07 Septiembre 2007 Seguir en 
París.- El tenor Luciano Pavarotti, fallecido ayer a los 71 años, en su casa natal de Módena a causa de un cáncer, lo decía él mismo: "no soy ni el más sutil músico ni el mejor actor en el escenario". Sin embargo, su voz de timbre argentino, de insolente naturalidad, no tenía rival en algunos de los grandes roles de enamorado del repertorio italiano. El hablaba de su voz, instrumento excepcional, como de un don. "Se lo debo todo a Dios y, sobre todo, a mi padre, que me dio este don preciado de la voz", declaró en 2001 a una revista. Su padre, Fernando Pavarotti, un panadero de Módena que falleció en 2002, poseía, en efecto, una voz de tenor con la que hubiera podido hacer una brillante carrera musical, según opinaba su hijo. Sin ambición ni formación, el padre se contentaba con cantar en las bodas y en los entierros, pero fue siempre un modelo de probidad y de higiene vocal para Luciano. "Trato verdaderamente de guardar mi voz tal como es, con flexibilidad, ritmo y frescura", dijo el artista en 2001.
Alentado por su madre y contra la opinión de su padre, Luciano cultivó su voz generosa con un profesor, el tenor Arrigo Pola, que le aportó rigor en el trabajo, perfectamente adaptado a su formato de tenor lírico por excelencia. Pavarotti sabía que su principal riqueza era su voz y su manera alegre y generosa de ofrecerla al público, más que su musicalidad y la encarnación de sus papeles en la ópera. "Es verdad, no soy músico. No en profundidad. La partitura es una cosa, el canto es otra. Lo que se necesita es tener la música en la cabeza y cantar con el cuerpo", dijo al diario francés Le Monde en 1997. A raíz de su físico, monolítico e imponente, Pavarotti no era en el escenario el actor lírico más convincente. Pero la comunión de su voz con algunos grandes roles fue total. Una adecuación inmortalizada por decenas de grabaciones: la carrera de este cantante sumamente "fonogénico", que tuvo la suerte de surgir en los tiempos del mercado del disco triunfante, ha sido particularmente bien documentada. Gracias a su canto sin artificios, su proyección directa y sus agudos luminosos, cantó con éxito a partir de 1961, cuando tenía 26 años, sus primeros Rodolfo ("La Boheme" de Puccini), Alfredo ("La Traviata" de Verdi) y Duque de Mantua ("Rigoletto" de Verdi). Pavarotti entró en la pequeña historia de la ópera con un récord de llamados a saludar (165 durante 67 minutos de aplausos, registrados en el libro Guiness) al terminar una representación de "Elixir de amor" de Donizetti, en Berlín en 1988.
"En definitiva, la voz de Pavarotti es la verdadera voz del enamorado", escribió el musicólogo italiano Rodolfo Celletti, su más agudo analista. Una voz solar pero nunca enceguecedora, a la vez orgullosa y delicada, que caracteriza perfectamente lo que los italianos llaman el tenor "di grazia". (AFP-NA-Especial)
Alentado por su madre y contra la opinión de su padre, Luciano cultivó su voz generosa con un profesor, el tenor Arrigo Pola, que le aportó rigor en el trabajo, perfectamente adaptado a su formato de tenor lírico por excelencia. Pavarotti sabía que su principal riqueza era su voz y su manera alegre y generosa de ofrecerla al público, más que su musicalidad y la encarnación de sus papeles en la ópera. "Es verdad, no soy músico. No en profundidad. La partitura es una cosa, el canto es otra. Lo que se necesita es tener la música en la cabeza y cantar con el cuerpo", dijo al diario francés Le Monde en 1997. A raíz de su físico, monolítico e imponente, Pavarotti no era en el escenario el actor lírico más convincente. Pero la comunión de su voz con algunos grandes roles fue total. Una adecuación inmortalizada por decenas de grabaciones: la carrera de este cantante sumamente "fonogénico", que tuvo la suerte de surgir en los tiempos del mercado del disco triunfante, ha sido particularmente bien documentada. Gracias a su canto sin artificios, su proyección directa y sus agudos luminosos, cantó con éxito a partir de 1961, cuando tenía 26 años, sus primeros Rodolfo ("La Boheme" de Puccini), Alfredo ("La Traviata" de Verdi) y Duque de Mantua ("Rigoletto" de Verdi). Pavarotti entró en la pequeña historia de la ópera con un récord de llamados a saludar (165 durante 67 minutos de aplausos, registrados en el libro Guiness) al terminar una representación de "Elixir de amor" de Donizetti, en Berlín en 1988.
"En definitiva, la voz de Pavarotti es la verdadera voz del enamorado", escribió el musicólogo italiano Rodolfo Celletti, su más agudo analista. Una voz solar pero nunca enceguecedora, a la vez orgullosa y delicada, que caracteriza perfectamente lo que los italianos llaman el tenor "di grazia". (AFP-NA-Especial)











