Diciembre adviene borrascoso. En diciembre de 2001 se fueron Domingo Cavallo y Fernando de la Rúa, dos personajes clave en el derrumbe aliancista. Y en el mismo mes acabó el breve ensayo del peronista puntano Adolfo Rodríguez Saá, precipitado al abismo por el descontento social.
Por ese entonces, Julio Miranda paladeaba el éxito electoral de octubre, que había encumbrado senadores a José Alperovich y a Malvina Seguí. El gobernador era uno de los socios del sindicato (el Frente Federal Solidario) que jaqueó sin tregua a de la Rúa, que tumbó a Rodríguez Saá y podía negociar un trato magnánimo para la provincia. De José Luis Machinea -el primer ministro de Economía aliancista- había obtenido una refinanciación de la deuda que le dio tranquilidad en la primera mitad de su gestión. Con la cuenta única y con el pago al día de los salarios de los estatales con bonos, todo andaba bien. La reelección debía premiar necesariamente la labor de Miranda.
Doce meses después, ese panorama idílico cedió paso a la incertidumbre total. Miranda profundiza su devaluación y cada día que pasa está más cercado, mientras se agudiza la descomposición de las alianzas internas.
La mayoría automática de la comisión de Juicio Político sepultó dos pedidos de destitución en un trámite veloz, que no hizo otra cosa que reavivar la convicción de que al gobernador le aterra que investiguen su patrimonio. El juez Víctor Pérez y el fiscal anticorrupción Esteban Jerez forman parte del elenco estable de los enemigos del oficialismo.
El pacto de los mirandistas con los extrapartidarios Julio Topa (Movimiento Independiente) y Javier Lobo Aragón (Voluntad Objetiva de Servir) se mantiene muy firme, pese al deterioro acelerado del equipo gobernante.
Durante el volcánico noviembre, Sisto Terán puso candado a la Legislatura porque quería impedir que ningún funcionario mirandista pasara sofocones por la explosión de la mortalidad infantil y por la inseguridad. Lo logró plenamente.
El Poder Legislativo perdió toda función de control sobre el Gobierno. Ante eso, los diez miembros del Interbloque opositora reclamaron las renuncias de Terán y Miranda. Fue un gesto más efectista que efectivo, pero que marcó una línea divisoria profunda frente a la sociedad. Miranda se irritó porque la estocada llegó al corazón.
Una visita polémica
Quince niños muertos por desnutrición revelan que el factor que desestabilizó al gobernador no desapareció. Hilda González de Duhalde intervino de hecho la política de asistencia social y polarizó la pelea interna del oficialismo, triturando el pacto de Miranda con Olijela Rivas. De una sola vez desató la contienda dentro del mirandismo y con los menemistas.
La ministra de Desarrollo Social, Nélida Doga, no bien llegó a Tucumán, hundió el bisturí hasta la médula cuando dijo que si no se revertía la crisis socio-sanitaria, los políticos iban a encontrar muertos en vez de votos. El huracán se descargó con furia sobre la Casa de Gobierno hasta que "Chiche" Duhalde aclaró una semana después que no venía a tirar políticos por la ventana.
No obstante, la rigidez con que trató al gobernador -no quiso que se registrara ningún testimonio televisivo y fotográfico de su presencia junto a él en Casa de Gobierno- trasuntó el malestar de la primera dama. Ese estado de ánimo persistió hasta el jueves pasado, día en que volvió a Buenos Aires.
Si "Chiche" Duhalde mostró un perfil duro, José Pampuro -secretario general de la Presidencia- fue el negociador. En Buenos Aires, sin embargo, deslizó ayer que Miranda desarrolla "una conducción política errática". Ginés González García -ministro de Salud Pública- tampoco fue muy benigno.
Ese juego de palabras y de actitudes denota que el gobernador está bajo observación de la Casa Rosada y especialmente de "Chiche" Duhalde.
Que la esposa del Presidente se hospedara en la casa del senador, puso a este en primerísimo plano, como el gestor del "Operativo Rescate". Y el gobernador se definió por Alperovich, porque no puede disgustar al duhaldismo, que le asegura la paz social con el giro de fondos federales.
La opción de Miranda desacomodó a más de un leal del gabinete. "Julio está cansado y perdió la brújula", explican en el corazón del poder.
Saben esos colaboradores que el gobernador se quiere ir cuanto antes a través del adelantamiento de las elecciones provinciales para el 27 de abril -en forma simultánea con la presidencial-. La Nación le hizo saber a Miranda que esa es la salida airosa que tiene.
A Alperovich no le dejarán el control del aparato gubernamental. Por eso se habla de la alianza estratégica de los ministros de Gobierno, Fernando Juri, y de Economía, Osvaldo Jaldo. Ellos conocen que la jugada de la afiliación del senador al peronismo le privó de un argumento a sus rivales. Estos siguen los movimientos que puedan acontecer en el gabinete porque sospechan del hipotético retorno de José Alberto Cúneo Vergés a la Secretaría General de la Gobernación. Y el embate contra el ministro de Salud Pública Enrique Zamudio buscaría ubicar en su puesto a Juan Masaguer.
La movida rebeldes del gabinete le arrancó a Miranda el llamado a elecciones internas. Rivas le declaró la guerra a "Chiche" Duhalde, como consecuencia de sus compromisos con Carlos y Eduardo Menem. Al mismo tiempo, renovó sus ataques a Alperovich. El ex juez federal Ricardo Maturana predica que llegó la hora de defender los principios peronistas. "Hay mucha bronca en la gente", diagnostica.
El espacio que nació en Escaba, empezó a reagruparse ante la presión de los hechos. "La pelea es del peronismo contra el mirandismo", reflexionó el diputado Alberto Herrera.
A la pelea buscan incorporar al ex senador José Carbonell, mientras observan el comportamiento del ultramenemista Roque Alvarez -muy cercano a Alperovich-. Desde esa parcela del PJ esperan señales del lado de Fernando Juri y asociados. Julio César Aráoz -otro menemista- quiere capitalizar el desbarajuste. Los duhaldistas que apoyan a Alperovich replican que Menem no es un modelo de coherencia histórica, ya que saludó a un archienemigo del PJ como el almirante Isaac Rojas.
Fuera del campo oficialista, Alejandro Sangenis, Osvaldo Cirnigliaro y Julio Díaz Lozano despliegan su propio juego. La dinámica política puede tomar otra velocidad desde el 15.







