Felicidad

Con pequeños o grandes cosas, simples o sofisticadas, se puede ser feliz. Depende de cada uno y del camino que se elija recorrer. Por Carlos Werner - Redacción de LA GACETA.

09 Diciembre 2007
Estela dice que, mientras el “santo” gane, el pueblo está feliz. “Escuchar a los Manseros, tener plata para un buen tinto, poder zafar un día de la rutina e ir a pescar un buen ‘pez’ en Las Termas también hacen a la felicidad”, agrega. Fernando la mira. “Yo estaría ‘chocho’ si aumentaran la tarifa de los taxis. Qué sé yo, con cómo está ahora y con lo que se paga por la mecánica y los repuestos, no gano ni para la sopa”, dice. Rosa interrumpe y lanza: “¡lo que hay que hacer para sentirse mejor es mejorar la educación y dejarse de tantas pavadas! ¡Y darle oportunidades a la gente, que se capacite, que piense!” El resto de la familia sólo escucha…
Qué se entiende por felicidad. “Salud, dinero y amor”, dice doña Carmen. “Que tu bebé te diga el primer ‘mamá’ o ‘papá’ y vos estés hecho un flan de leche, todo tembloroso al oírlo”, según Horacio. “Estar rodeado de amigos, contarnos lo que sentimos y lo que queremos”, según “Leo”. “Que tengas trabajo y que cobrés más que dos míseros cobres. Que te respeten, que te dejen crecer”, según el “Negro” Angel. “Yo me siento bien cuando veo que todos los míos están sanos y se llevan bien”, aporta don Carlos, con timidez. Y Miguel, en un hilo de voz, musita: “que ella vuelva a quererme así como yo aún la quiero”.
Ser feliz tiene un precio; la felicidad empieza por casa, aclara la filosofía popular. Es un estado del espíritu, que debe estar acompañado por el cuerpo, dicen los especialistas. “El dinero no compra la felicidad, pero la ayuda”, añade Gustavo. “Me siento feliz, pero ya se me va a pasar. Siempre hay uno que se encarga de escupir el asado”, piensa Roberto. Y entre tanta frase dando vueltas, que nos hacen sentir lo dura que es la misión de ser felices en la tierra en que vivimos, aparece Voltaire: “la felicidad nos espera siempre en algún sitio, a condición de que no vayamos a buscarla”, escribió.
Mientras la gente no sepa lo que quiere, no les dé la justa medida a las cosas o no se remita a hacer lo que le corresponda, sin invadir, difícilmente esta palabra pueda vencer las malas ondas. “Lo fácil y rápido, lo superfluo, lo neurótico, lo mal habido, lo escaso, la tiran abajo o la tornan efímera”, piensa Graciela.
Cierre los ojos y piense: ¿qué lo hace sentirse feliz, esté donde esté? ¿Será llegar holgados con la plata a fin de mes o que en el trabajo aumenten el sueldo? ¿Los hijos son la felicidad o tener a toda la familia unida? ¿Es escuchar a Mozart, a Los Piojos o a Damas Gratis? ¿Es tener la casa propia o un autito? ¿Es tener siempre cerca a alguien que nos ayude y nos contenga, ir de paseo, tomarse un helado de chocolate gigante sin remordimientos, comprarse ese celular con equipo de audio, TV, internet y secador de pelo incluido?
Sin caer en la simpleza del “la felicidad, ja, ja, ja, me la dio tu amor, jo, jo, jo”, el asunto puede llevarnos a los caminos más variados. Los barquitos de papel de la niñez; el agua de la lluvia pegando contra nuestra cara en aquel día en el campo; un atardecer; esa flor que va a parar a las manos trémulas de ella o el corazón rebosante sólo por verlo pasar a él. Quizás la guitarra de un amigo tocando la canción que nos gusta; el olor de las milanesas hechas por la “vieja”; ver esas fotos amarillentas que de vez en cuando sacamos del baúl de las cosas queridas. O tal vez el haberlo dado todo para conseguir una meta; las palabras justas de papá como consejo ante esa decisión inminente; las tardes de primavera; el abrazo de un hermano; tener fe y esperanza; la voz de Lennon.
Fernanda y Gustavo se van a casar. Formarán su hogar, se acompañarán, soñarán sueños en común... Con las pequeñas y grandes cosas por emprender, ellos, al igual que todos, le darán alas así a un sentimiento que, aunque nos resistamos a darnos cuenta, está dentro de nosotros. Desde siempre.

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