El modelo gerontocrático

La renovación política es necesaria para cambiar al país.

04 Diciembre 2002
Mientras el proceso preelectoral avanza sin demasiadas certezas entre las discutibles representatividades que siguen denunciando las encuestas y, sobre todo, por los enfrentamientos extremos en el seno de los grandes partidos, en el panorama político nacional parecen no tener fin vicios y estilos asociados a la decadencia que exhibe la crisis. Entre estos, la perdurabilidad de las dirigencias que, salvo excepciones, monopolizan los sistemas de selección cerrando cauces a los relevos generacionales. Esa circunstancia no se limita a la gestión específicamente política, pues se extiende a la sindical, fuertemente vinculada por un sistema de más de medio siglo que la identifica con un partido, beneficiándose por ello con el régimen legal de personería gremial exclusiva.
La historia es suficientemente conocida para reiterarla ahora aquí, y ha creado por el transcurso del tiempo y los pactos conniventes con casi todos los gobiernos de turno, un modelo de ejercicio del poder típico de las gerontocracias, es decir, aquel donde los caudillajes y los liderazgos mantienen el control de cargos y funciones fundamentales sin solución de continuidad.
Durante dos décadas, a partir de la restauración constitucional, ese modelo se ha defendido con éxito por sus beneficiarios, al lograr impedir todos los intentos reformadores reiteradamente exigidos por la ciudadanía. En la última oportunidad, por ejemplo, dejando sin efecto la apertura de las internas partidarias, única reforma ponderable adoptada dos meses antes. Ahora se debate si se abandonarán finalmente las elecciones primarias en el partido oficialista, con lo cual puede afirmarse que el futuro gobierno debería surgir del mismo régimen cerrado que se asocia con la gerontocracia.
El gran telón de fondo de esa escena política de perversión es la situación de los padrones partidarios, de calidad muy dudosa por el modesto control que la Justicia Electoral, carente medios adecuados, ejerce sobre ellos. El modelo gerontocrático tiene características muy singulares que las grandes agrupaciones políticas observan en sus invariables comportamientos y salvo muy raras excepciones: no excluye las confrontaciones más duras en la lucha por el poder público, pero ha mantenido hasta el presente sutiles alianzas que le permitieron actuar de consuno en su defensa de la perdurabilidad.
El costo de la realidad descripta ha sido una creciente ruptura entre la llamada clase política que remite al modelo, y la sociedad en sus diferentes sectores. Es así como las próximas elecciones generales, como en ninguna otra oportunidad, deben ser observadas como un factor determinante cuyas consecuencias pueden tener mayor significación por la expresión de rechazo del electorado. Anticipo de un comportamiento desprendido de ese sistema donde la incapacidad ética y moral, con el nepotismo, está dejando testimonios como el escándalo público del hambre en nuestra provincia y en otros lugares del país, son las reacciones que desde el período de transición han agrupado a múltiples sectores ciudadanos que ignoran a esa clase dirigencial.
No se trata, por cierto, de eludir las alternativas democráticas, sobre cuya adhesión los argentinos han demostrado, entre las graves dificultades de la crisis, que han superado las viejas tendencias de antaño a la violencia institucional y luchan por el saneamiento de nuestra vida pública y el rescate de los derechos avasallados. Para ello, el voto es un arma insuperable cuando se lo asocia a la reflexión y la libertad como bien común y no de unos pocos.
Hace 88 años, el presidente Roque Sáenz Peña, el proclamar la ley electoral que dio lugar a la consolidación democrática de la República, exclamó "Quiera el pueblo votar". Seguramente que en ninguna ocasión desde entonces como la que ahora se demanda, esa invocación habrá de tener un significado tan dramático y reparador.

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