Un ladrillo en la pared
Hasta la más intrascendente de las acciones que emprendemos se proyecta en el futuro a través de sus consecuencias. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.
17 Junio 2007 Seguir en 
Debe haber habido un revuelo enorme en aquella cueva en la que, hace millones de años, nuestros antepasados lograron producir la chispa que les permitió encender la primera hoguera. El control del fuego, además de brindarles confort, los hizo disfrutar del poder que confiere el manejo de la tecnología, por rudimentaria que esta parezca a la luz de los avances que en las últimas décadas cambiaron la historia de la Humanidad. El episodio está poéticamente narrado en ese estudio antropológico en lenguaje cinematográfico que es “La guerra del fuego”, dirigida por Jean-Jacques Annaud. Pero, seguramente, aquel primitivo habitante de las cavernas no descubrió de un día para el otro que no necesitaba esperar que un rayo encendiera un tronco seco para poder disfrutar de una fogata o iluminarse con una antorcha. Su descubrimiento, sin dudas, se apoyó en la observación, en la meditación, en la experimentación y en el aprovechamiento de errores y de aciertos ajenos. Y este es uno de los motores más poderosos en el proceso de investigación. En general, resulta difícil señalar un único autor de un descubrimiento o de la elaboración de una teoría revolucionaria en el campo del pensamiento; y cuando esto ocurre, no es difícil descubrir los antecedentes que sirvieron de base para que el avance se concretara. La imagen del inventor solitario que, aislado en su laboratorio, llega por sus propios medios al descubrimiento genial es muy adecuada para la literatura o para el cine, pero no se ajusta a lo que sucede en el mundo real. Los “giros copernicanos”, en realidad, no son otra cosa que la culminación de largos procesos en los que alguien capitaliza los aportes de una legión de anónimos colaboradores, sin cuya tarea la conclusión final hubiera sido imposible. “Somos enanos sobre los hombros de gigantes”, sintetiza sabiamente la expresión atribuida a Isaac Newton, pero seguramente más antigua. Sobran los ejemplos: en estos momentos orbita la Tierra un trasbordador, cuya existencia se debe al trabajo de centenares de científicos, sustentado en las teorías de Werner von Braun (ayer se cumplieron 30 años de su muerte), quien -a su vez- no hubiera podido avanzar en el desarrollo de la cohetería sin los experimentos que llevó a cabo Robert Goddard a principios del siglo XX.
Del mismo modo pueden señalarse personalidades descollantes en los movimientos que revolucionaron el mundo de las artes o de las ideas, pero no cabe la posibilidad de distinguir uno de ellos en particular como el “inventor” de determinada corriente. La humanidad necesita de las personalidades esclarecidas, que sintetizan los “saltos de calidad”, pero le resulta igualmente indispensable el aporte constante y silencioso de millones de personas que diariamente cumplen a conciencia sus tareas. Cada uno de nosotros es un ladrillo dentro de una enorme pared, decía una canción de Pink Floyd.
Hace pocos días, LA GACETA publicó una de esas sabias reflexiones que Quino entregaba en forma de historieta. “Esto es el acabóse”, dice un anciano mientras observa una conducta que considera escandalosa. Mafalda, con expresión serena, le refresca la memoria: “no exagere; sólo es el continuóse del empezóse de ustedes”, le dice. Entre las muchas lecturas que permite esta sutil pieza humorística está la evidencia de que los hechos no pueden analizarse con independencia de sus antecedentes, y -al mismo tiempo- que cualquier acción se proyecta en el futuro a través de sus consecuencias. Y es en la relación docente-alumno, veterano-novato, maestro-aprendiz, mentor-discípulo y, fundamentalmente, padre-hijo donde se manifiesta con especial potencia. Hoy es un buen día para tenerlo presente.







