08 Diciembre 2002 Seguir en 
La mejor forma de evaluar una economía es mirar lo que le pasa a la gente más pobre de la sociedad. Medida de esta forma, la economía argentina, y la tucumana en particular, muestran una situación pavorosa.
Ahora que la prensa libre hizo insoportablemente visible el tristísimo espectáculo de la desnutrición infantil, llegó el momento de convencernos que tenemos que enfrentar con políticas efectivas las más elementales privaciones que sufren muchas de nuestras familias.
Para esto es necesario combatir de manera frontal dos tipos de vicios graves entre los que quedó atrapada la gente pobre. El primero es la corrupción y el llamado clientelismo político, que se convirtió en la norma de conducta que sirve de modelo y guía de acción para la inmensa mayoría de nuestros dirigentes, absorbidos en sus propios negocios y en la carrera política que cada uno proyecta para su futuro inmediato. Como se trata de un hábito que se convirtió en un dato de nuestra cultura política, combatir este mal resulta harto difícil.
Mientras tanto, la única arma con que contamos de manera inmediata es el voto, lo que nos llama a extremar nuestra responsabilidad colectiva en las elecciones que se avecinan.
Discurso perimido
El otro vicio está más en la órbita de la ideología, y tiene que ver con un perimido discurso económico extremista. En medio de esta devastadora crisis de pobreza, se pretende imponer el juicio de que lo único que necesitan los pobres es el crecimiento económico, y que éste se consigue de manera excluyente con la mera existencia de empresas privadas que actúan en mercados desregulados y abiertos a la competencia internacional. Y para que todo esto funcione, lo único que se necesita es que cada uno siga de manera egoísta su propio interés, evitando sobre todo la trampa de las políticas redistributivas en favor de los más pobres, sospechados por lo menos del vicio de la vagancia.
En esta interpretación, lamentablemente habitual entre los economistas más influyentes del país, la políticas públicas que pretenden ayudar a los pobres encubren en realidad prácticas paternalistas que, aún con las mejores intenciones, terminan perjudicando al conjunto de la sociedad.
Está claro que la corrupción política impune termina dando la razón a las profecías más pesimistas que los evangelistas de mercado enuncian en relación con la participación del Estado a través de políticas socioeconómicas instrumentadas para combatir la pobreza. Es por eso que necesitamos de buenos dirigentes políticos para mejorar la suerte de los más pobres o, lo que es lo mismo, nuestra salud económica global.
Ahora que la prensa libre hizo insoportablemente visible el tristísimo espectáculo de la desnutrición infantil, llegó el momento de convencernos que tenemos que enfrentar con políticas efectivas las más elementales privaciones que sufren muchas de nuestras familias.
Para esto es necesario combatir de manera frontal dos tipos de vicios graves entre los que quedó atrapada la gente pobre. El primero es la corrupción y el llamado clientelismo político, que se convirtió en la norma de conducta que sirve de modelo y guía de acción para la inmensa mayoría de nuestros dirigentes, absorbidos en sus propios negocios y en la carrera política que cada uno proyecta para su futuro inmediato. Como se trata de un hábito que se convirtió en un dato de nuestra cultura política, combatir este mal resulta harto difícil.
Mientras tanto, la única arma con que contamos de manera inmediata es el voto, lo que nos llama a extremar nuestra responsabilidad colectiva en las elecciones que se avecinan.
Discurso perimido
El otro vicio está más en la órbita de la ideología, y tiene que ver con un perimido discurso económico extremista. En medio de esta devastadora crisis de pobreza, se pretende imponer el juicio de que lo único que necesitan los pobres es el crecimiento económico, y que éste se consigue de manera excluyente con la mera existencia de empresas privadas que actúan en mercados desregulados y abiertos a la competencia internacional. Y para que todo esto funcione, lo único que se necesita es que cada uno siga de manera egoísta su propio interés, evitando sobre todo la trampa de las políticas redistributivas en favor de los más pobres, sospechados por lo menos del vicio de la vagancia.
En esta interpretación, lamentablemente habitual entre los economistas más influyentes del país, la políticas públicas que pretenden ayudar a los pobres encubren en realidad prácticas paternalistas que, aún con las mejores intenciones, terminan perjudicando al conjunto de la sociedad.
Está claro que la corrupción política impune termina dando la razón a las profecías más pesimistas que los evangelistas de mercado enuncian en relación con la participación del Estado a través de políticas socioeconómicas instrumentadas para combatir la pobreza. Es por eso que necesitamos de buenos dirigentes políticos para mejorar la suerte de los más pobres o, lo que es lo mismo, nuestra salud económica global.







