"Resígnate y alégrate, Luciano, que esta noche estarás con Dios"
Un análisis de Roberto Espinosa, Redacción LA GACETA.
07 Septiembre 2007 Seguir en 
Un análisis de Roberto Espinosa, Redacción LA GACETA.Futbolista o cantante. En la mesa familiar se decidió su destino. Poseía dos dones que con el tiempo, sacudieron al mundo. La fama le llegó demasiado tarde para aprender a leer música; no lo necesitaba. Cuando sus 150 kilos se elevaban en una canzonetta y el pañuelo blanco se humedecía con la emoción de su rostro, las multitudes se rendían ante la voz de su corazón. Quizás hubo tenores más completos que él en el último medio siglo. Tal vez Plácido Domingo, José Carreras o Alfredo Krauss... Pero Luciano poseía carisma, simpatía; su canto partía del muelle de sus tripas y envolvía a las almas con el abrazo de un amigo entrañable.
1947. Luciano mira a la muerte desde sus 12 años. Nadie sabe qué tiene. Piernas paralizadas. Fiebre. Una madre llora. Un cura se apiada de su alma: "Resígnate y alégrate, Luciano, que esta noche estarás con Dios", le dice. "Alguien me dijo una vez que canto como los dioses. Y aunque los tenores somos vanidosos desde niños, siempre recuerdo esos momentos en que me moría. Creo que mi vanidad, por lo menos, es en realidad amor a la vida, alegría de vivir, de hacer que la gente goce con el arte de la música". Seguramente, Pavarotti ya está más cerca de Dios.











