09 Diciembre 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El 10 de diciembre ya está aquí y la mejor noticia de lo que va a ocurrir ese día tiene que ver con las formalidades de la democracia. Con el recambio presidencial se habrá cumplido con un rito que suena ampliamente normal en buena parte del mundo, aunque estuvo algo depreciado en la Argentina del último medio siglo: por cuarta vez, en 55 años, ese día habrá sucesión limpia, es decir que a un presidente de la Constitución lo sucederá otro del mismo cuño dentro de los tiempos que marca la misma, aunque esta será la segunda oportunidad en que la banda y el bastón pasarán de una mano a otra (antes, de Menem a de la Rúa, en 1999) y con el aditamento de que la transmisión de los atributos y el mando será de marido a mujer.
Ese mismo día, ya como presidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner comenzará a marcar territorio ante la Asamblea Legislativa, cuando dé a conocer las líneas centrales de su futuro gobierno y a mostrarle a la sociedad cuánto está dispuesta a asumir su nuevo rol de conductora, por encima de todo y de todos, aun del pensamiento dominante.
La nueva Presidenta, la primera de su género en ser elegida directamente, y además quien tendrá la responsabilidad de estar a cargo el Día del Bicentenario, hablará, casi por tradición, frente a los representantes de un poder bastante devaluado en estos últimos años por el imparable avance del Ejecutivo, ahora además mayoritariamente alineado con la Casa Rosada, promotor de casi todo su accionar. Según fuentes del futuro gobierno, Cristina se referirá esencialmente y con la mayor profundidad de detalles posible a tres temas básicos: al Acuerdo Social, a la necesidad de generar mayor calidad institucional y a dejar bien en claro que el objetivo central de la economía que viene será mejorar, hasta llegar al tradicional “mitad y mitad” del peronismo, la distribución del ingreso, temas para los cuales se estuvieron diagramando líneas de acción durante todo el fin de semana.
Este último punto será central para el Gobierno que viene, ya que detrás de los cortinados se reconoce cierta preocupación porque todo lo bueno que se ha cosechado en materia económica no ha tenido un correlato efectivo en cuestiones sociales, más allá del asistencialismo. Por ese motivo, se siguió muy de cerca en el Gobierno la difusión de una encuesta de la Universidad Católica sobre el “Estado de la Pobreza Humana“, especialmente en el conurbano bonaerense, con recomendaciones de políticas públicas para afrontar de una vez, y hasta el hueso, la gravedad del problema.
En el informe se dice que el “déficit de empleo” se redujo de 43% a 24% en tres años, pero también se muestra que pese a haber caído desde 59%, la cantidad de personas que tienen “ingresos insuficientes” aún es de 40% y de 68% en las villas. En el mismo trabajo se muestran números más críticos, sobre todo en materia de hábitat, hacinamiento, no asistencia escolar (creció de 23% a 26%) y cobertura de salud (en las villas no la tienen 7 de cada 10), sensación de inseguridad (en aumento) y alguna reducción en la alta desconfianza que se siente por las instituciones.
Pero más allá de la letra de tan esperado discurso, en todos estos aspectos que hacen más a la estrategia, Cristina parece tener una visión algo más divorciada del escalón del corto plazo que siempre ha transitado con muchísima comodidad su propio esposo, pero igualmente tiene en claro que será parte de su misión dar continuidad a ciertos métodos que llevó adelante con mucho éxito Néstor Kirchner, especialmente en su relación con la gente y como parte de la tarea de apuntalamiento del Ejecutivo.
Tras la debacle de De la Rúa, este proceso de reconstrucción de la autoridad presidencial le ha resultado muy gratificante a una sociedad que se enamora tan fácilmente de los liderazgos, algo que Kirchner hizo desde el minuto uno, tras haber aterrizado en la Casa Rosada con manifiesta pobreza en materia de votos. Ahora, Cristina llega al mismo lugar, pero con el doble de apoyo que tuvo su propio esposo y con la chance de profundizar y, sobre todo, de corregir varios desvíos significativos fruto de prejuicios o ideologías personales o de su propio grupo o también porque el pensamiento dominante comienza a ejercer cierta tiranía que encapsula cada vez más a quienes conducen.
En este aspecto, muchos comparan lo que está sucediendo ahora con las “nuevas verdades”, sobre todo en materia económica y de derechos humanos, con el mismo proceso que se dio en la década del 90 con paradigmas diferentes, aunque de similitud en la ejecución. Tanto antes como ahora, si aparece alguna voz algo disonante (adentro o afuera) se la trata de acallar y se buscan los remedios siempre en línea con los diagnósticos. Si este estuviera equivocado, el enfermo empeora y ya se ha visto el resultado con la reedición de Domingo Cavallo, en tiempos de De la Rúa.
Esta es otra dificultad objetiva que deberá afrontar Cristina si quiere conducir con cierto margen de maniobra el nuevo proceso y también su equipo, sobre todo si el ministro de Economía, Martín Lousteau, necesita salirse del libreto para ponerle un freno a la inflación o para atraer inversiones de mayor calidad o un financiamiento más fluido, sus tres preocupaciones más inmediatas. En este aspecto, deberá convencer no sólo a la Presidenta entrante, sino también al saliente, quien tiene ideas propias, aunque algunas controvertidas, en la materia. En este punto, hay que decir que a Kirchner siempre se lo ha alabado por sus supuestas grandes dosis de pragmatismo, pero pese a todas las bondades que habitualmente se le apuntan como irrefutables logros de los últimos cuatro años y medio, igual queda la sensación de que esa característica de hombre práctico nunca fue plena y que le faltó ir por más. ¿Cuánto mejor podrían haber sido las cosas, cuánto más podría haber crecido la Argentina y sus habitantes si al Gobierno que se va esas ideologías no le hubieran taponado algunas visiones, en cuanto a lograr una plena inserción en el mundo o en cuestiones referidas al funcionamiento de las instituciones y, sobre todo, en materia de prejuicios económicos? Nadie lo sabrá, como tampoco nadie está dispuesto a apostar que eso cambie en lo inmediato.
También vale marcar que el Presidente ha sido un monumento a la coherencia. No tanto por no haber tenido que virar en algunas cuestiones (al contrario, lo ha hecho más de una vez, generalmente cuando se vio comprometido), sino porque invariablemente todas sus explicaciones, lo que Cristina llama “el relato”, estuvieron dirigidas a disimular esos supuestos deslices, o bien forzando argumentos para alabar a unos y castigar a otros o cambiando el foco de la discusión o, por fin, echándole la culpa a terceros.
Entre estas actitudes, algunas propias de sus calenturas u otras algo aniñadas, que al fin le han servido para estar siempre en el candelero, basta con marcar como muestra lo que hizo esta semana con las palabras que le dedicó a la elección venezolana, cuando le dijo “gran demócrata” a Chávez sólo porque el presidente venezolano reconoció que perdió una elección, algo que surge apenas de las matemáticas. Tampoco nunca sabrá si se ha tratado de un salvavidas de plomo, que contrapesó Kirchner con el agradecimiento a Venezuela de sus aportes a la economía argentina, o si en verdad usó el argumento para pegarle a la políticamente empobrecida Lilita Carrió, “una candidata que perdió casi por 23 puntos y dice que le hicimos trampa”. Todo un Kirchner auténtico.
Estas contradicciones de atril han sido permanentes y son las cosas que le han hecho perder al Presidente cierto consenso en las clases medias, las que escuchan esos discursos y buscan el pelo en la leche, aunque hay que recordar que nunca nadie salió con tan poco desgaste de imagen de su incursión presidencial y eso es lo que Cristina querrá, con toda la lógica de la política, al menos repetir. También este fin de semana largo, llegarán a sus respectivas poltronas de Gobierno dos anotados en la carrera presidencial de 2011 y potenciales competidores de los Kirchner en ese turno: Scioli y Macri. Los dos están un escaloncito generacional por debajo del matrimonio, ambos se ubican a su derecha, aunque con el tiempo se verá cuánto, y comparten un mismo karma de dependencia, ya que los dos necesitan contar con recursos que sólo les otorgará el dedo discrecional de la nueva Presidenta. En esta carrera, la astucia será fundamental para mantenerse y para tejer alianzas, inclusive entre ellos, públicas o privadas, justo en tiempos en que Néstor Kirchner se dedicará a reordenar el justicialismo y a poner las bases de un nuevo partido (¿o movimiento?) de centroizquierda.
Mientras tanto, y también dependerá de la gestión y de su independencia de criterio, se empezará a orejear si Cristina aspira también ella a dar un salto de calidad política: si se conforma con ser apenas una oscura presidenta de la transición o si se convierte en alguien que salte la valla para mostrarse no ya como un “cuadro“ de política partidaria (definición de barricada, usualmente de grupos de izquierda, que califica así a quienes en las organizaciones políticas aportan más pensamiento que lucha), sino como una estadista al servicio de todo el país, figura de la que la Argentina también ha carecido desde hace muchísimos años.
En este aspecto, a la hora de calzarse la nueva investidura presidencial, parece que las formas también tienen su importancia para ella. Ya les dijo la nueva Presidenta a sus íntimos que quiere que se la distinga más que como primera presidenta electa, como “primera ciudadana”, el mismo título que ella se adjudicó cuando le parecía que ser primera dama era una fruslería.
Ese mismo día, ya como presidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner comenzará a marcar territorio ante la Asamblea Legislativa, cuando dé a conocer las líneas centrales de su futuro gobierno y a mostrarle a la sociedad cuánto está dispuesta a asumir su nuevo rol de conductora, por encima de todo y de todos, aun del pensamiento dominante.
La nueva Presidenta, la primera de su género en ser elegida directamente, y además quien tendrá la responsabilidad de estar a cargo el Día del Bicentenario, hablará, casi por tradición, frente a los representantes de un poder bastante devaluado en estos últimos años por el imparable avance del Ejecutivo, ahora además mayoritariamente alineado con la Casa Rosada, promotor de casi todo su accionar. Según fuentes del futuro gobierno, Cristina se referirá esencialmente y con la mayor profundidad de detalles posible a tres temas básicos: al Acuerdo Social, a la necesidad de generar mayor calidad institucional y a dejar bien en claro que el objetivo central de la economía que viene será mejorar, hasta llegar al tradicional “mitad y mitad” del peronismo, la distribución del ingreso, temas para los cuales se estuvieron diagramando líneas de acción durante todo el fin de semana.
Este último punto será central para el Gobierno que viene, ya que detrás de los cortinados se reconoce cierta preocupación porque todo lo bueno que se ha cosechado en materia económica no ha tenido un correlato efectivo en cuestiones sociales, más allá del asistencialismo. Por ese motivo, se siguió muy de cerca en el Gobierno la difusión de una encuesta de la Universidad Católica sobre el “Estado de la Pobreza Humana“, especialmente en el conurbano bonaerense, con recomendaciones de políticas públicas para afrontar de una vez, y hasta el hueso, la gravedad del problema.
En el informe se dice que el “déficit de empleo” se redujo de 43% a 24% en tres años, pero también se muestra que pese a haber caído desde 59%, la cantidad de personas que tienen “ingresos insuficientes” aún es de 40% y de 68% en las villas. En el mismo trabajo se muestran números más críticos, sobre todo en materia de hábitat, hacinamiento, no asistencia escolar (creció de 23% a 26%) y cobertura de salud (en las villas no la tienen 7 de cada 10), sensación de inseguridad (en aumento) y alguna reducción en la alta desconfianza que se siente por las instituciones.
Pero más allá de la letra de tan esperado discurso, en todos estos aspectos que hacen más a la estrategia, Cristina parece tener una visión algo más divorciada del escalón del corto plazo que siempre ha transitado con muchísima comodidad su propio esposo, pero igualmente tiene en claro que será parte de su misión dar continuidad a ciertos métodos que llevó adelante con mucho éxito Néstor Kirchner, especialmente en su relación con la gente y como parte de la tarea de apuntalamiento del Ejecutivo.
Tras la debacle de De la Rúa, este proceso de reconstrucción de la autoridad presidencial le ha resultado muy gratificante a una sociedad que se enamora tan fácilmente de los liderazgos, algo que Kirchner hizo desde el minuto uno, tras haber aterrizado en la Casa Rosada con manifiesta pobreza en materia de votos. Ahora, Cristina llega al mismo lugar, pero con el doble de apoyo que tuvo su propio esposo y con la chance de profundizar y, sobre todo, de corregir varios desvíos significativos fruto de prejuicios o ideologías personales o de su propio grupo o también porque el pensamiento dominante comienza a ejercer cierta tiranía que encapsula cada vez más a quienes conducen.
En este aspecto, muchos comparan lo que está sucediendo ahora con las “nuevas verdades”, sobre todo en materia económica y de derechos humanos, con el mismo proceso que se dio en la década del 90 con paradigmas diferentes, aunque de similitud en la ejecución. Tanto antes como ahora, si aparece alguna voz algo disonante (adentro o afuera) se la trata de acallar y se buscan los remedios siempre en línea con los diagnósticos. Si este estuviera equivocado, el enfermo empeora y ya se ha visto el resultado con la reedición de Domingo Cavallo, en tiempos de De la Rúa.
Esta es otra dificultad objetiva que deberá afrontar Cristina si quiere conducir con cierto margen de maniobra el nuevo proceso y también su equipo, sobre todo si el ministro de Economía, Martín Lousteau, necesita salirse del libreto para ponerle un freno a la inflación o para atraer inversiones de mayor calidad o un financiamiento más fluido, sus tres preocupaciones más inmediatas. En este aspecto, deberá convencer no sólo a la Presidenta entrante, sino también al saliente, quien tiene ideas propias, aunque algunas controvertidas, en la materia. En este punto, hay que decir que a Kirchner siempre se lo ha alabado por sus supuestas grandes dosis de pragmatismo, pero pese a todas las bondades que habitualmente se le apuntan como irrefutables logros de los últimos cuatro años y medio, igual queda la sensación de que esa característica de hombre práctico nunca fue plena y que le faltó ir por más. ¿Cuánto mejor podrían haber sido las cosas, cuánto más podría haber crecido la Argentina y sus habitantes si al Gobierno que se va esas ideologías no le hubieran taponado algunas visiones, en cuanto a lograr una plena inserción en el mundo o en cuestiones referidas al funcionamiento de las instituciones y, sobre todo, en materia de prejuicios económicos? Nadie lo sabrá, como tampoco nadie está dispuesto a apostar que eso cambie en lo inmediato.
También vale marcar que el Presidente ha sido un monumento a la coherencia. No tanto por no haber tenido que virar en algunas cuestiones (al contrario, lo ha hecho más de una vez, generalmente cuando se vio comprometido), sino porque invariablemente todas sus explicaciones, lo que Cristina llama “el relato”, estuvieron dirigidas a disimular esos supuestos deslices, o bien forzando argumentos para alabar a unos y castigar a otros o cambiando el foco de la discusión o, por fin, echándole la culpa a terceros.
Entre estas actitudes, algunas propias de sus calenturas u otras algo aniñadas, que al fin le han servido para estar siempre en el candelero, basta con marcar como muestra lo que hizo esta semana con las palabras que le dedicó a la elección venezolana, cuando le dijo “gran demócrata” a Chávez sólo porque el presidente venezolano reconoció que perdió una elección, algo que surge apenas de las matemáticas. Tampoco nunca sabrá si se ha tratado de un salvavidas de plomo, que contrapesó Kirchner con el agradecimiento a Venezuela de sus aportes a la economía argentina, o si en verdad usó el argumento para pegarle a la políticamente empobrecida Lilita Carrió, “una candidata que perdió casi por 23 puntos y dice que le hicimos trampa”. Todo un Kirchner auténtico.
Estas contradicciones de atril han sido permanentes y son las cosas que le han hecho perder al Presidente cierto consenso en las clases medias, las que escuchan esos discursos y buscan el pelo en la leche, aunque hay que recordar que nunca nadie salió con tan poco desgaste de imagen de su incursión presidencial y eso es lo que Cristina querrá, con toda la lógica de la política, al menos repetir. También este fin de semana largo, llegarán a sus respectivas poltronas de Gobierno dos anotados en la carrera presidencial de 2011 y potenciales competidores de los Kirchner en ese turno: Scioli y Macri. Los dos están un escaloncito generacional por debajo del matrimonio, ambos se ubican a su derecha, aunque con el tiempo se verá cuánto, y comparten un mismo karma de dependencia, ya que los dos necesitan contar con recursos que sólo les otorgará el dedo discrecional de la nueva Presidenta. En esta carrera, la astucia será fundamental para mantenerse y para tejer alianzas, inclusive entre ellos, públicas o privadas, justo en tiempos en que Néstor Kirchner se dedicará a reordenar el justicialismo y a poner las bases de un nuevo partido (¿o movimiento?) de centroizquierda.
Mientras tanto, y también dependerá de la gestión y de su independencia de criterio, se empezará a orejear si Cristina aspira también ella a dar un salto de calidad política: si se conforma con ser apenas una oscura presidenta de la transición o si se convierte en alguien que salte la valla para mostrarse no ya como un “cuadro“ de política partidaria (definición de barricada, usualmente de grupos de izquierda, que califica así a quienes en las organizaciones políticas aportan más pensamiento que lucha), sino como una estadista al servicio de todo el país, figura de la que la Argentina también ha carecido desde hace muchísimos años.
En este aspecto, a la hora de calzarse la nueva investidura presidencial, parece que las formas también tienen su importancia para ella. Ya les dijo la nueva Presidenta a sus íntimos que quiere que se la distinga más que como primera presidenta electa, como “primera ciudadana”, el mismo título que ella se adjudicó cuando le parecía que ser primera dama era una fruslería.







