22 Septiembre 2007 Seguir en 
La actividad cultural y educativa en la Provincia bulle. Sin embargo, hay señales de violencia social, de pobreza y de exclusión que ameritan un análisis desapasionado.La Universidad estatal, que en los últimos tiempos suele tener visibilidad pública por sus conflictos, muestra una vez más su formidable capacidad de renacimiento. Prueba de ese renacer son las multitudinarias XI Jornadas de Historia que ha organizado el Departamento de la especialidad de la Facultad de Filosofía y Letras, y que han generado un clima de ebullición y de debate intelectual digno de tiempos más apasionados que los que corren. La semana anterior, en la misma facultad, otro congreso, pero de Filosofía, también había demostrado que la Universidad está viva, pese a que se mantiene el reclamo de los no docentes por el reencasillamiento y el de los docentes por mejoras salariales. Mientras tanto, y ya en el plano provincial, distintos colegios y escuelas -públicos y privados- siguen conquistando reconocimientos por su participación en diversos programas nacionales, lo que demuestra que ya se ha encarnado en muchos alumnos y profesores el hábito de investigar y de diseñar propuestas que tienen en cuenta la realidad social tucumana, como (entre otros) un trabajo sobre el inquietante aumento del embarazo adolescente en la provincia.
En el plano del quehacer cultural, el Septiembre Musical tucumano brilla como en los mejores tiempos; la oferta es de primer nivel y la respuesta del público, abrumadora. La presentación de la alemana Ute Lemper en el San Martín, el jueves por la noche, ha quedado para la historia. Lo propio ocurrió días atrás con la puesta de la ópera “Carmen”, en la que no sólo las prima donna descollaron; también lo hicieron los cuerpos estables de la Provincia, que la semana próxima se probarán una vez más con “Carmina Burana”. Desde la música popular, el dúo “Aca seca” llenó dos veces la sala del Caviglia, mientras que en la plaza Alberdi Karma Sudaca convocó a 7.000 rockeros. Todo esto es apenas una muestra de lo que sucede en esta provincia, cuya vitalidad sorprende a quien llega a ella sin advertencia previa. Sin embargo, Tucumán es una provincia paradojal. No es tierra de matices, sino de contrastes. Y la vitalidad que se observa en Cultura o en Educación no se corresponde con las situaciones de violencia social, que hablan de un clima de malestar que no respeta edades ni sectores y que amerita un análisis y un diagnóstico desde la psicología social. El enfrentamiento mafioso entre gremialistas de Vialidad o la muerte de la adolescente Carla Ortega no pueden ser leídos como conflictos o tragedias que “sólo” les suceden a personas o a instituciones privadas. No menos violento (qué mayor violencia que la pobreza) resulta el regreso de los cartoneros -niños y adultos- a las calles de la ciudad, tras uno o dos años de ausencia. A contrapelo de los datos del Indec, que indican que la pobreza ha disminuido, esas postales urbanas son una evidencia del lado oscuro de la ciudad. En tren de marcar paradojas, tanto los programas de retención escolar como las distintas estrategias de políticas sociales han estado dirigidos con particular énfasis a contener a esos sectores, que arrastran en la mayoría de los casos una pobreza estructural. Por lo que se ve, el gran desafío para las áreas de Salud, Políticas Sociales y Educación será reforzar sus diseños. O revisarlos, si es que estos no se adecuan a las identidades locales. Es, precisamente, lo que señalaba ayer en una charla con LA GACETA la especialista en medicina antroposocial y egresada de la UNT Silvia Correa: que la mejor estrategia son las políticas de desarrollo local basadas en la identidad cultural de cada comunidad. Y que en las comunidades en alto riesgo social se deberían formular “políticas de intervención basadas en las fortalezas”. Pero ello requiere la menuda tarea previa de ayudarles a recuperar la autoestima a por lo menos menos 276.500 personas que han sido definidas como pobres, según los datos oficiales del Indec.







