13 Noviembre 2007 Seguir en 
El proyecto del concejal Juan Carlos Mamaní para prohibir que los alumnos usen celulares en las escuelas municipales pegó en el centro de un problema social. No se sabe cuál será el destino de la propuesta, ya que la misma directora de Educación municipal aclaró que ya hay una resolución para limitar el uso de estos aparatos en las aulas. Pero lo cierto es que el edil tocó un problema sociocultural que crece geométricamente. No se trata del asombro que puede causar el avance de la tecnología, que cada vez se parece más a una inundación imparable. Es el fenómeno de un aparato que apareció como un objeto de deseo que sirve para la comunicación pero que es a la vez una expresión de estatus, y que al mismo tiempo parece anular las fronteras de edades y de clases sociales.
No sólo es la sorpresa de la tecnología. También es el desafío que se genera para interpretar y aplicar las normas, ya se trate de las que regulan el estudio y la convivencia escolar como las mismas leyes con las que se trata de evitar que la vida en la sociedad se convierta en una lucha selvática.
Todos esos problemas aparecieron en estos días, en los testimonios de los chicos y de los docentes. Los profesores tratan de establecer normas para evitar el ruido en la comunicación. Pero el problema es el mismo que en calquier parte de la comunidad. En los cines, en los conciertos y hasta en las misas se escucha con mucha frecuencia el sonido del ring tone y a gente que habla por teléfono. En las reuniones de trabajo; en el auto, mientras se maneja. La sociedad va construyendo las normas al mismo tiempo que la tecnología va imponiendo los desafíos. En la ciudad, se sabe cómo enfrentar a los conductores que hablan por teléfono pero no se sabe qué hacer con los que envían y reciben mensajes de texto por celular. Y todo el mundo habla por celular y mensajea. Todavía faltan normas... pero las que hay aún no se aplican.
En otras circunstancias, no se sabe cómo actuar. ¿Qué hacer con las filmaciones clandestinas que se comparten entre amigos y a veces son colgadas de Youtube? Muchos dirán que los chicos desconocen las limitaciones que impone el Código Penal sobre la privacidad, pero lo cierto es que los límites se borran en esta sociedad permisiva. La universalidad de internet y las mil funciones del celular permiten que la vida privada se haga cada vez más pública. La Justicia también está aprendiendo a actuar en estos casos. ¿Qué hará ese preceptor que fue filmado jugando a las cartas por un alumno, el día que éste, enojado, lo "escrache" en forma anónima por internet?
El debate es sano. Ya hay que pensar qué hacer frente a la marea. Muchos pedagogos dicen que en vez de prohibir hay que usar el controvertido objeto como una herramienta pedagógica. Otros dicen que el uso y abuso de la libertad que tienen los jóvenes tiene que ver con una sociedad que ha perdido la capacidad de poner límites. El tema no es prohibir, sino educar.
Pero no sólo se trata de jóvenes. Al celular lo usa todo el mundo. Y en esta cuestión, ya sea en lo que hace a moda, a educación o a problemas penales, se aplica aquella frase que dice que cuando una nueva tecnología avanza, si uno no es parte de la aplanadora, es parte de la carretera.







