El día después del corralito

Algo de sensatez primó en todos los sectores del país para salir, en parte, de la complicada situación de los últimos meses.

06 Diciembre 2002
En pocos días más se cumplirá un año de la crisis institucional y política que puso en grave emergencia a la Nación. Desde entonces, un cúmulo de acontecimientos críticos colocó a muchos de los argentinos entre la incertidumbre y el sufrimiento personal del desempleo y la miseria, en tanto que a los menos desprotegidos los sumergió en la realidad de una decadencia que conculcó igualmente sus derechos fundamentales.
Nunca desde la Organización Nacional la República debió enfrentar un colapso semejante, si se considera que todos los sectores de su vida pública y muy buena parte de los privados fueron protagonistas o resultaron alcanzados irreparablemente por sus efectos.
Sin embargo, esta circunstancia histórica, más allá de las vibrantes protestas colectivas, al borde de la acción directa, y la secuela de víctimas fatales que algunos episodios provocaron, se ha caracterizado por la generalizada conciencia social de que las rupturas con el pasado no deben resolverse con la del orden constitucional.
La serena respuesta de los sectores sociales que operan regularmente en el sistema financiero -desde depositantes hasta quienes perciben sus sueldos u otras remuneraciones periódicas- a la decisión oficial de poner fin al corralito bancario ha sido un testimonio elocuente de sensatez y moderación colectiva, y advierte sobre la madurez de nuestra sociedad ante las situaciones decisorias de la crisis.
La liberación de las cuentas transaccionales, integradas por 23.000 millones de pesos, fue precedida por contradictorios pronósticos de especialistas, políticos y empresarios, amén de producirse en un contexto de hechos y versiones negativas, a pesar de lo cual los acontecimientos inmediatos tomaron distinto rumbo. No sólo la cadena bancaria de todo el país tuvo una jornada común, sino que la contención de la operatoria provocó bajas en el mercado cambiario, a la vez que se registraron nuevos depósitos y el Banco Central acrecentaba sus reservas fuertes.
No se trata ahora aquí de hacer un análisis específicamente económico, sino de advertir y reflexionar sobre ese comportamiento que en todo el territorio nacional se repitió sin consigna ni combinación alguna, y que sirve de referencia sobre lo conveniente que resulta calibrar los hechos liberándolos del peso conjetural que no pocas veces los agobia.
Sin duda que esa actitud colectiva tuvo el riesgo propio de una realidad financiera que deviene del largo período de reglas de juego violadas por el Estado, lo que le da el carácter de un acontecimiento que el análisis histórico no podrá eludir, en la medida que contribuye decisivamente a restaurar la perdida confianza que aún demanda no pocos esfuerzos.
Puede afirmarse que el valor prioritario que impulsó tan positiva reacción reside en la certeza de que el país cuenta con vastos recursos materiales y de inteligencia para encarar su recuperación. La Argentina, se ha dicho desde hace mucho tiempo, es básicamente rica, pero mal administrada, bajo un sistema tan afectado de corrupción que obstruye su propio saneamiento; es decir, un modelo estructuralmente corrupto por el predominio de hábitos y costumbres que impiden alcanzar con plenitud los fines del Estado.
La demostración que ha seguido al término del corralito es, en consecuencia, otro testimonio excepcional de la gran diferencia cualitativa entre nuestra sociedad y una parte decisiva de sus dirigencias formales; especialmente la política, incapaz de concertar en lo esencial, a pesar de contar con los medios y recursos institucionales a su cargo.
Bastaría aplicar los mismos valores de comportamiento frente a una circunstancia donde el coraje colectivo puso fin a la incertidumbre del día después, para hacer frente a la crisis resignando la lucha por oscuros espacios de poder que impide la recuperación de la República.

Tamaño texto
Comentarios