A tono con la mayoría automática

Ramiro González Navarro se sinceró al explicar el cambio de los DNU por los proyectos de ley. Se asegura el cumplimiento de la voluntad del gobernador. Por Carlos Abrehu - Secretario General de Redacción.

02 Diciembre 2007
El modelo de la mayoría política que vota automáticamente en los cuerpos legislativos en sintonía con los designios de los Ejecutivos de distintas jerarquías se consolida en la Argentina de hoy. Ni en el Congreso que advendrá con el ciclo de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), ni en la Legislatura, ni tampoco en el Concejo Deliberantes que asumieron hace algunos días en Tucumán, se atisban maniobras que amenacen con el claro predominio de la figura presidencial o del gobernador José Alperovich. La gestión de CFK está cada vez más teñida de continuismo en sus trazos gruesos, sin que ello implique desconocer cambios cosméticos emergentes del estilo de la sucesora de Néstor Kirchner. Alperovich repite en parte su modo de operar de 2003-2007.
En los sistemas presidencialistas -la Argentina lo es, y Tucumán, por lo tanto, también-, las mayorías electorales robustecen a los Ejecutivos. Estos se debilitan en los cuerpos deliberantes cuando se desprestigiaron en el ejercicio de conducción del Estado, o cuando sus titulares carecen de perspectivas reeleccionistas. El matiz diferencial del Tucumán actual es que Alperovich y Juan Luis Manzur se exhiben como un binomio indisoluble, y que el bloque oficialista y sus satélites se colgaron del saco de aquellos.
Las votaciones últimas de la nueva Legislatura demuestran que la luna de miel con el reelecto Alperovich es una realidad. El propio secretario general de la Gobernación, Ramiro González Navarro, lo reconoció cuando confirmó que el Ejecutivo empleará menos el decreto de necesidad y urgencia (DNU) que durante el primer período alperovichista, cuando Fernando Juri inyectaba recelos en la Casa de Gobierno. Se acudirá a la ley, porque la Cámara es confiable, justificó el funcionario. Así se subordina la división de poderes a la voluntad del príncipe: sí o sí se debe dar formato legal a sus decisiones. Por acción u omisión del Poder Legislativo, estas deben plasmarse en recetas operativas. Este lamentable trastrueque de la noción de república alcanzó jerarquía constitucional con la reforma de 2006. La emergencia se transformó en dato estable del paisaje político.
La mutación de la estrategia legislativa se hizo a propuesta del jefe del bloque mayoritario, Roque Alvarez, que ingeniosamente buscó justificar el viraje, tras 93 DNU de la primera era alperovichista. "Calidad institucional es también cumplir con la gente", adujo. La mecánica ordinaria de discusión de las leyes está condicionada por las circunstancias políticas y por la letra constitucional. Si se rompiera el vínculo de confianza, el gobernador podría repetir comportamientos pasados.
El formidable desequilibrio de poderes que consagró la Constitución de 2006 sólo benefició al Ejecutivo, es decir a Alperovich.

Las apariencias
Se siente tan seguro Alperovich en el esquema que diseñó, que se llevó a Brasil al vicegobernador Juan Luis Manzur. En todo este tiempo lo suplantará el presidente subrogante Sergio Mansilla, ex hombre fuerte del gobierno alperovichista en municipios y comunas rurales.
La estabilidad de Mansilla en ese cargo depende de Alperovich. Si este le suelta la mano, su suerte estará echada. Dentro del bloque oficialista, algunos legisladores del interior lo sostienen por compromisos políticos, mientras que otros esperan el momento oportuno para descabezarlo. Se afianza lentamente la convicción de que Mansilla no es el delfín del gobernador. A Mansilla como al ministro del Interior, Osvaldo Jaldo, les conviene clausurar lo más rápidamente posible el frente de tormenta desatado con las intervenciones a algunas comunas rurales. El propio ministerio es un polvorín, donde coexisten políticos con intereses que no son coincidentes. La prolijidad que siempre exhibió el funcionario en el manejo de las cuentas públicas contrasta con el desorden heredado. Mansilla se enredó con declaraciones en las que dudó de la lealtad con el proyecto alperovichista, de sus pares ingresados por el acople a la Cámara, para luego manifestar que sólo dejará el puesto si se lo piden los miembros de la Legislatura.
Sus relaciones con Manzur no estarían bien, pese a las desmentidas públicas. Y al presidente subrogante de la Legislatura le inquieta -como a otros operadores del interior- el financiamiento de la tropa de dirigentes que apoya su trabajo político territorial. El ajuste presupuestario de Manzur puede deshacer los equipos políticos de más de un legislador oficialista. Si estos ingresan a la planta administrativa del Gobierno por atajos subterráneos, sus jefes comarcanos pasarán a depender más del gobernador.

Fastidios en la cúspide
Durante el cuatrienio 2003-2007, Alperovich hizo de la obra pública su principal eje político. Desplegó una suerte de guerra de guerrillas en el despliegue de inauguraciones de trabajos de diversa importancia. El objetivo era y es aparecer a la cabeza de cuanto corte de cinta se haya programado. La administración municipal de la capital desarrolló un dinámico plan de infraestructura con recursos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que le dio un perfil propio al intendente Domingo Amaya. Electoralmente impactó en forma positiva y se encendieron las luces de alarma en el tablero de mando de la Casa de Gobierno. Alperovich no le perdió pisada, ni se privó de marcarlo de cerca, pese a que, en público, dice no dudar de la lealtad de Amaya.
La aparición del Ente de Infraestructura, con la conducción política del legislador Rolando Alfaro, entronca con el propósito de limitar el campo de acción de la Municipalidad. Los concejales oficialistas son muy sensibles a los requerimientos de la Casa de Gobierno y obedecerán lo que se les indique. La tarea del Ente de Infraestructura puede suscitar roces con la Secretaría de Obras Públicas de la provincia y con la Dirección de Urgencias Sociales, a más de fricciones con otros organismos. Amaya abrió la información de sus gestiones en Estados Unidos a los concejales opositores. Entienden sus asesores que no era un secreto de Estado, sino que se trataba de una cuestión que compromete la suerte del Estado municipal. Ante este cuadro de perturbaciones, se hace evidente que Alperovich consiente o estimula las diferencias en los escalones inferiores del poder político.
La competencia intestina puede terminar afectando la cohesión de los elencos gobernantes. Muy tempranamente la fiebre internista consume a las jerarquías de distinto nivel. La ausencia de una oposición externa sólida y con perspectivas nulas de apropiación de la Casa de Gobierno, estimula las rencillas. No se aprovecha la tranquilidad política, para modernizar la legislación, ni para preparar el 2008, se quejan en algunos círculos áulicos. El modelo político de la mayoría obediente en la Legislatura y en el Concejo Deliberante anestesia los pensamientos críticos dentro del propio oficialismo.

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