30 Octubre 2002 Seguir en 
Brasil acaba de dar uno de los saltos electorales más extraordinarios en la historia de la región demostrando una capacidad no menos excepcional de su clase política y los sectores sociales para negociar en la búsqueda de consensos. La circunstancia merece una profunda reflexión, tanto por su significado en el orden continental, cuanto por sus repercusiones en el futuro de la comunidad del Mercosur, afectada desde hace tiempo por recurrentes dificultades políticas y económicas del mayor de sus socios y, especialmente, de nuestro país. En primer término, resulta esencial subrayar que el amplio triunfo de Luiz Inácio "Lula" da Silva fue precedido por una campaña electoral que, a desmedro del giro fundamental que podría significar la llegada al poder del Partido de los Trabajadores, transcurrió en un marco de civilización política y democrática ejemplar para el tradicional contexto latinoamericano. Otro ángulo singular de ese acontecimiento ha sido el sentido con que el presidente electo orientó sus propuestas electorales, al aceptar compromisos de la realidad brasileña -como los de la relación con los organismos internacionales de crédito- que, en alguna medida, posponen urgencias ideológicas desechadas por el electorado en tres ocasiones precedentes. No por ello "Lula" da Silva ha dejado de comprometerse ante la grave realidad social de la novena economía del mundo, si bien ese compromiso está condicionado por las alianzas con otros sectores, en el Parlamento y en la mayoría de los Estados federales. La integración que el candidato triunfante dio a su fórmula, al sumar a un notorio empresario liberal que representará al ejecutivo en el Senado, fue otro testimonio del sentido de riesgo histórico secundado en paz por la ciudadanía brasileña.
Si el futuro de la llamada locomotora del Mercosur debe partir por el camino de dificultades internas y externas, que desde hace tiempo la afectan, no cabe duda de que el escenario electoral expuesto adelanta un grado de certidumbre suficiente para promover expectativas favorables. Caso muy diferente es el argentino, donde la crisis sólo es contenida hasta el momento por la vocación democrática de la sociedad, descreída de sus representantes.
Nuestro país atraviesa una transición hacia la normalidad, cuya más evidente referencia es la incapacidad de sus mayores partidos, no ya para concertar sobre cuestiones imprescindibles, sino para convivir en sus propias filas, amenazando así el destino histórico de la Nación. La gravedad de esa circunstancia se advierte en el Partido Justicialista, de cuya interna -a juicio de encuestadores y analistas - debería surgir el futuro presidente de la República. La mayor organización partidaria presenta ante la instancia histórica un cuadro desalentador por la confrontación de sus dirigencias superiores, afectadas por una rapacidad política que se hace ostensible en impúdicas luchas personales por el poder.
En ese panorama, sin los liderazgos tradicionales del peronismo, la confrontación incluye al propio presidente de la Nación que, sin ser precandidato a cargo alguno y con el compromiso de conducir la transición sin otro compromiso que el de asegurar un desenlace transparente, aparece tratando de impedir la participación del ex presidente Carlos Menem en la selección de la candidatura justicialista. Esa situación, sin tregua hasta el momento, deviene, como es notorio, de una antigua rivalidad entre ambos, más personal que doctrinaria, que pospone todo razonamiento sobre la circunstancia social y económica nacional. Sus efectos inmediatos han comenzado a repercutir en el Congreso, donde la virtual división de las bancadas oficialistas de ambas cámaras amenaza la dificultosa gestión del Poder Ejecutivo en momentos que el Gobierno enfrenta negociaciones críticas con organismos internacionales de crédito.
La sociedad argentina advierte, por otra parte, con desaliento, que la profunda crisis suscitada en el justicialismo no halla compensación en un contexto preelectoral donde, los restantes partidos y candidatos se hallan lejos de concertar sobre los problemas más graves, desentendiéndose igualmente de las responsabilidades que les impone el futuro.
Si el futuro de la llamada locomotora del Mercosur debe partir por el camino de dificultades internas y externas, que desde hace tiempo la afectan, no cabe duda de que el escenario electoral expuesto adelanta un grado de certidumbre suficiente para promover expectativas favorables. Caso muy diferente es el argentino, donde la crisis sólo es contenida hasta el momento por la vocación democrática de la sociedad, descreída de sus representantes.
Nuestro país atraviesa una transición hacia la normalidad, cuya más evidente referencia es la incapacidad de sus mayores partidos, no ya para concertar sobre cuestiones imprescindibles, sino para convivir en sus propias filas, amenazando así el destino histórico de la Nación. La gravedad de esa circunstancia se advierte en el Partido Justicialista, de cuya interna -a juicio de encuestadores y analistas - debería surgir el futuro presidente de la República. La mayor organización partidaria presenta ante la instancia histórica un cuadro desalentador por la confrontación de sus dirigencias superiores, afectadas por una rapacidad política que se hace ostensible en impúdicas luchas personales por el poder.
En ese panorama, sin los liderazgos tradicionales del peronismo, la confrontación incluye al propio presidente de la Nación que, sin ser precandidato a cargo alguno y con el compromiso de conducir la transición sin otro compromiso que el de asegurar un desenlace transparente, aparece tratando de impedir la participación del ex presidente Carlos Menem en la selección de la candidatura justicialista. Esa situación, sin tregua hasta el momento, deviene, como es notorio, de una antigua rivalidad entre ambos, más personal que doctrinaria, que pospone todo razonamiento sobre la circunstancia social y económica nacional. Sus efectos inmediatos han comenzado a repercutir en el Congreso, donde la virtual división de las bancadas oficialistas de ambas cámaras amenaza la dificultosa gestión del Poder Ejecutivo en momentos que el Gobierno enfrenta negociaciones críticas con organismos internacionales de crédito.
La sociedad argentina advierte, por otra parte, con desaliento, que la profunda crisis suscitada en el justicialismo no halla compensación en un contexto preelectoral donde, los restantes partidos y candidatos se hallan lejos de concertar sobre los problemas más graves, desentendiéndose igualmente de las responsabilidades que les impone el futuro.







