BUENOS AIRES.- Apenas cinco días transcurrieron tras la exitosa apertura del corralito, que ponía a aprueba la eficaz política cambiaria que la acompañó, antes de que el presidente del Banco Central y el ministro de Economía sacasen a relucir nuevamente sus conflictos personales y arrojaran sombras sobre la City. Para colmo del desmadre, el ruidoso episodio se produjo mientras el presidente Eduardo Duhalde trataba de mostrarse satisfecho en Brasilia por el fin ordenado del bloqueo bancario. Es sorprende -se dijo en la Jefatura del Gabinete- que un hombre tan político como el ministro Roberto Lavagna se haya salido de su mesura tratando de acorralar al titular del BCRA, Aldo Pignanelli, en las presentes circunstancias. De poco servirá que a su esperado retorno este fin de semana Duhalde trate de salvar el episodio sin bajas, pues los hechos evidencian que la suerte está echada y que en cualquier momento Pignanelli pasará a ser el quinto presidente del banco desplazado desde enero de 2001 y el segundo del período Lavagna. Conforme la economía nacional comenzó a trastabillar después del impuestazo de José Luis Machinea, todos los titulares del Palacio de Hacienda avanzaron con voracidad sobre la autonomía del BCRA, tratando de someter la política monetaria.
Enganche
En esta ocasión, la riña en el sector está fuertemente atada al conflicto surgido en el seno de la Corte Suprema, pues se centra en qué deberá hacerse si el máximo tribunal de Justicia resuelve, a corto o a mediano plazo, que la pesificación de los depósitos es inconstitucional.
Por cierto que hay otras cuestiones irritantes de esa diatriba que, a la luz de los graves problemas que soporta el país, puede ser censurada por su estilo algo infantilista. La división también está instaurada en el directorio del BCRA, aunque con mayoría para Pignanelli, pero este ha confesado además que está cansado de los persistentes intentos para maniatar la autonomía de la institución.
Otro ejemplo ha sido hasta ahora la negativa del oficialismo parlamentario a concederle inmunidad semejante a la de los legisladores para manejar sus decisiones con la banca. Una facultad, por lo demás, frecuente en las instituciones similares del exterior. Lo que parece algo suicida, en suma, es que durante un período de transición institucional el Gobierno y el Congreso se empeñen en debatir y resolver cuestiones que requieren otras circunstancias políticas.
La necesidad de equiparse hasta el límite de matafuegos políticos para enfrentar con algún éxito las peligrosas fogatas que el presidente Duhalde observa en sus flancos es ahora signo distintivo del nuevo fin de año.
La imagen no es nuestra, sino que se recogió de alguien que en el Gobierno tiene la responsabilidad de conversar con la prensa asiduamente. Surgió también a propósito de la acción judicial de un hombre del riñón de Carlos Menem para asegurar la interna justicialista en la fecha dispuesta por el congreso partidario, cuando se espera que el duhaldismo dé marcha atrás.
Precisamente, en el momento en que se negocia entre las partes de la gran disputa un acuerdo mínimo. (De nuestra Sucursal)







