millares de espectadores.
La lección que parecen impartir estos programas es la siguiente: vivimos en una sociedad en la que sólo hay lugar para los triunfadores. A los que pierden les espera seguramente una vida mediocre y gris. Es fácil imaginar, entonces, el efecto que habrá de tener sobre las nuevas generaciones esa cultura del darwinismo a ultranza y esa competitividad egoísta y cruel. Por eso, va siendo tiempo de que toda la comunidad reaccione. No vaya a ser cosa que pase en el área cultural y educativa lo mismo que sucedió en la conducción de la política y de la economía. No hay que olvidar que la ilusión es siempre una promesa incumplida.
08 Diciembre 2002 Seguir en 
Por Gustavo Martinelli







