Sin mea culpa

El oficialismo mantiene su discurso frente a la crisis.

30 Noviembre 2002
Por Roberto Delgado

Darnay se va de la Secretaría de Desarrollo Humano, fagocitado por la crisis social y las muertes de niños desnutridos. Se va despotricando contra la esposa del Presidente, Hilda "Chiche" Duhalde, a quien acusa de participar en una campaña para levantar la imagen de José Alperovich y la del Gobierno nacional. "La señora estuvo tres días y se murieron tres chicos por el mismo problema que ella vino a solucionar", dijo. Se va, también, luego de haber acusado al delegado comunal de San Pablo de apropiarse de los fondos de planes sociales para nueve comedores. El delegado es hijo de Luis Castro, intendente de Lules, y de la legisladora Lilia Ramírez de Castro.
No obstante, Darnay -que podría ser un chivo expiatorio pedido por "Chiche" Duhalde- no se va buscando responsables en el Gobierno. Atribuye todo a la campaña nacional, que se montó -afirma- sobre la atención que la prensa dio al grave problema social de Tucumán. Dice que sólo se siente responsable de no haber podido unir a la gente para buscar la forma de solucionar lo que considera un problema cultural de la gente pobre. Algo parecido habían dicho antes el gobernador Julio Miranda y el secretario general de la Gobernación, Fernando Juri Debo, y el ministro de Gobierno, Fernando Juri, cuando habló de la responsabilidad de todos en el problema de los desnutridos.

Manotones de ahogado
Una variante de esta actitud fue la del legislador José "Gallito" Gutiérrez, que fue capaz de traer desde Garmendia a la madre de una niña fallecida para que intente culpar a los médicos del Hospital de Niños por la tragedia, y desmentir que el deceso se haya debido a la desnutrición. Fue un manotón de ahogado oficialista, como la explosión demográfica de 57 habitantes por metro cuadrado que esgrimió el gobernador Miranda hace una semana para justificar el aumento de casos de desnutrición.
Todos parecen convencidos de que el conflicto tiene tres aristas: la nacional (la teoría es que Duhalde y Alperovich sacan su propia tajada de la crisis); la estructural (el problema económico se agrava día a día) y la cultural (los pobres tienen que educarse para poder hacer algo por sí mismos y no seguir dependiendo del asistencialismo, que jamás será suficiente).
Todas son verdades, pero forman parte del sofisma oficialista. La Nación necesita una cruzada salvadora para cambiar el eje del conflicto de la obsesión por la economía a la obsesión por lo social. Los marginados -habituados a décadas de bolsones, dádivas, corrupción de punteros- necesitan educación para salir del atolladero, para no vender los alimentos que les dan y para aprender a alimentar a sus hijos.
Y los políticos necesitan un shock para salir de su propio círculo vicioso, hecho precisamente de asistencialismo y bolsones, no de ideas de progreso y educación. Por eso la sentencia del arzobispo, cuando reclamó ideas a la dirigencia, fue contundente. Pero nadie en el Gobierno hizo un mea culpa. Juntaron varias verdades parciales para construir una gran excusa.
Sin embargo, se olvidaron de que los niños fallecidos no tuvieron responsabilidad en sus tragedias, y la gente sin oportunidades no puede ser culpada por vivir como vive.

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