29 Octubre 2002 Seguir en 
El desaliño y la suciedad que presenta en la mayor parte de sus ámbitos son una deplorable característica que singulariza a San Miguel de Tucumán. Tanto la singulariza, que nuestra columna de carta de lectores registra constantemente observaciones formuladas en ese sentido, y que provienen tanto del vecindario como de visitantes que no pueden dejar de notar -aun con el contrapeso de otras impresiones favorables- esa nota tan negativa y de tan fuerte presencia. Son, además, frecuentes las cartas de tucumanos establecidos en otras partes que han regresado de visita, y que comparan desfavorablemente el presente estado de cosas con el que existía tiempo atrás.
No es raro que así lo manifiesten tales testimonios. Cualquiera puede advertir que, si la suciedad es uno de los inconvenientes inevitables que trae el crecimiento de población y de edificios en una urbe, ocurre que en Tucumán se presenta mucho más acusadamente que en cualquier otra parte. Es bien revelador, por ejemplo, comparar el aspecto de nuestra capital con el de otras de la Argentina, como Mendoza, donde calles y veredas aparecen asombrosamente limpias, en todas las épocas y bajo las más diversas administraciones.
Nosotros, en cambio, parecemos alineados en un proceso exactamente inverso, donde cada año que pasa nos esmeramos por mostrar una ciudad más desaliñada. Hechos como que calzadas y veredas vivan cubiertas de papeles y envoltorios; que no haya pared que deje de usarse como soporte de carteles o de leyendas pintadas; que la mayoría de los baldíos esté cubierta de matorrales y sirva de vaciadero de residuos; que ningún vecino arregle su porción de acera constituyen sólo algunos ejemplos ilustrativos de lo que decimos.
Esta realidad tiene ya muchos años de vigencia. Pero, en los últimos tiempos, se ha agregado lo que puede llamarse una virtual desaparición de la Municipalidad, que es el organismo clave para organizar la vida de una ciudad y para hacer cumplir las ordenanzas referidas a su buen orden, a su higiene y a su ornato. Así es como la inexistencia de ese control municipal -aunque siempre fue por demás tenue y deficiente- ha significado liberar definitivamente todos los hábitos antisociales que parece atesorar nuestro vecindario.
Las condiciones de desaliño han llegado entonces a su punto más alto, con expresiones -para citar una- como la basura tirada a diario por los vendedores callejeros de frutas y verduras, cuya presencia representa una auténtica regresión en nuestras costumbres urbanas. Con el agravante de que se van creando así precedentes que serán muy difíciles de remover, si algún día se normaliza la situación de la Municipalidad y esa institución vuelve a cumplir las funciones que le asigna la Constitución dentro de nuestro sistema de gobierno.
Pero, más allá de aquella obligación municipal que no se llena, de velar por la higiene y la estética de la vía pública, hay un problema mucho más profundo, que reside en la comunidad. Los vecinos parecen no experimentar esa sensación de pertenencia que un habitante debiera tener respecto de su ciudad. Es decir, considerar que ese conjunto de calles y edificios es algo propio, y que como tal debe ser tratado y cuidado, en lugar de mirarlo como si constituyese un bien del enemigo.
Porque, por intensas y amplias que fueran las tareas que cumpla una municipalidad, siempre tendrán un éxito muy escaso, si no las acompaña efectivamente la conducta del usuario de edificios, de calles, de veredas, de plazas y de parques.
Justamente a eso queríamos referirnos. A la necesidad de que el habitante de San Miguel de Tucumán tome conciencia acerca de los deberes que tiene hacia la ciudad en que vive, y que los ejerza como corresponde, a fin de vivir rodeado de las condiciones higiénicas y estéticas que hoy brillan por su ausencia.
No es raro que así lo manifiesten tales testimonios. Cualquiera puede advertir que, si la suciedad es uno de los inconvenientes inevitables que trae el crecimiento de población y de edificios en una urbe, ocurre que en Tucumán se presenta mucho más acusadamente que en cualquier otra parte. Es bien revelador, por ejemplo, comparar el aspecto de nuestra capital con el de otras de la Argentina, como Mendoza, donde calles y veredas aparecen asombrosamente limpias, en todas las épocas y bajo las más diversas administraciones.
Nosotros, en cambio, parecemos alineados en un proceso exactamente inverso, donde cada año que pasa nos esmeramos por mostrar una ciudad más desaliñada. Hechos como que calzadas y veredas vivan cubiertas de papeles y envoltorios; que no haya pared que deje de usarse como soporte de carteles o de leyendas pintadas; que la mayoría de los baldíos esté cubierta de matorrales y sirva de vaciadero de residuos; que ningún vecino arregle su porción de acera constituyen sólo algunos ejemplos ilustrativos de lo que decimos.
Esta realidad tiene ya muchos años de vigencia. Pero, en los últimos tiempos, se ha agregado lo que puede llamarse una virtual desaparición de la Municipalidad, que es el organismo clave para organizar la vida de una ciudad y para hacer cumplir las ordenanzas referidas a su buen orden, a su higiene y a su ornato. Así es como la inexistencia de ese control municipal -aunque siempre fue por demás tenue y deficiente- ha significado liberar definitivamente todos los hábitos antisociales que parece atesorar nuestro vecindario.
Las condiciones de desaliño han llegado entonces a su punto más alto, con expresiones -para citar una- como la basura tirada a diario por los vendedores callejeros de frutas y verduras, cuya presencia representa una auténtica regresión en nuestras costumbres urbanas. Con el agravante de que se van creando así precedentes que serán muy difíciles de remover, si algún día se normaliza la situación de la Municipalidad y esa institución vuelve a cumplir las funciones que le asigna la Constitución dentro de nuestro sistema de gobierno.
Pero, más allá de aquella obligación municipal que no se llena, de velar por la higiene y la estética de la vía pública, hay un problema mucho más profundo, que reside en la comunidad. Los vecinos parecen no experimentar esa sensación de pertenencia que un habitante debiera tener respecto de su ciudad. Es decir, considerar que ese conjunto de calles y edificios es algo propio, y que como tal debe ser tratado y cuidado, en lugar de mirarlo como si constituyese un bien del enemigo.
Porque, por intensas y amplias que fueran las tareas que cumpla una municipalidad, siempre tendrán un éxito muy escaso, si no las acompaña efectivamente la conducta del usuario de edificios, de calles, de veredas, de plazas y de parques.
Justamente a eso queríamos referirnos. A la necesidad de que el habitante de San Miguel de Tucumán tome conciencia acerca de los deberes que tiene hacia la ciudad en que vive, y que los ejerza como corresponde, a fin de vivir rodeado de las condiciones higiénicas y estéticas que hoy brillan por su ausencia.







