03 Diciembre 2002 Seguir en 
La noche del sábado último, el cierre de actividades de la Fundación del Tucumán contó con un disertante de especiales características, cuyos conceptos fueron escuchados con atención y aplaudidos con entusiasmo. El doctor Abel Albino, organizador y presidente de la Fundación Cooperativa para la Nutrición Infantil (CONIN) que funciona en Mendoza, dio su testimonio sobre la tarea que esa entidad desarrolla, y que tiene propósito de extender paulatinamente a toda América Latina.
El objetivo de su organización es muy concreto: nada menos que quebrar la desnutrición en el continente. Como se trata de un tema que actualmente está en la primera plana de la información en la Argentina -y centrado específicamente en Tucumán- no es necesario comentar lo oportuno que resulta examinar los resultados concretos de una experiencia de esa naturaleza.
Para el especialista, la cuestión es clara. La desnutrición no puede solucionarse con el método de "apagar incendios"; es decir, de limitarse a tratar puntualmente los casos que se vayan descubriendo. El problema troncal está en la educación, dado que solamente por esa vía puede prevenirse la existencia del fenómeno. Considera que lo que corresponde es un "abordaje integral" de la problemática social de la extrema pobreza, expresado en "educación nutricional, educación para la salud, lactancia materna, jardín maternal e infantil, estimulación temprana, escuela de artes y oficios, educación agraria, lectoescritura, escuela para padres", por ejemplo.Es decir, una gran ofensiva simultánea contra las diversas facetas de una cuestión cuya urgencia no puede escapar a nadie. Albino ha logrado, incorporando la más calificada experiencia en la materia y contando solamente con el aporte privado, formar un centro intermedio entre el hospital y la casa, donde al mismo tiempo se trabaja educativamente sobre la familia del desnutrido.
Los resultados de que da cuenta son sorprendentes, en materia de disminución drástica de los índices de mortalidad; además ha logrado una sustancial merma en los costos de internación, comparados con los de los hospitales. Se propone instalar en Tucumán una institución de esas características.
El especialista sostiene que la tarea de prevención y de educación nutricional es la única que puede preservar el cerebro, órgano clave de los seres humanos que a los 14 meses de vida ya define "la rapidez mental, la capacidad de asociación, la simpatía, la memoria". Un país que no cuide debidamente el cerebro de su infancia está destinado fatalmente a la decadencia definitiva, estadio que la Argentina -sostiene- no merece de modo alguno, dadas las enormes posibilidades que tiene. Insiste en que la generalización del fenómeno del desnutrido convierte en estéril toda distribución de riqueza, ya que quienes la reciban serán incapaces de administrarla.
Formuló una enérgica convocatoria a enfocar el problema en sus raíces, e ir más allá de los habituales "parches" asistenciales de coyuntura. Propone que tanto el niño como la familia reciban formación en todos los terrenos necesarios, alfabetización incluida, ya que será el único modo de impedir el fenómeno que se busca desterrar.
Advirtió que, como está comprobado, en la inmensa mayoría de los casos los niños desnutridos son hijos de padres en la misma situación y, por lo tanto, incapaces por sí solos de revertir el drama. Por eso, ejemplifica, sin esa tarea el afectado que es devuelto a su casa regresa a los pocos días al hospital con el mismo cuadro: hay un ambiente familiar que impide el cambio.
Las posibilidades que desarrolló el especialista, con los ejemplos de su experiencia personal, muestran un nuevo camino para atacar cuestiones que nos avergüenzan y preocupan a todos. Sin duda, será interesante tentar con urgencia esas otras vías, con el apoyo solidario de la comunidad y sin esperar aportes del Estado.
El objetivo de su organización es muy concreto: nada menos que quebrar la desnutrición en el continente. Como se trata de un tema que actualmente está en la primera plana de la información en la Argentina -y centrado específicamente en Tucumán- no es necesario comentar lo oportuno que resulta examinar los resultados concretos de una experiencia de esa naturaleza.
Para el especialista, la cuestión es clara. La desnutrición no puede solucionarse con el método de "apagar incendios"; es decir, de limitarse a tratar puntualmente los casos que se vayan descubriendo. El problema troncal está en la educación, dado que solamente por esa vía puede prevenirse la existencia del fenómeno. Considera que lo que corresponde es un "abordaje integral" de la problemática social de la extrema pobreza, expresado en "educación nutricional, educación para la salud, lactancia materna, jardín maternal e infantil, estimulación temprana, escuela de artes y oficios, educación agraria, lectoescritura, escuela para padres", por ejemplo.Es decir, una gran ofensiva simultánea contra las diversas facetas de una cuestión cuya urgencia no puede escapar a nadie. Albino ha logrado, incorporando la más calificada experiencia en la materia y contando solamente con el aporte privado, formar un centro intermedio entre el hospital y la casa, donde al mismo tiempo se trabaja educativamente sobre la familia del desnutrido.
Los resultados de que da cuenta son sorprendentes, en materia de disminución drástica de los índices de mortalidad; además ha logrado una sustancial merma en los costos de internación, comparados con los de los hospitales. Se propone instalar en Tucumán una institución de esas características.
El especialista sostiene que la tarea de prevención y de educación nutricional es la única que puede preservar el cerebro, órgano clave de los seres humanos que a los 14 meses de vida ya define "la rapidez mental, la capacidad de asociación, la simpatía, la memoria". Un país que no cuide debidamente el cerebro de su infancia está destinado fatalmente a la decadencia definitiva, estadio que la Argentina -sostiene- no merece de modo alguno, dadas las enormes posibilidades que tiene. Insiste en que la generalización del fenómeno del desnutrido convierte en estéril toda distribución de riqueza, ya que quienes la reciban serán incapaces de administrarla.
Formuló una enérgica convocatoria a enfocar el problema en sus raíces, e ir más allá de los habituales "parches" asistenciales de coyuntura. Propone que tanto el niño como la familia reciban formación en todos los terrenos necesarios, alfabetización incluida, ya que será el único modo de impedir el fenómeno que se busca desterrar.
Advirtió que, como está comprobado, en la inmensa mayoría de los casos los niños desnutridos son hijos de padres en la misma situación y, por lo tanto, incapaces por sí solos de revertir el drama. Por eso, ejemplifica, sin esa tarea el afectado que es devuelto a su casa regresa a los pocos días al hospital con el mismo cuadro: hay un ambiente familiar que impide el cambio.
Las posibilidades que desarrolló el especialista, con los ejemplos de su experiencia personal, muestran un nuevo camino para atacar cuestiones que nos avergüenzan y preocupan a todos. Sin duda, será interesante tentar con urgencia esas otras vías, con el apoyo solidario de la comunidad y sin esperar aportes del Estado.







