01 Diciembre 2002 Seguir en 
Durante los últimos días el dato relevante en el mercado financiero fue la decisión de levantar las restricciones al retiro de efectivo en cajas de ahorro y cuentas corrientes. Mientras tanto las variables financieras siguen mostrando síntomas positivos, lo que alienta ciertas expectativas de estar ante un embrionario proceso de reactivación.
Pero, como siempre, todo depende desde qué ángulo se evalúen los acontecimientos. Haber liberado el denominado corralito constituye un paso positivo hacia la normalización de la relación de los depositantes con el sistema bancario, y en este sentido la medida refuerza la mejora producida durante los últimos meses.
En noviembre los depósitos continuaron creciendo, aunque a un ritmo inferior al de los últimos meses, debido al descenso de las tasas de interés. Asimismo han mejorado las expectativas del consumidor y de la industria, el cambio de precios relativos fruto de la maxidevaluación del peso, beneficia al sector agropecuario y a algunos sectores sustitutivos de importaciones que han mejorado su rentabilidad. Estos factores actuaron de contenedores para evitar que se profundice la depresión económica y contribuyó a que los bancos mejoren la recuperación de sus carteras crediticias.
Sin embargo, las estadísticas no muestran todavía una tendencia que permita avizorar el comienzo de un ciclo expansivo. Hay mejoras puntuales, pero no puede afirmarse que la recuperación es generalizada.
Es decir, que analizando la evolución de indicadores de superficie y sobre todo comparándolos con el primer semestre del año, se perciben signos alentadores, pero no puede confundirse estabilidad de algunas variables y porcentajes concretos con mejoras en las condiciones para un proceso sostenido de crecimiento. Para ello hay que analizar debajo de la superficie, y a allí se advierte que el conjunto de problemas que son los verdaderos condicionantes del crecimiento económico siguen sin resolverse.
Un escenario crítico
El país está en cesación de pagos, aislado de los mercados financieros internacionales, con reestructuración pendiente de su deuda, sin haber logrado un acuerdo de mínima con el FMI. También presenta fuertes turbulencias institucionales provocadas por la miopía política, con elevada tasa de desempleo que constituye el principal desequilibrio macroeconómico, con niveles récord de pobreza y un pavoroso cuadro social.
El corralón de depósitos reprogramados sigue vigente y sin miras de solución en el corto plazo ya que continúan los fallos a favor de los amparos y la Corte Suprema aún no ha emitido un fallo definitivo. La validez jurídica de una suba de tarifas por decreto sigue en duda y el porcentaje de incremento estaría por debajo del requerido por el FMI, lo cual trae aparejado ciertos interrogantes. En primer lugar acerca de la factibilidad de poner en vigencia los incrementos anunciados sin afectar la calidad de los servicios, en segundo lugar, si las subas son mayores a las previstas podrían surgir presiones salariales y cierto impacto en el nivel de precios. Aunque tales efectos resultarían moderados por la propia recesión.
Se ha reducido considerablemente la intermediación financiera, el sistema sólo capta depósitos de corto plazo que resultan insuficientes para destrabar la recuperación del crédito productivo de largo plazo. No hay definiciones claras en materia fiscal, no hay independencia del Banco Central y mejor no entrar en detalle sobre los serios problemas de educación que, entre otras nefastas consecuencias, debilitan el propio sistema democrático. La enumeración, aunque no exhaustiva, de las grandes dificultades que aún tiene el país para crear condiciones favorables para el crecimiento hacen que se mantenga elevado el riesgo sistémico que afecta a la economía en general y al sistema financiero en particular.
Sobran explicaciones
Si a las grandes dificultades económicas se agrega la falta de un proyecto de país -puesto que la única propuesta seria de la clase política es perpetuarse-, su inestabilidad institucional y la delicada situación financiera por la que atraviesan la mayor parte de los países latinoamericanos, se explica el por qué la crisis se siente con mayor crudeza en la Argentina.
Pero, como siempre, todo depende desde qué ángulo se evalúen los acontecimientos. Haber liberado el denominado corralito constituye un paso positivo hacia la normalización de la relación de los depositantes con el sistema bancario, y en este sentido la medida refuerza la mejora producida durante los últimos meses.
En noviembre los depósitos continuaron creciendo, aunque a un ritmo inferior al de los últimos meses, debido al descenso de las tasas de interés. Asimismo han mejorado las expectativas del consumidor y de la industria, el cambio de precios relativos fruto de la maxidevaluación del peso, beneficia al sector agropecuario y a algunos sectores sustitutivos de importaciones que han mejorado su rentabilidad. Estos factores actuaron de contenedores para evitar que se profundice la depresión económica y contribuyó a que los bancos mejoren la recuperación de sus carteras crediticias.
Sin embargo, las estadísticas no muestran todavía una tendencia que permita avizorar el comienzo de un ciclo expansivo. Hay mejoras puntuales, pero no puede afirmarse que la recuperación es generalizada.
Es decir, que analizando la evolución de indicadores de superficie y sobre todo comparándolos con el primer semestre del año, se perciben signos alentadores, pero no puede confundirse estabilidad de algunas variables y porcentajes concretos con mejoras en las condiciones para un proceso sostenido de crecimiento. Para ello hay que analizar debajo de la superficie, y a allí se advierte que el conjunto de problemas que son los verdaderos condicionantes del crecimiento económico siguen sin resolverse.
Un escenario crítico
El país está en cesación de pagos, aislado de los mercados financieros internacionales, con reestructuración pendiente de su deuda, sin haber logrado un acuerdo de mínima con el FMI. También presenta fuertes turbulencias institucionales provocadas por la miopía política, con elevada tasa de desempleo que constituye el principal desequilibrio macroeconómico, con niveles récord de pobreza y un pavoroso cuadro social.
El corralón de depósitos reprogramados sigue vigente y sin miras de solución en el corto plazo ya que continúan los fallos a favor de los amparos y la Corte Suprema aún no ha emitido un fallo definitivo. La validez jurídica de una suba de tarifas por decreto sigue en duda y el porcentaje de incremento estaría por debajo del requerido por el FMI, lo cual trae aparejado ciertos interrogantes. En primer lugar acerca de la factibilidad de poner en vigencia los incrementos anunciados sin afectar la calidad de los servicios, en segundo lugar, si las subas son mayores a las previstas podrían surgir presiones salariales y cierto impacto en el nivel de precios. Aunque tales efectos resultarían moderados por la propia recesión.
Se ha reducido considerablemente la intermediación financiera, el sistema sólo capta depósitos de corto plazo que resultan insuficientes para destrabar la recuperación del crédito productivo de largo plazo. No hay definiciones claras en materia fiscal, no hay independencia del Banco Central y mejor no entrar en detalle sobre los serios problemas de educación que, entre otras nefastas consecuencias, debilitan el propio sistema democrático. La enumeración, aunque no exhaustiva, de las grandes dificultades que aún tiene el país para crear condiciones favorables para el crecimiento hacen que se mantenga elevado el riesgo sistémico que afecta a la economía en general y al sistema financiero en particular.
Sobran explicaciones
Si a las grandes dificultades económicas se agrega la falta de un proyecto de país -puesto que la única propuesta seria de la clase política es perpetuarse-, su inestabilidad institucional y la delicada situación financiera por la que atraviesan la mayor parte de los países latinoamericanos, se explica el por qué la crisis se siente con mayor crudeza en la Argentina.







