"Ojalá que la sociedad nos dé una mano"

Cuatro chicos que estaban internados en el Roca con antecedentes penales trabajan como panaderos en una fundación y dejaron la calle.

PIDEN UNA OPORTUNIDAD. Los adolescentes aseguran que ya no delinquen y que tampoco quieren regresar al estilo de vida que llevaron durante años. LA GACETA / JUAN PABLO SANCHEZ NOLI
PIDEN UNA OPORTUNIDAD. Los adolescentes aseguran que ya no delinquen y que tampoco quieren regresar al estilo de vida que llevaron durante años. LA GACETA / JUAN PABLO SANCHEZ NOLI
27 Mayo 2007
"Nos hemos rescatado nosotros y también el perro al que llamamos ?Desastroso?, porque estaba tan flaco que ladraba y se caía", bromeó Jorge, uno de los tres menores que intenta rehacer su vida en una casa común, lejos de los barrotes del Instituto Roca, lugar adonde ingresó en más de una oportunidad.
En una humilde vivienda de un barrio de Las Talitas, que fue bautizado con el nombre de Sion, este adolescente de 17 años, junto a Daniel (18) y Augusto (16), intentan enterrar su pasado, está vinculado a la adicción a las drogas y al crimen. Viven un presente lleno de alegrías y desafíos, y sueñan con un futuro. "Nuestra historia es bastante complicada. Ahora comprobamos que es posible vivir mucho mejor y que podemos crecer", señaló el más chico del grupo.

Seleccionados
Este proyecto nació en febrero pasado, por iniciativa de la fundación Atariy Waina (Levántate joven). Cuatro jóvenes que estaban alojados en el Roca fueron seleccionados para participar en una experiencia distinta cuyo único objetivo alejarlos de las calles donde delinquían. Con la aprobación de los jueces de Menores, en una primera etapa, los adolescentes fueron visitando el el hogar una vez a la semana. Luego pasaron a tres jornadas y después se quedaban durante los fines de semanas.
"Hace un mes y medio que los chicos tienen un permiso extendido, es decir, que viven aquí. Sólo vuelven al Roca para ser tratados por los profesionales que allí trabajan", sostuvieron Gustavo Asís y el licenciado Gustavo González, responsables del proyecto.

Un régimen duro
Los chicos que fueron seleccionados, para permanecer en el Hogar Sion, deben cumplir con una serie de estrictas medidas. En caso de no hacerlo, volverán al Roca. "La presión que sienten de perder la libertad con la que gozan es una de las razones por las que se portan muy bien", explicó González.
En el momento mismo que ingresaron a la modesta vivienda, los jóvenes los obligaron a cumplir ciertas normas que ayudan a enterrar su pasado. Tienen prohibido llamarse por sus sobrenombres, con los que ganaron prestigio fuera y dentro del Roca.
El lenguaje "tumbero" también fue desterrado, no pueden salir solos y no hay lugar para las peleas. "Son considerados personas y han formado una especie de familia que les da una contención. Nunca, en sus cortas vidas, tuvieron algo así", explicó Asís.
La casa que habitan ya recibió la visita de asistentes sociales, psicólogos y de un defensor de Menores que, hasta ahora, aprobaron la tarea de readaptación que vienen desarrollando. "Queremos tener una oportunidad, que la sociedad nos dé una mano. Ahora camino por la calle mucho más tranquilo y no me persigo cuando veo un policía", explicó Jorge.

Polémicas
Los jóvenes casi no hablan de la experiencia de encierro que tuvieron en el Roca, el instituto que ahora está en el centro de las polémicas por el trato que reciben los jóvenes que allí se encuentran alojados.
"Te puedo decir que ahora descubrí lo que realmente es la vida. Antes, no tenía ni idea; lo único que pensaba era en pelearme con los policías del Roca y en quemar colchones", expresó Augusto.