Miranda zafó

Los leales y los aliados renovaron el pacto político. El gobernador se libró de los juicios políticos, pero no del descrédito.

28 Noviembre 2002
Por Carlos Abrehu

Julio Miranda salió indemne de los dos juicios políticos que pedían su destitución. La alianza de mirandistas y extrapartidarios, que antes había votado por la reforma constitucional, ayer le devolvió la tranquilidad. Javier Lobo Aragón (Voluntad Objetiva de Servir) y Julio Topa (Movimiento Independiente) no defraudaron al gobernador en las horas de prueba. Lobo Aragón no faltó a ninguna de las tres reuniones y Topa le dio el número que necesitaba el oficialismo para sesionar. El martes sólo había seis leales a Miranda. La solución la arrimó Topa. Detrás de él ingresaron los aparentemente díscolos Germán Alfaro y Edgardo Rocha, ambos del peronismo. La oposición (Gumersindo Parajón, Federico Romano Norri y Osvaldo Morelli) opinó que debían ponerse en marcha los procesos de enjuiciamiento al gobernador. Topa jugó en la misma dirección, pero firmó un dictamen propio porque no deseaba irritar a Miranda, mezclándose con el trío opositor. En defensa de Topa se dijo que quería evitar la caída de los juicios políticos por el vencimiento del plazo de los 15 días hábiles del reglamento. De manera insistente se rumoreó que el gobernador había amenazado con renunciar si no sepultaban las demandas. La consecuencia inmediata hubiera sido la caída en desgracia de todo el personal rentado de la política porque la estantería se habría venido abajo. Ante eso, la reacción de los mirandistas y sus socios extrapartidarios no fue otra que acatar los designios de la Casa de Casa de Gobierno. Ya Sisto Terán les había dicho el lunes que no había lugar para las vacilaciones frente al asunto. El propio Miranda se sumó a la tarea. La mayoría automática preservó al gobernador de las peripecias de los juicios políticos, pero no lo puede rescatar del profundo pozo de descrédito público en que cayó en Tucumán y en el mundo. El detonante de la caída sin fondo de aquel fue la muerte de doce niños por desnutrición. La repercusión de ese fenómeno descolocó al mirandismo, que sólo había focalizado las causas de descontento entre los estatales y en algunas corrientes sindicales. Desde que esa cara del problema se descubrió fuera de las fronteras provinciales, Tucumán pasó a ser el centro de atracción de distintos medios nacionales e internacionales. Sólo en los turbulentos años setenta hubo una afluencia de periodistas cercana a la que se ve hoy. Nada más que la globalización jugó en contra de Miranda. Este, en realidad, desoyó al arzobispo Luis Villalba, cuando el 9 de julio pasado advirtió del ascenso de la mortalidad infantil. Otra voz que predicó en el desierto fue el ex ministro Alejandro Sangenis, quien se cansó de reclamar por el decreto de alícuota cero y la ley de emergencia sanitaria. Tropezó siempre con el veto de Joaquín Ferre, que prefirió atender el canje de bonos. La pesquisa de las causas recientes confirma que Miranda fue insensible al drama.

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